Entrevista de Chirlo



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¿De qué manera se entrecruza la poesía con tu vida?

Uno habla del cuerpo como si ese cuerpo no fuera uno. Uno habla de poesía desde ese extraño estar y no estar. Poner en palabras lo que se vive es una práctica, pero también es una forma de vida. Hay quienes arrancaron con un taller. Yo arranqué conmigo. Es como menstruar, pero la poesía me vino antes. Me sigue viniendo.

¿Qué te llevó a decidir dejar la docencia en las zonas rurales para trasladarte a Buenos Aires?

Me enamoré de un contrabajista. Huímos juntos a la casa de su madre, en Buenos Aires. Éramos muy jóvenes, buscábamos un cambio de escala. Dejé las chacras por las villas: Soldati, Lugano, Mataderos, Barracas, La Boca, Avellaneda. Cambié un sur por otro. Ahora vivo en Abasto, a pocas cuadras de la casa de Gardel y trabajo en una biblioteca que está ahí nomás de donde vivía Luca Prodan.

¿Qué llegó primero, la fotografía o la poesía? ¿Cómo llegó cada una? ¿Qué similitudes encontrás entre el quehacer fotográfico y el poético?

Se trata de un modo de ver y sus lenguajes. La mirada se educa desde los primeros años, soy de una familia de contemplativos. Desde chica me he quedado mirando cosas. Y si no las veía, tenía cerca quien me las hiciera ver. Para mí las cámaras no son lo fundamental de la fotografía; en poesía tampoco es determinante el dispositivo. En las dos es necesario, siempre que el espesor de la mirada esté debidamente alimentado.

¿Cómo sucedió el primer libro?

La Selva Fría fue un modo de hacerse cargo del origen. Hacía años que estaba en Buenos Aires, intentando cierto arraigo, pero viajando mucho al sur. Mi viejo había cumplido sesenta años, y justo ese año la caña colihue había florecido. La floración de la quila sucede cada sesenta años, y cuando florece, muere. Me puse a escribir sobre esa y otras curiosidades de la región, muy naturales para el nativo, pero desconocidas para otras geografías. Así, en el libro aparece el castor fueguino, las cigüeñas petroleras, el pehuén, desde la mirada del naturalista errante y lejano de todo positivismo, pero también desde una voz que le habla a una segunda persona que bien puede ser ella misma.

¿Hay proyecto de un futuro libro?

Hay dos inéditos, los dos de poesía. Uno es El lado manco, un libro sobre la falta como motor. Como René Lavand, el prestidigitador que era muy hábil con la única mano que tenía, presumo que quienes creamos lo hacemos desde ese miembro fantasma. Hacemos como qué.
El otro libro sucede en dos pueblos: Puelches y Lago Epecuén. Los dos con casi nada o nada de población, los dos con un problema hídrico. En uno dejó de llegar un río, al otro se lo tragó una laguna. Este libro puede que tenga fotos y un diario de viajes como anexos.

¿Se escribe a merced del momento, o se busca cada poema laboriosamente?

Hace poco escribí Blur, un poema que llegó cuando estaba lavando los platos y pensando en el gato de Schrödinger. Lo escribí con los guantes mojados y sin lentes, para que no se escapara. No veía lo que estaba escribiendo, y cuando lo pude ver, la tinta estaba corrida por el agua. En la radio pasaban temas de Drexler. Algunos fragmentos de lo que sonaba quedaron en el poema: “a todo digo que sí con tal de verte” y “juraría que te ví”. Algunos poemas nacen así, otros son parte de un plan de libro, y se buscan y trabajan más.

¿Cuál es la importancia de llevar la poesía a todos los lugares posibles?

Muchos autores se quejan de la falta de lectores, o de que sus libros no se compran. No es de extrañar que eso suceda, porque cada vez menos gente crece poéticamente (sobre todo en los grandes centros urbanos), y el Estado no se ocupa de eso, o lo hace aún muy fragmentariamente. Unos cuantos trabajamos con niños para compensar esa falta. Hay muchas formas de difundir poesía, y todas suman. Yo lo hago diariamente en mi biblioteca, y también en el Centro C. de la Cooperación, donde coordino un ciclo mensual. También integro ahí la organización de un Festival Latinoamericano de Poesía que se hace anualmente.

¿Dentro de qué marcó se dio tu reciente visita a Cuba? Qué reflexión te dejo el viaje?

Por invitación de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) viajamos seis patagónicos (Liliana Campazzo, Bruno Di Benedetto, Sergio Sarachu, Gerardo Burton, Raúl Mansilla y yo) Visitamos una escuela primaria y otra secundaria, dimos talleres y lecturas. Aprendimos mucho en ese intercambio. Del viaje volvimos todos distintos, como quien deja atrás otra dimensión. Recomiendo el abandono de un sistema político y económico hacia otro diferente. Los poetas no nos llevamos bien con el turismo.

¿Puede uno despegarse de la Patagonia?

No. Como te decía más arriba, cuando uno habla del cuerpo, está hablando de uno, como si pudiera irse, pero no.

¿Cómo fotógrafa y poeta, qué podes comentar del panorama artístico de Río Negro?

Hay mucha juventud creando, en todas las artes. Todos nacidos en democracia, con su infancia atravesando el menemismo, y ahora estos nuevos tiempos. Tengo mucha fe en lo que pueda producir esa nueva camada de artistas, en una región que ya va construyendo cierta tradición. Pero es una tradición que no pesa, aún está en un diálogo muy dinámico con las nuevas generaciones, y eso es bueno.

¿Qué consejo le darías a un artista en sus primeros pasos?

Es muy feo dar consejos, como siempre que se da lo que no se pide, hay algo de derroche ahí. A mí siendo joven me sirvió tener un maestro de poética, Alberto Muñoz. No fui a talleres ni seguí una carrera académica para escribir. También fue fundamental la vida vivida, y la intemperie de elegir, cada vez, el camino más libre, que es siempre el más difícil. Si uno busca pasar unos cuantos años de la vida cerca de los que menos tienen, entiende mejor unas cuantas cosas, y crea desde otro lugar. No es imprescindible, pero hace bien. 



Entrevista de Lucas Tolaba

Lo que le duele al vidrio

Como esas mascotas que se la dan contra un vidrio limpísimo. Escribir no el pájaro, no el moretón, no el bochorno con testigos. Lo que le duele al vidrio. Eso.

La llave del panzer

Nadie enseña lo magistral, porque es la llave del panzer. La llave del panzer tomá que te la voy a dar. El cerrajero sabe por qué cobra lo que cobra. Pero no va a decir cómo se abre la puerta. Para eso es el panzer. Para tirar la puerta. Para tirar la llave.

Sobre Isondú

ISONDÚ

"En cada verso, Silvia Castro articula un movimiento que en sí mismo tiene dos direcciones posibles. La primera es contundente y se detiene en la nominación inmediata del mundo. La segunda, abstracta y expansiva, nace del asombro esencial que provoca contemplar ese orden. El efecto es único, poderoso, abisal. La voz de Castro alude lo inaudito con el reverso diáfano de lo cotidiano". Jorge Consiglio.


LOS HUESOS DEL TIEMPO

"Derivas de la dimensión omnívora de la cámara (“las papilas gustativas de la luz”), la fotografía almacena imágenes. Como el relámpago, como el flash, como el isondú, fotografía y poema iluminan zonas oscuras y rescatan lo que se oculta al ojo rutinario.
“En una hoja cabe el mundo”, escribe Silvia Castro, y cada fotografía es botón de muestra. El ojo de la cámara relata sin que importen los desniveles: lo que se ve destaca lo que no se ve,  lo visible tiene su detrás, su fuera de foco, su fuera de encuadre.
El relato siempre será el doble juego de la palabra que nombra y el silencio que la rodea, de los trazos de tinta y el vacío a su alrededor. Dicho de otra manera, en palabras de la poeta y en otro dominio, “una fotografía a imagen y semejanza / del vacío que crea / los huesos del viento la sostienen”. Idénticos los huesos que la mirada del escritor levanta, los que sostienen el relato, los que sostienen el poema.
Espejo y resguardo contra la finitud, la imagen capturada perpetúa fragmentos de vida, detiene el tiempo, anula el futuro y entrega su milagro, su porción de eternidad: el dedo índice que en la fotografía actual de la escultura del cementerio de Recoleta aparece mutilado, ha quedado indemne en la fotografía de la misma escultura, tomada en 1914". Marta Ortiz



CORRIMIENTOS/DESFASAJES

"Mis derechos de autor se acaban en la superficie del agua dice la primera línea del arte poética de Silvia Castro. Pero ella se escurre. Y agrega: La fotografía no existe, es mujer / muerta de parto, y la poesía es su réquiem. Desde las primeras líneas de Isondú los supuestos acerca del arte son puestos en cuestión. Pero, al tomar el riesgo de cerrar cada lugar seguro, la autora logra formas de desplazamiento en las que el texto alcanza un máximo de eficacia. Ella juega: …no existe, nos dice, pero es mujer muerta de parto. Y esta es una de las claves del libro, pues la poeta también es fotógrafa y el poemario gira en torno a una de sus fotos, la que ilustra la tapa. Nos referimos a una toma hecha en el cementerio de la Recoleta. Allí, en la estatua, la educadora Emma Nicolay de Caprile, sostiene a un niño al que le enseña a leer. Vemos en la foto que a Emma le falta un dedo: una fotografía a imagen y semejanza /del vacío que crea escribe Silvia, que también fue docente. Asimetrías, topografías irracionales: la pieza que falta / la que ríe mejor. Ante el preciso disparo del obturador, leemos el poema Laica y nos preguntamos: ¿Es Laika, la perra astronauta, un animal de un solo ojo, la célebre cámara Leica o las tres cosas a la vez? Como escribe Silvia la lengua madre sale movida y es ese corrimiento o desfasaje lo que conmueve sin efectismos, con un lenguaje llano y una poesía compleja. Y si del elemento agua hablamos, Isondú también tiene su reflejo en un libro escolar que lleva el mismo título, de E. Correa Morales, publicado cien años antes que este poemario. Allí, la imagen de tapa aparece completa. El “gusano de luz” al que alude el nombre de este libro es definido como “lujo de esta fauna”. Queda en el lector determinar si lo que alumbra fascina, ciega o nos ayuda a ver. Javier Galarza

Colibrí

Apagué la luz de la cocina. Dí vuelta un vaso boca abajo y lo deslicé contra la mesa de madera. No había nada que pensar, sólo sentir ese ruido bestial, sin nombre, infinito como un tren eléctrico. Como un colibrí atrapado debajo de un vaso, con todo el azúcar.

Descenso

Simula desgano la pregunta
por mi pasado reciente
mis viajes
los libros que llegaron de lejos
los que se mudaron
cada vez más cerca de mi cama
los que leímos
cada cual por su lado
el que empecé esta noche
y él terminó hace mucho.

Hay un libro de Broch
él lo tiene en la mano
como quien tiene algo en la mano
algo que no sé qué es
pero no para de moverse.

Lo encontré
buscando otra cosa
seguramente no una mano
y mucho menos
una mano menos.

Él no sabe que lo ví
tampoco tengo vista
la cicatriz
del pasado lejano
-no tan lejano como Eneas
pero casi-
de la muñeca cayendo
inocente
contra una botella rota.

Todo está tranquilo arriba
la carne apoyada en el filo
Virgilio en el séptimo sueño
River volviendo de la B
con todas las letras.

La lluvia resbala en el vidrio
y cae
no pide que le abran
sólo nos quita el sueño
como esos libros
de los que no se puede
apartar los ojos
o esos héroes que vuelven
contra todo pronóstico
en busca del averno
perdidos
empapados
casi olvidados.