Diario de Puelches: Domingo de Pascua




Por la mañana desayuno mirando fotos del día anterior en la notebook, doy una vuelta por los alrededores, hago nuevas tomas de tendales y cruzo la ruta. Aparece Juana cuando estoy fotografiando la gomería vecina, y me invita a entrar, con un saquito de té en la mano. Le digo que antes tengo que dar una vuelta por el lado del río, que en un rato voy. Me cuenta que me estuvo por llevar el té pensando en que  me había ido con frío la noche anterior, y quizás necesitaba ahuyentar la gripe. Pienso en nuestra conversación nocturna y en mis anticuerpos. Saludo y marcho hacia el este.
Recorro la Carnicería Arco Iris, en sus dos versiones, la actual, una típica fachada de negocio de ruta en colores vivos, y la anterior, que ahora sólo tiene adentro un auto estacionado y afuera, un cartel mustio sobre la antigua vidriera destruida. En la vieja versión de la carnicería juega una mamá con sus cuatro chicos y me mira, mientras guardo la cámara antes de seguir caminando. En la misma cuadra hago unas tomas del colectivo que fue de Juanita y ahora yace abandonado junto a un tractor. Éste era mi primer negocio, me dijo el día anterior, mi colectivo para traer la mercadería, pero estaba lindo, mirá, ahora está a la miseria, lo vendí hace como cinco años a un hombre y no lo vino a buscar nunca.
Luego voy hacia una pila de ladrillos junto a la que veo, solo en medio de un baldío, un acoplado con tanque de combustible rojo y amarillo, ya jubilado, pero pintado a nuevo, como muchos de los vehículos que van siendo dados de baja en el pueblo.
Juanita me explicó que los que pintan los autos en el pueblo son los protestantes, y viven al este, al otro lado del río. El sábado, saliendo en el auto con ella, al pasar por la gomería abandonada, dio rienda suelta a su recuerdo de todo eso: “vinieron los protestantes, hicieron lo que pudieron, ¡no sabían nada! no, porque pobrecitos no sabían trabajar, nada, vinieron a querer trabajar, a querer hacer teatro, pero no sabían, así que no alcanzaron a hacer nada, tenían coches, pintada de coches y arreglada de coches y ¿sabés con qué pintaban? con esa pintura común que se pinta así, con esa pintaban. Vinieron echados de Acha porque eran ladrones, evangélicos. Hablaban por la televisión, el hombre que es pastor ahora, él le dice a todo el mundo que él era un borracho, que ahora Dios no sé lo que le hizo, y bueno, ahora no es más borracho y es un hombre de bien. Y vinieron acá pero muy, muy pobres. El municipio les dio de todo porque lo votaron, se tiraron al suelo el día de las votaciones, alzaban las manos y le gritaban a dios que ganara, que ganara, y ganó. Como ganó, sabés qué, a cada rato iban, se arrepintieron mil veces de haberles dado tanta cosa a ellos y al final tuvieron que pagar todo. Tienen una gran capilla, una iglesia, ahora te digo que es el mejor lugar de Puelches, porque en esa loma se ve... todo aquello que se ve era un mar, era pura agua, llenísima de agua años y años. Después cortaron el río y ya no quedó nada. Ahora no se ve porque la luz no la deja ver, pero a lo mejor cuando volvamos, si.”
Cuando volvimos la luz era todavía más intensa, atardecía. Sólo se veían los fierros del puente y las siluetas de Juanita y Nora camino al cielo, como piloto y copiloto de una serie con Michael Landon.
Continuando con mi recorrido dominical, me acerco a un tendal muy abundante y extenso, que se va poblando a medida que tomo fotografías de una mujer con el tendido de toda una semana dentro de la palangana.  Como una cigüeña baja y sube de la soga a la pila de ropa, toma, cuelga y extiende, clava los broches, alisa las arrugas, escurre el agua, retuerce, sacude y vuelve a bajar.
Otra mujer se me acerca caminando y haciéndome señas, mientras desvío mi atención de la ropa colgada y la dirijo hacia una lancha que ha sido bautizada Río Atuel, y que tuvo junto al árbol que sostiene la ropa, el mismo destino de chatarra que el parque automotor puelchense.
La mujer me pide que vaya a registrar con mi cámara cómo está viviendo, para que el intendente haga algo por ella y su familia. Está visiblemente ebria, y despide un olor que hace más espeso lo visible. Le digo que me esperan a almorzar, pero que con gusto más tarde la voy a visitar. Me despido y voy hacia el Polirrubro, donde ya están llegando los misioneros invitados al almuerzo pascual.
La lancha Río Atuel sigue en dique seco rodeada de cacharros viejos. La única presencia de agua cercana son las mangueras que cuelgan del árbol, junto a un racimo de llantas de bici, algunas todavía con su rueda de goma seca, aunque la mayoría ya la dejó caer, como que se viene el invierno. La helada no perdona lo que rueda y vuelve dura la línea de flotación.
Adentro del polirrubro, Nora revuelve fideos en la olla mientras Juana coloca la carne estofada en una fuente. Juana deja su trajín de cocina para ir hacia mí con mi libro. La Selva Fría, me dice, me gusta porque habla de la fruta de la araucaria, ¿vos sabés que eso se come, no?  Y me empieza a contar de cuando era niña, y de su madre: “cómo se llamaban los piña, piñaaa, los piñata, ¡los piñones! muchos piñones traía mi papá, y eso lo consumíamos, mi mamá los hervía, qué se yo que, y resulta que hubo un cumpleaños, nunca a nosotros nos invitaban, y no vamos, che, al cumpleaños de esa persona rica y qué se yo, y le digo a mi mamá que nos diera un regalito porque ellos habían dicho que querían que vayan con un regalo, así que nos dio piñones para llevar, el padre del chico que cumplía años me llamó para preguntarme qué era eso y cómo lo comíamos, y nosotros muertos de vergüenza…”
Alrededor de la mesa todos nos esperan para bendecir los tallarines y el estofado. El almuerzo transcurre entre rituales, anécdotas, comentarios, instrucciones para sacar una buena foto con poca luz, relatos varios de personajes del pueblo y celebraciones del talento culinario de las cocineras.  Mientras se lavan los platos, los chicos misioneros se van afuera con mi cámara a sacarse fotos entre ellos, y Juanita me habla del incierto destino de los huesos del cacique Francisco Ñancufil Calderón, fundador del pueblo, y la duda acerca de si están o no en Puelches: El monumento está, pero no se sabe muy bien si los huesos siguen ahí abajo. ¿Lo viste en la entrada? Acá le decimos el monumento al agujero, por el hueco ese que tiene en el centro. Se supone que eso es una punta de flecha, y qué se yo qué... Me dijeron que hasta estuvieron en el museo histórico de tu pueblo esos huesos. En Roca los tuvieron varios años para analizarlos pero después les  volvieron a perder el rastro.
Los chicos se van a la escuela donde estuvieron alojados, a ponerla presentable para entregarla luego de su estadía, y con Nora y Juana nos vamos a ver a los muertos. Subimos al Polo con Nora, y Juanita me dice que antes vamos a pasar por otro sitio que me quiere mostrar, y yo le digo que bueno, que vamos.
El auto toma rumbo oeste y marcha unos tres kilómetros, hasta llegar a la primera escala, un feed lot donde alimentan vacas y caballos, y donde Juanita me hace revolearle a los  animales el pasto que ella arranca fuera de los corrales, porque según ella no comen ni viven bien. No caminan, sólo comen, me dice, y sigue: todos hacinados en su propia caca y pis, les dan soja transgénica, comen como cerdos y son vacas, les dan desperdicios de la industria, restos de antibióticos, de pollos muertos, granos, ni los árboles les crecen al lado, asoleados todo el verano pobrecitos, con toda esa porquería. Que los maten es lo mejor que les puede pasar.
Recuerdo el nombre del restaurant de camioneros de Patricia. Las vacas miran el pasto como si fuera de otro mundo, demoran en acercarse, lo huelen con desconfianza. Busco la vaca que tiene una luna en su cara, pero no la encuentro.
Subimos de nuevo al auto y con Nora nos ponemos a hablar de la seducción masculina y qué debe hacer un hombre para conquistar una mujer, por algún motivo terminamos hablando del cabrero del día anterior y de Alberto el Rescatado, que al parecer la va de picaflor del pueblo, y siempre tiene alguna aventura para contar.
Después peleamos un buen rato con el portón del cementerio, que no se deja abrir con sus alambres retorcidos, y entramos. Las tumbas se recortan contra la inmensidad, con su mármol, sus fierros y su cemento alisado. Muchas cruces son obra de Juanita, que se ocupa también de los muertos ajenos, aparte de viejos, niños, perros, poetas, o cualquier bicho a la deriva dispuesto a caer en sus garras salesianas. A medida que caminamos, va poniendo al día la ficha de cada difunto, arregla lo que está fuera de lugar, y recorre el lugar como si fuera el patio del fondo de su casa:

Este es un chico que lo mataron en la ruta. También al lado de la ruta tiene un pequeño monumentito, ahí donde lo atropellaron. Él andaba cazando pajaritos y lo agarró un auto.

Ese chico de allá fue alumno mío, y  murió ¿sabés qué? se fue a acercar a un pozo de agua para limpiar, entró y murió asfixiado. La tía, para poderlo sacar hizo tanto esfuerzo que se cayó ella también y murió asfixiada. Oscar Videla. Murió el 17 de enero del 76, y la hermanita que tenía siete años, de manos de la otra que tendría cinco, vinieron desde el campo a avisar que estaban muertos los dos adentro del pozo. Le llamaban Pataca a la chica, me acuerdo.

Acá está lleno de tumbas que no tienen nombre ni nada, se sabe que hay muertos abajo pero no se sabe quiénes son. A casi todo esto lo restauré yo, les hice yo la cruz. Acá hay varias cruces que yo hice, en el 76, en el 75, estas cruces también las hice yo, mirá.

Mirá cómo duraron. Eso sí que es hacerle la cruz a alguien, pero bien. El 2 de noviembre no se junta mucha gente, pero vienen, unas cuarenta, cincuenta personas vienen. Venimos el 1 y el 2, los dos días…

Acá parece que intentaron robar, mirá lo que le hicieron a Juan Acosta, pobrecito Juan…

Estaba muy cerca de la madre el que mataron, Maldonado se llamaba. Ves, acá está la madre en la otra tumba…

Estos son los Antimán que volcaron en pleno Santa Rosa.

Mirá qué linda, la mujer de Sala… Bueno, ya nos tenemos que ir.

Y antes de abrir de nuevo el portón, mirando al pino, al cielo y a uno de los panteones, suspira y dice: ¡Gringa querida! Y me pregunta: ¿La viste en la foto que me trajeron los chicos misioneros de regalo? Era del año pasado, cuando estaba viva mi amiga…

Subimos al auto y Juanita quiere saber por qué se me da tanto por visitar a los muertos y sacarles fotos, le respondo que los poetas somos gente medio rara. Como Bustriazo, dice Nora, y arranca ella a contar, retomando el hilo de la cuestión del hombre y la seducción.
Luego de una siesta y unos mates para volver a arrancar, cargo la cámara en el  bolso y voy para la plaza a la barrileteada de los chicos. Cuando llego ya están remontando unos veinte y otros se preparan junto al palco. Sobre el cemento hay mochilas y una olla de aluminio llena de jugo de naranja. Uno de los nenes decide remontar desde un sitio más alto, se sube a la Pampa de cemento y patea sin querer la olla. No pasa a mayores, pero tampoco se alza el barrilete. Le ayudo  a acomodar un poco el papel y me mira quieto como miran los cachorros cuando están apurados por seguir jugando. El barrilete es sencillo, una hoja de papel blanco recortada, y plegada, con un par de orificios para mejorar el vuelo, y dos colas de papel crepé de color. Algunos nenes hicieron dibujos en la hoja en blanco. Uno de ellos me pide que le saque una foto al suyo, donde se ven unas montañas altísimas junto a la ruta y cuatro niños que juegan al lado de un cartel. Una abultada catarata baja por una de las laderas a un lago azul y cristalino.
A medida que se va acostumbrando el ojo y avanza la charla con los chicos, mejoran las tomas. Saco desde lejos para no incomodarlos, con el tele. Una nena se destaca por su belleza, tiene un rostro muy singular y la forma en que va vestida lo resalta más aún; lleva una camisola fucsia con un cinturón a la cadera, color y atuendo llamativos para la situación y el lugar. Si bien registro a todos los chicos, me detengo más en ella. Cuando remonta su barrilete y también cuando en un momento, desde la calle, la llama la madre y corre por la plaza a su encuentro.
Pregunto por los nombres de los departamentos en los que se divide La Pampa e intento recordarlos. Los chicos me ayudan ubicándolos en el palco. Toay, Atreuco, Caleu Caleu, Limay Mahuida, Capital, Trenel, Catriló, Chalileo,  Chapaleufú,  Chical Có,   Curacó,  Guatraché, Huncal, Lihué Calel, Maracó, Puelén, Conhelo, Quemú Quemú, Loventué, Rancul,  Realicó, Utracán... Me cargan porque me cuesta pronunciarlos. Uno de los más grandes nota que la olla de jugo está apoyada sobre Quemú Quemú y se ríe.
Antes de irme les propongo sacar una foto de todos. Se acomodan sobre el palco y a algunos rezagados cuesta hacerlos venir. Uno de los más chiquitos no quiere saber nada con salir en la foto. Lo convence el hermano diciendo que si cierra los ojos ya está, y que él va a hacer lo mismo. Una vez que disparo, algunos quieren ver cómo salieron, pero la mayoría se va corriendo a seguir jugando. La merienda ya está casi lista: jugo Quemú Quemú y galletitas. Los grandes mateamos un rato y me despido. Voy en busca de mi último atardecer, en el que intentaré con toda la suerte posible tomar el dorado del colectivo que está en el límite oeste del pueblo.
Me voy acercando al límite oeste, con una pequeña demora que ocurre al descubrir, sobre una pared azul Francia, el definitivo tendal de Puelches, colorido hasta lo irreal, como si se tratara de una instalación en un museo de arte moderno. El momento de dorado ideal, de herrumbre del cielo sobre los restos del vehículo, llega cuando casi no puedo estar ahí. Corro y logro un par de tomas pasables.
Es el último atardecer y resta sólo hacer el equipaje y preparar el regreso a casa. Voy a mi habitación, me ducho, armo la mochila, desconecto todo y cruzo a lo de Juana, que ya está yéndose.  Parte con el Polo a llevar a los misioneros a la estación de servicio. Allí  se detienen los micros de larga distancia que pasan por el pueblo. Cuando se detienen.
Conociendo las costumbres de los choferes, pongo a mano mi linterna. Se viene una noche larga de frío e incertidumbre. Cuando termino de armar todas mis cosas, salgo y está Juana afuera para llevarme a la estación de servicio. Cuando llegamos, nos sentamos en el 24 horas a arreglar nuestras cuentas de alojamiento, nos sacamos una foto juntas y nos despedimos.
El final del viaje está signado por la linterna. Ella marcará cuándo se detienen y cuándo no los micros. De pie en la ruta con los misioneros yendo y viniendo al 24 horas, por café, por chocolate, por aburrimiento. Todos demorados y arreglando por teléfono con nuestros destinos aquello que no lograremos hacer a tiempo mañana. Terminamos de enterarnos en esta espera, de nuestras vidas, preguntamos, respondemos, seguimos sin parecernos gran cosa, pero la helada nos mantiene unidos. Se acercan un par de nenes de la barrileteada, que se escaparon de la casa para despedirse, los retamos, les damos cariños y los mandamos a dormir.
Cada luz nueva en la ruta es una corrida a la banquina para hacer señas. La mayoría pasa de largo. Apostamos quién se va a ir antes, y quién se va a quedar. Temo que se acaben las pilas de la linterna. Recién dos horas más tarde logro subirme al transporte El Valle que me llevará a destino tarde y mal, pero feliz. Justo al lado de mi colectivo se detiene el de los misioneros. Nos vemos en Retiro, me dicen.
Mientras me acomodo con la mochila en el asiento, me pregunto quién será esa Silvia Castro que nadie recordó presentarme. Cierro los ojos, y me duermo profundamente.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¡qué manera de viajar con vos!!! ¡y sin moverme...!!! buenísimoooo!!
(maritza-sí,yo-)

Silvia Castro dijo...

todo sin movernos, viste? somos un motor inmóvil que se las trae. Vengan unos abrazos de estatua, pero viviente!

germán arens dijo...

Muy bueno Silvia!...

Silvia Castro dijo...

gracias, Pescador!

hugo dijo...

Hola Silvia:

Mientras espero que las fotos crucen el océano, no puedo faltar a esta cita nada menos que con la Pascua de Resurrección. Ese hecho que sirve como señuelo y anzuelo católico. Es el padre de todos los misterios, te garantiza la eternidad de la carne, la resurrección sin fin -como la sierra aquella que conspiraba contra el silencio de Puelches-.

Es por eso que en esta última entrega de Puelches lo carnal está más presente que nunca en tu crónica.

La carnicería y su palimpsesto de vidrio. La carnicería Arco Iris -ahí es ná el nombrecito- y su pintura del pasado y su rótulo del pasado que subsisten.

Es carnal esa búsqueda del tendal perfecto. La ropa tendida siempre ofrece al ojo aquello que del ojo se hurta, se veda, se escapa o que se espía para recordarlo luego en silencio y en secreto. La ropa tendida no es sólo mostrar la ropa que viste, sino la que desviste.

La comida es Felliniana. Ya no por los tallarines y el estofado, sino por esa presencia de los misioneros comiendo con hambre infantil y luego sacándose fotos entre ellos. Ese juego con la imagen propia y la imagen ajena tiene todo tipo de interpretaciones. La erótica en primer término.

Juana instala la guerra de religiones en la más tradicional de sus versiones: la mentira protestante ante la verdad católica. La escritura de Dios los seduce, los derrota y los vuelve predicadores de sus propias paranoias. Ese ataque de Juana es digno de un libro de religión del María Auxiliadora -digo para seguir en la onda salesiana-.

En Puelches hay un restaurante que se llama "Siga la vaca". En Puelches las vacas se extrañan ante el pasto. La vacas de Puelches prefieren los alimentos preparados -el "pienso", que decimos por aquí- y desconfían del pasto. Las vacas de Puelches no reconocen su propia carne.

Juana te lleva la cementerio. Quizá quiera comprobar si alguien resucitó y encuentra la tumba vacía. La hacedora de cruces se enorgullece. El cuento terrible de los ahogados -pensé en "La niña ahogada en el pozo" de Lorca, pensé en un poema de Borges donde habla de una tortuga que vivía en el fondo de un aljibe-.

El triunfo de la carne. La dos beatas en plena Pascua de Resurrección se explayan sobre la seducción y escogen ¡¡nada menos!! que al cabrero del día anterior y a Alberto. Interesante.

La barrileteada. Siempre remontar el barrilete necesita de la ingenuidad de los chicos. La competencia en el cielo. Vamos a tentarlo Dios.

El misterio de la mujer borracha. Interesante para un cuento.

Finalmente, los juegos de las linternas en las cunetas. Otra vez Fellini. Esa estación de servicio donde a veces paran los buses es digna del mejor neorralismo.

No te preocupes por las presentaciones, ellos ya sabían quién eras. Bustriazo les había hablado de tí, pero como siempre no le hicieron caso. Es lo que tienen las visitas que ningún orden vuelve a ser el mismo después que se han marchado.

Muy bueno xavala.

Para misterios los de la narración y la narratividad.

Pon las fotos a navega que yo ya te las pillaré con la red que le pasaba Efisio al río Negro.

besojuerte,
chau,
hugo

Silvia Castro dijo...

lo de Puelches es tan literal como parece, como también lo parece Bustriazo...

sucedió en la escritura antes de haber sido visto, oído y fotografiado, como todo en este pueblo

me encanta cómo me leés, viejotopo!!