Diario de Puelches: Viernes Santo



Hace quince años que paso por Puelches en colectivo, entre General Roca y Buenos Aires, mis destinos. He tomado fotos desde el camino, casi siempre está atardeciendo o es noche cerrada. Por lo general las fotos salen movidas, borrosas, y apenas dan cuenta de ese pueblo de quinientos habitantes del cual dicen que es el centro geográfico del país. Hace unos días busco un teléfono y llamo: Residencial Juanita? Si, ella habla. Le pregunto por el alojamiento, y ahí nomás ya me está contando cosas. Quedamos en que voy para allá el viernes y me quedo hasta el domingo, me hace precio y me pregunta mi nombre. Acá también hay una Silvia Castro, me dice, te la voy a presentar.


Viernes Santo


A la mañana


A las 6 y media me avisan que estamos por llegar a Puelches. Preguntan dónde me tienen que dejar, acá nunca paran, así que puede ser en cualquier sitio. Les digo que a alguna altura de la ruta puede llegar a estar el residencial Juanita, si lo ven, que paren ahí. Me dicen que me dejan cerca de la comisaría, para que pregunte ahí cómo llegar. El Vía Bariloche frena y bajo. Todavía es noche cerrada. Cuando arranca el micro, quedo sola en medio del campo, la ruta al lado. Todo está cerrado e iluminado con luz a mercurio. Está fresca la mañana, empiezo a caminar junto a la ruta por un yuyal, no hay senda. Al otro lado veo un cartel que dice Hotel, y me voy en esa dirección. Siento el motor de un auto. Un Polo rojo se acerca hacia mí, siento que me llaman. Es Juanita, subí me dice, acá los dueños de los hoteles somos todos amigos, muy amigos, pero los clientes son los clientes. Juanita me lleva a la que va a ser mi habitación, enorme, cuatro camas, te podés hacer un té y todo, me dice. Veo la garrafa y un anafe de una hornalla sobre una mesada. Y acá podés escribir, señala una mesa con un plavinil a cuadros celestes y blancos. Me muestra el baño: los hombres ponen los espejos para ellos, mirá, ni vos ni yo podemos vernos acá.  Me asomo y puedo ver mis ojos, mis ojeras, mi pelo aplastado por la falta de humedad. Patagonia de nuevo, se empieza a notar en la piel. En cuanto pueda me tengo que poner crema.
Juanita se va yendo y me dice: hacete un té o lo que quieras, necesitás algo? Yerba, si me da un poco, o sinó le compro. Pueden ser las dos cosas, vení, vamos enfrente. Subimos al Polo. Me pregunta qué hago, le cuento de las bibliotecas y del CCC. Claro, me dice, por eso escribís y venís acá, ahora entiendo. Cruzamos la ruta y me cuenta del río. Ahora está un hilito, una desgracia, es que lo atajan en Mendoza. Con esos nihuiles nos dejan secos. Entramos al Polirrubro-casa de Juanita. Tres perros nos reciben; cuando atravesamos la habitación, la más joven salta. Otra, obesa, raza perro, hace movimientos de foca en mis pies, se pone panza arriba. Esa, pobrecita, tiene un bulto en una teta, dice la dueña. La perra negra le juega y le huele el bulto. Juanita me hace café instantáneo, pone una Essen al fuego y me dice te caliento unas facturas. Yo tomo el café casi frío, vos? Yo normal. Me trae la yerba, Piporé verde o roja? Verde como la uruguaya? no, esta es de acá. Compro la roja. Me dice que cuando recién llegó había indios, indios buenos, pero pobres, del otro lado de la ruta. Que una vez cuando murió un cacique va y le dice a los deudos: lo siento. Yo soy muy sensible, me dice, no me sale dar el pésame, digo lo que me pasa. Resulta que no me entienden, y me dicen, no lo siente, déjelo así nomás como lo puso Lara. Lara es el sepulturero, me aclara. Y se ríe sola. Yo le festejo la anécdota con una sonrisa y un comentario banal. Me cuenta que tiene ochenta, que es maestra jubilada, que tiene sobrinos que en realidad son empleados, porque están con ella sólo para trabajar, y después se van. Que también es catequista, y que ayer llegaron los misioneros que me había comentado por teléfono. Esta tarde hacen el vía crucis. Me hace la lista de lagunas de alrededor. La Amarga, seca, la Dulce, que tiene un poco más de agua. La más grande de todas la recuerda con expresión dulce, no recuerdo el nombre. Después añade otras tres, la Leona, la Brava y la Tigra. Le digo que también fui maestra como ella, en las chacras en Roca y en las villas en Buenos Aires. Así que tenés familia en Roca. Yo vivo sola acá. Miro el almanaque de Callieri justo detrás suyo. De Roca llegan algunos proveedores. Todo es mucho más caro acá en el medio del desierto. Me cuenta de Silvia Castro, que tiene mi edad, pero que no es flaca como yo. Miro la perra, que sigue panza arriba con su bulto y no para de frotar el hocico contra mi zapatilla. Las facturas están riquísimas, calentitas. Llevate, me dice, cuando termino el desayuno. Agarra una bolsa y las guarda con platito y todo. Tomá, querés que te cruce? Le digo que todavía la ruta me da un poco de cosa. Acá no ha muerto nadie, por suerte, salvo un nene, después te lo muestro, y sube de nuevo al Polo. Me cruza y me avisa que tipo nueve se despierta y abre el negocio. Que ya tiene cierta edad pero que no le gusta quedarse quieta, así que trata de dormir cuando puede. Tengo una quinta, no paro, dice, y arranca.

Al mediodía

Tipo 11 y media salgo para lo de Juana. Ella durmió, pero yo no, saqué la cámara y fui para el lado del puente de hierro sobre el Salado. Lo agarré justo con el sol subiendo y asomando en la línea del horizonte. Al puente y al río. Hay muchos camiones. Acá no pasa nada, pasan camiones, me digo. Hasta que pasa uno justo cuando estoy arriba del puente, demasiado grande, demasiado cerca. Todo se mueve, sobre todo adentro. Es un puente viejo y pequeño en proporción, como Juana con el espejo, el camión me pasa por arriba. Aunque esté agarrada de la cámara, como quien empuña su reflejo para que no se lo lleve el río.
Voy a la punta este del pueblo, cruzando el río. Sigue amaneciendo. Le saco unas cuantas fotos a los autos tirados junto a una gomería abandonada. En proporción a la cantidad de habitantes, son muchísimos, es como si este pueblo fuera no sólo el centro de la tierra sino también la capital nacional de la chatarra motriz. Horizonte y autos. Chatarra espacial.
Hay minas de cobre, me dice Juanita cuando llego. Pienso que entonces sí voy a poder escribir los poemas que pensaba, de hombres descendiendo por túneles. Me da unos libros sobre Puelches que se editaron hace poco, por el centenario del pueblo. Está por irse a comer con una amiga. Aparece un hombre a comprar cinta de enmascarar en el polirrubro. Entra con ella detrás del mostrador y elije la que le hace falta. Todos se tratan con confianza de familia. Queda sólo de la más ancha, es igual?
Juanita me muestra unos pescados que tiene en el asiento de atrás del coche. Son de Casa de Piedra. Carpas? pregunto. No, truchas. Las carpas se están comiendo a las truchas en el dique, le comento. Estas no son muy caras, pero igual te las cobran. Están al vacío. Me dice el precio y es más barato que la merluza en Wallmart. Le digo que las meta en el freezer antes que empiecen a hablar. Pienso que claro, que estamos en Vigilia. Me empieza a dar un poco de hambre. Le pregunto si en el pueblo algún comercio hace fotocopias. Señala la otra punta de la ruta, hacia el oeste. Allá, del otro lado de la estación de servicio.
Pasan tres motos con equipaje a cierta velocidad, pero saludan igual. Camino por la margen sur de la ruta. Veo varios comercios que voy listando mentalmente para futuras fotos;  como voy cargada de papeles no puedo sacar la cámara del bolso. Llego a la estación de servicio y entro a preguntar si hay internet, señal de celular, esas cosas. Sólo Claro, y en lo de Huenchul tenés internet, pero tarda una hora en cargar cada página. Ahí en el Viejo Almacén, la ferretería, hacían fotocopias, no sé ahora, cruzate y preguntá.  Salgo y están los tres motoqueros, nos miramos como si nos conociéramos de alguna parte.
Entro al viejo almacén y suena un cencerro de cabra. Miro la puerta, efectivamente, junto a un carrillón chino está el cencerro de latón, y juntos me anuncian. Del fondo aparece una chica, le doy para fotocopiar parte de lo que tengo, porque es muy caro hacerlo todo. Desaparece  un buen rato en el fondo, mientras saco la cámara y hago algunas tomas: el mostrador heladera está apagado y su interior abarrotado de elementos de ferretería. Del otro lado veo los clasificadores de plástico de arandelas llenos de especias y condimentos. Hay dos balanzas, y entre las dos, gemelas, un triciclo. Es muy espacioso, como si hubiera hecho falta en otro tiempo albergar alguna muchedumbre. Todo en este pueblo tiene demasiado espacio para la gente que hay. Se divide entre los que eligieron quedarse y los que eligieron irse. Juanita está del otro lado de la ruta.
Sigue desaparecida la empleada del almacén. De pronto, una mujer anciana camina hacia el mostrador heladera, lo abre, revuelve en su interior buscando algo y hablando por lo bajo consigo misma. Yo dejo de sacar fotos para no distraerla y la miro curiosa. Estamos un buen rato así las dos. Suena el cencerro. Siento mucho olor a cigarrillo de golpe. Es una mujer un poco mayor que yo, flaca como yo, con la misma cara de patagónica de más de cuarenta, a medio arrugar, a media agua.  Se le va al humo a la vieja y le pregunta qué busca. Los hilos, tengo que coser, yo me acuerdo que estaban acá, no sé qué hicieron con los hilos. Nunca deja de revolver adentro de la heladera, mientras siguen conversando.
Llegan del fondo originales y fotocopias. La empleada apoya los libros, cuadernillos y folletos de Puelches en el mostrador de la entrada, donde la estoy esperando. Las mujeres asoman un poco desgreñadas desde detrás de la heladera y le preguntan por los hilos. La búsqueda se complica entre arandelas, suprabond, franelas para el coche y rollos de papel de aluminio. Veo un mate de River, un mate plateado arriba, cartulinas. Pero los hilos no los veo.
Abandonando la búsqueda, se acercan las dos mujeres y ya son tres mirando los libros que traje. Todos sobre Puelches, su gente, su historia. Se buscan. Cuando reconocen algo familiar les cambia la cara. Protestan. Parece que el libro más importante las dejó medio para los postres, dándole más presencia a los que eligieron quedarse, que a ellas, que están del lado que se va, del lado que se mueve.
Patricia, la de mi edad, es santiagueña, dueña de Siga la Vaca, comedor de camioneros, ahí a un paso de la ferretería. Siga la Vaca es el extremo oeste de Puelches, más allá sólo hay pampa seca y atardeceres. Patricia no necesita correr la silla para ver puestas de sol, para eso tiene camioneros.
Josefa, la más grande, vino con la nieta desde Santa Rosa hace años. Nos quedamos solas, qué íbamos a hacer.  Josefa es la única mujer que me crucé en Puelches que escucha más de lo que cuenta. Es de pocas palabras.
María José, la nieta, habla por ella y sigue revolviendo las páginas del libro. Haras Pampa, me dice. Así se llamaba antes este almacén. Ves, acá: Julio Tanuz, ése era el dueño. Me muestra una foto de él , su mujer y varias personas más en un cumpleaños. Este libro habría que conseguirlo, los tiene el intendente. Lástima que sea feriado, hasta el lunes no podés pedirlo. Nosotros tampoco lo tenemos, y eso que somos de acá.
Grabo todo lo que dicen sin que lo noten. No me da abasto la memoria. Temo que el registro me haga perder tiempo, estas cosas es mejor vivirlas. Aparte siempre es bueno cargar el tanque del olvido para después volver.
Patricia es la que más tiene para contar, no para de hablar. Lo único que logra interrumpirla es un paisano que ve venir de lejos. Oh, oh, ahí viene Alberto, cagamos. Que venga para acá y no para mi comedor, dice, medio  entre resignada y quejosa. Alberto tiene el mismo andar de Bustriazo, y por los mismos motivos. Suena el cencerro.
Ahí se inaugura la diáspora de las tres Gracias. María José recuerda que tiene que darle de comer al marido. Josefa renuncia a los hilos y va tras la nieta. Patricia me dice que me vaya después a almorzar con ella y sale volando, sólo se queda unos minutos hablando con el viejo y preguntándole si se está portando bien con el vidrio. Es llamativo cómo se nota lo mal que se porta este hombre, pero pareciera que lo perdonan siempre. El paisano miente otra vez, con la convicción mareada y juramentosa que sigue a los borrachos como perro de rancho.
Recuerdo que tengo que pagar las fotocopias, quedo sola con Alberto, llamando a María José para que me cobre. Viene un pibe del fondo, le digo que la llame, mientras tomo algunas notas más y escucho los desvaríos de mi compañero de mostrador. Escribo: María José Nieto Blanco, la bella. Josefa Blanco, la madre. Patricia Caringella, la hechicera. Las tres Gracias. Saludo y me voy prometiendo volver.
Veinte pasos y ya estoy en Siga la Vaca. Lo primero que escucho al entrar es la voz de Cristina K desde Ushuaia. Acto del 2 de abril en la tele, alto el volumen. Todos miran. Todos es Alberto en realidad, otro Alberto, camionero de Transportes Alejo, de Rosario. Rubio y roja la piel, unos sesenta años, camiseta blanca, musculosa. Cara de bueno. Tiene un tatuaje en el brazo derecho, grande, sobre los bíceps. Un ancla ya un poco desleída, debajo de la cual está escrito: A mi madre. Está terminando de comer, y conversa con Patricia, que fuma en otra mesa, cercana al televisor y la puerta de la cocina. Es la típica conversa de televisor, sin escucha, pero con Cristina de fondo.
Patricia me saluda y me corre la silla a su lado para que me siente. Le digo que ya me vino el hambre, ella asiente contenta. Me dice que tiene pastas, tortilla, costeleta, papas fritas. Elijo lo último, para mí ya es el fin de la vigilia, hace más de un mes que no como carne. Se va para la cocina y le pide a su empleada paraguaya que le empiece a marchar el pedido. Me pregunta qué tomo y le pido gaseosa. Me trae una coca de vidrio de las que se devuelven, de litro y medio. Agarra un vaso y me charla mientras lo lustra y relustra con un repasador.
Entra Alberto y se sienta en una mesa cerca de la puerta. El otro Alberto, el que todos retan por el codo. Le cuesta acomodarse en la silla, serpentea, la corre, mueve la cabeza como un hindú, habla solo. Anda de paisano, todo grafa, bombacha con alforzas, pañuelo de seda trucha al cuello, boina, alpargatas. Boina nueva, le dice Patricia, qué gaseosa le damos? Y me mira. Pollito, papa y sevená, pide el borracho, y se pone a hablar con su tocayo, de mesa a mesa. Le cuenta que se está por ir a Chimpay con el hermano, que tiene campo allá, y le canta. Canta lindo, juguetón, ahí no mastica tanto el discurso como cuando habla, se ve que la música le acomoda el gañote como el trago. Llegada cierta edad, la música se puede mostrar, pero el trago se esconde, el trago mentido es al pedo, se nota igual. El único que no lo nota es el que lo tomó, si para eso lo toma, para el olvido. Hay que llenar el tanque.
Me traen mi comida un rato después que a Alberto. Seven up no tengo, va a ser Sprite, le dice Patricia a su rescatado del vino. Todos están en plan de rescate con este viejo y se nota. Se quejan cuando va apareciendo como gato de Carroll, pero una vez adentro, lo quieren.
Patricia me habla de su hija, María José, otra María José, no la de la ferretería. Estudia letras, y anda bajo el ala de Dora Battistón, una de las Chicas de Bustriazo. Me pregunta si mi libro se consigue en Santa Rosa. Le digo que puede ser, que no estoy segura, que cualquier cosa si vuelvo le traigo uno. Le pregunto si conoce a De Matteo. Le hablo un poco de diciembre pasado allá en Santa Pampa, como dice Sergio, del rejunte que hicimos con Marisa, Horacio, Álvaro, Claudia y otros más en homenaje al flamenco. Me mira como si yo hubiera dejado de ser yo, como madre que le busca relaciones buenas a la hija. Anota. Nombre mío, nombre del libro.
Patricia no descuida a nadie, charla conmigo, charla con Alberto, charla con Alberto. Cae gente. Una familia de viaje: una pareja joven, dos abuelos, y un chico bastante ruidoso. Cristina sigue con el discurso de Malvinas. Alberto dice milicos de mierda. La familia elige plato. De vigilia qué tenés? Pastas, nomás, dice Patricia. El año pasado me la comí toda yo, me dice.  Todos pedían carne, así que este año le hiervo pastas a los creyentes y sigo con mi menú. Yo igual voy  a comer pastas, por mi mamá, que es una rompebolas con esas cosas.
 Tiene razón, salvo los recién llegados, somos todos carnívoros. Pienso que queda mal que agarre con la mano el hueso de la costeleta justo en ese momento. Después va a estar frío, lástima, vino con miula y todo.
El nene ruidoso tose y la mira a Patricia que fuma. Después mira al padre y a la abuela. Patricia sigue fumando con cara de dueña. Se van para una mesa del fondo.
Todos espantan moscas mientras hablan. No ví que ninguno lograra matar una, y eso que están todo el tiempo encima. La mosca de desierto es inmortal y nunca se deja de joder. A mí todavía me perdonan la vida, se ve que al recién llegado le dan changüí hasta que se acostumbra. Ahora que escribo esto, ya tengo dos dándome vueltas alrededor, y el repasador en la falda, para darles, pero no hay forma.
Patricia me cuenta que se va a Santa Rosa varias veces a la semana en camión, para ahorrarse el viaje, no con cualquiera, sólo con los de confianza: Orteguita, El Salta, Villalba… Che, le dice a Alberto, el tatuado, apareció el Oreja otra vez, ví venir un camión de Alejo y era él. Me mira y se hace un par de orejas grandes con las manos. Es sencillo, responde Alberto, a Miguel le encanta que le rompan los camiones, y ahí está el Oreja de vuelta. Yo con él no viajo, dice Patricia, y me cuenta que va a Santa Rosa a estar un poco con los hijos, que viven allá.
Hoy me voy, cargado o vacío, dice Alberto. Está clavado, así le dicen ellos a la demora por espera de carga. Acá en Puelches se carga sal. Justo enfrente está la balanza y la embolsadora. Habla con Patricia de otros camioneros, de otros destinos y otras cargas: Los agarró la balanza, con los kilos ellos venían bien, pero se ve que cargaron mal, iba todo mal en los ejes. Al Salta en el Gualicho le cambiaron el semi, qué voy a hacer toda la tarde clavado acá…
El otro Alberto paga y se despide. Abre la puerta y sigue hablando desde ahí, de lo que va a hacer en Chimpay. Por fin se va, entra mucho fresco y temo por mi digestión. Al rato vuelve por su boina, que quedó en una silla olvidada. En la tele ahora hablan de las falsas denuncias de Nicole Neuman al boliche El Bosque de Quilmes, y siguen como media hora con eso.
Patricia no me quiere cobrar. Así volvés, me dice. Venite más tarde y seguimos charlando. Me trae un café. Seguimos charlando. Me cuenta de la hija más chica, que habla como los documentales de Discovery, toda formalidad. No me gusta, me dice madre. Dice refrigerador, como en las series yanquis, es un caso esa mocosa.
En el fondo hay dos cabinas telefónicas. Le pido de hacer un llamado, para avisarle a mi hermana que llegué bien. Al rato vuelvo y me recomienda que llame de noche, que es más barato. Mirá, como diez pesos se te fueron, te charlaste todo, nena. Le pago y me despido, del fondo viene la paraguaya con dos platos de ñoquis con salsa. Ahora comen los dueños. Son las tres de la tarde. Digo buen provecho, saludo a Alberto y marcho. En la tele dicen que hay alerta meteorológico para el norte de la Patagonia. Se vienen vientos fuertes otra vez.

A la tarde

Volviendo me encuentro un rebaño de cabras en el Polideportivo Municipal. Llevo a la habitación los papeles y vuelvo con las cámaras. Filmo. Es importante que se escuchen los cencerros. Las cabras rumbean para el natatorio. Saco fotos. Una de ellas con la ruta y la despensa Huguito de fondo, para mandar a Barcelona. La cabra ramonea un yuyo y me mira con ojos extraviados. Siguen pasando camiones todo el tiempo. Sólo se escucha el zumbido de las ruedas en el asfalto, los cencerros y los pájaros. Hora de la siesta, ni un alma en la calle.
Me tiro un rato a leer las fotocopias. Me duermo en seguida. Al rato me levanto y bajo las fotos a la notebook, me hago un mate. Cierro la garrafa porque pierde un poco de  gas. Escribo un par de horas. A eso de las seis y media me asomo y veo que está cayendo el sol en el oeste. Me abrigo, agarro la cámara y corro hacia el horizonte. Alcanzo a hacer algunas tomas de los camiones dorados por el atardecer. Justo pasa uno por la ruta, queda apenas una lengua de sol en el horizonte. Voy haciendo toma tras toma de su desplazamiento: desaparecen juntos sol y camión. Mientras un hombre cruza la ruta, el cielo se tiñe de rosado. No hay ni una nube.
Camino por la margen sur de la ruta, hacia el Bar Posta del Este. Está cerrado, casi abandonado. El nombre del bar está pintado sobre la pared, donde asoma un poco el letrero anterior. Las letras desparejas cubren apenas la cal que blanqueó la palabra Restaurant, toda en mayúsculas.
Camino una cuadra y doblo para la plaza, hacia el sur. A lo lejos veo el vía crucis, unas veinte personas, la mayoría chicos. Avanzan lento tras una cruz de palo, con unas fotocopias en la mano. Reconozco el Polo de Juanita estacionado junto al grupo. Los observo desde lejos un rato, a medida que avanzan, Juanita se sube al auto y lo mueve de estación en estación. Me arrimo cuando están llegando a La Verónica, la del paño. Cada estación es un dibujo pintado a lápiz pegado en un poste de luz. A los pocos segundos la tengo al lado a Juana, que me cuenta que su amiga Nora casi no puede moverse, así que la traslada en el Polo para que no se canse. Todos rezan padrenuestros y avemarías y caminan. En la siguiente estación, me dan una fotocopia para que lea. Caramba. Leo. Cuando termino, sigue el rezo. Yo sigo caminando, pensando en mi nueva experiencia de entrismo religioso. Más adelante seré declarada fotógrafa oficial de la misión, de puro metida, y nadie nunca me va a preguntar por mi silencio en los rituales.
Terminado el vía crucis, todos van a la iglesia a misa. Entro, me quedo hasta el final filmando y tomando fotos. A la salida, los chicos de la misión conversan un rato conmigo, me piden las fotos, me ofrecen unos mates más tarde, si quiero pasar por la escuela donde están parando. Les digo que si me da el cuero hasta esa hora, voy. Son muy amables, preguntan, escuchan, me hablan de Don Bosco como si no lo conociera.
Vuelvo a mi habitación, me hago un té de nada, mi agua caliente cuando no da para mate. Pienso en comprarme un té de kiosko para los resfríos y cruzo al Polirrubro. Cuando entro hay un aroma maravilloso a comida en trámite. Las truchas, pienso. Juanita me dice pasá que hay para las dos. Enciendo el grabador. Se viene una noche movida, seguro.

A la noche

Me pone a cocinar. El arte de las mujeres solas: encontrar al que te cocine. Me pica una cebolla y pela un tomate mustio. Va a haber que ponerle arte a esto, pienso. No la veo muy ducha a mi anfitriona en la cocina. Cada tanto va a atender a la gente, que entra a hacer las últimas compritas del día. La cena se va haciendo entre conversas que digiere el grabador y ahí esperan que con el tiempo las saque a la luz, ahora lo que importa es que las truchas se puedan comer. Sale bastante bueno el revoltijo, una especie de estofado napolitano con quesito derretido arriba de los pescados. Juanita saca un tetra de Zumuba de la heladera. A mí el pescado me gusta con vino dulce, me dice, y pone más alta la tele. Menos mal que habla fuerte, muy fuerte, como buena maestra jubilada que es. Me empieza a contar de la familia italiana y de la guerra del 14. La escucho y pienso cómo se va a escuchar la grabación de su relato, con ese documental que están pasando en el televisor, de fondo, sobre la guerra de Malvinas.
Le pregunto si lo conoció a Bustriazo. Claro, me dice, pero más a la Rosita, la Rosa Puelche, que era maestra como yo y era la novia en ese entonces. Una noche yo no me podía dormir, era tarde, y estaba leyendo en voz alta la Rosa Puelche. Me vino como una inspiración, agarré una tiza y me puse a dibujarla. Pará, pará que te muestro. Ahí nomás se levanta y me pide ayuda, vamos para la pieza y movemos el ropero. La tengo acá atrás. Ahí la tiene escondida a la novia de Bustriazo? Si, quedó pegada acá, antes usaba el ropero de división, pero ahora quedó contra la pared, seguro que está ahí todavía, adónde se iba a ir? Somos las dos demasiado menudas para el ropero de tres cuerpos, pero de a poco le vamos haciendo. Pucha, no está, me dice, asomándose de atrás. Dónde me la pusieron? Mirá, cuando aparezca te la muestro, seguro que está escondida en alguna parte. Me había salido linda…
Como no aparece, manotea un ejemplar de Canto Quetral bastante baqueteado y lleno de marcas hechas con papeles, estampitas, pedazos de facturas y otros artilugios de la marcación. Abre el libro y se pone a leer en voz alta, declamando versos del flamenco. Es una gloria, dice. Lástima lo borracho que era, siempre con los indios, siempre buscando cadáveres. Le gustaba mucho andar con los cadáveres, cabezas de indio, esas cosas juntaba. Todas las noches lo veías con el maletín haciendo eses. Todo oscuro y el tipo con la linterna, ni los perros se le acercaban.
Me lleva para la cocina, terminamos de comer lo que queda, ya medio frío. Ahora, un cafecito, dice. Lo traigo mientras juntás los platos. Cuando miro, veo en la mesa unos caramelos. El cafecito, me dice, sentate que lo tomamos. Miro la mesada y no veo nada, miro la mesa de nuevo, nada. Miro otra vez los caramelos. Butter tofis de café. Ah, el cafecito, ahora entiendo.
Apago el grabador. Hora de dormir. Ahí adentro queda mucho que contar, pero hace sueño. Con el tanque lleno, cruzo la ruta. Miro a los dos lados antes, no me olvido. Del otro lado está lo que se mueve. De este, Juanita me saluda hasta mañana.

6 comentarios:

hugo dijo...

Hola Silvia:
Vale, vale y vale. Muuuy Buueeeno.

Alguna pregunta muuuy interesada:

¿No te encontraste a Gabriel Ventura en Siga La Vaca-¡vaya nombre para un restaurante de carretera!-? En la ferretería o en el Almacén de Ramos Generales ¿no había ninguna foto del "Negro" Samiel?
Esas truchas me recordaron a las "perdices" que Ventura devora sabiendo a qué se arriesga. Lo que sucede, esta vez, es que la realidad -para abundar en el tópico-, supera a la ficción.

Extraordinariamente Cortazariana la escena de la procesión -"Instrucciones para John Howell", Todos los Fuegos, el fuego- con esas fotocopias y las estaciones pintadas a lapiz. Y Cortazariana la escena del ropero donde se supone que está, pero no está el retrato de la que fuera amante de Bustriazo.
Y finalmente, la presencia de la tele, Las Malvinas y Kretina K. le dan un toque casi de ciencia ficción a lo Ray Bradbury.

Prometo algo más extenso.Quedan más lecturas que hacer. Y, por supuesto, ya me estoy mordiendo los codos esperando el continuará del sábado y lo que sigue...

¡¡¡Grande Silvia!!!

unbesojuerte
hugo

Silvia Castro dijo...

Hugo, no tenés idea lo presente que estuvo tu novela en esos días en mi memoria... O si, claro, tenés idea, de ahí tus "preguntas".
Tenemos que ir a Puelches, viejotopo. Empezá a juntar euros ya mismito y no vamos, dale.

Ahora escucho grabaciones y releo apuntes, prometo pronto el diario del sábado de gloria, que también se las trae.

Muchos cariños para vos y prepará el bolso, dale, acá te espero.

Silvia

mar dijo...

fue como estar ahí con vos
como será la próxima compañerita

ahhh...tengo propuestas!

hablemos

muaaa!

Silvia Castro dijo...

Otra que me llevo a Puelches de una...

vos también seguí juntando euros, gitana loca, porque que nos vamos, nos vamos!!

Abrazo fuerte

iris giménez dijo...

buenísimo, Silvia. qué placer leerte y verte ahí mismo, dos horas sobre la notebook y todo lo demás.. abrazos para el viaje

Silvia Castro dijo...

Genial que te guste, Iris, abrazo que va y vuelve, mientras seguimos escribiendo.