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Presentación de Los espacios vacíos


Poesía y fútbol, un solo corazón


Por Paula Jiménez España


Este, me digo, es un libro singular. Una poética nacida en el interior de una cancha de fútbol, en la experiencia del pasto sintáctico y la pelota de cuero, en el crimen perfecto de un gol.  No tiene que ver con la inspiración de una mera observadora frente a una pasión popular que no le pertenece. En Silvia late un corazón futbolero y una se pregunta cómo hizo para escribir sin diluirlo (creo que no debe haber nada más desafiante para el lenguaje escrito que hablar de una pasión), cómo hizo para apropiarse incluso de afirmaciones taxativas, como suelen ser los decirles del corazón y volverlas un acierto de media cancha. Seguro, pienso, si esta chica juega como escribe, es una estratega muy hábil. Por la manera de construir poemas me la puedo imaginar gambeteando varios metros y al final cruzar el arco con una elegancia tal que te deja pensando cómo no la viste venir. La ficha de la precisión de la jugada, como lectora te cae en los remates. Cito algunos ejemplos, sin querer spoilear, aunque tal vez lo haga: 

La pelota detenida en el aire

es el único techo.

La vemos venir resbalar elegir

en cuál de nosotras va a empollar

su huevo invisible.

de Ver más vidrio

*

En el área las sombras convertidas

una vez más

en mujeres flotantes.

Vivas.

de Laureles

*

Hacer el gol

no para que entre.

Hacer el gol

para escucharme gritar.

de Doble de cuerpo

Cuando me invitó a participar de esta presentación le aclaré: Silvia, yo de fútbol nada, pero de poesía un poco más. Ella aceptó porque en verdad las dos sabemos que los temas no importan en poesía, que todos los temas en poesía son la poesía. Aunque qué lindo es mirar por el ojo del poema una escena en particular, con su propio campo semántico, su ley, su ritmo, su dos tiempos - verso y corte de verso-, su sentido único, que es la fusión de todo esto. Un espacio vacío es el poema, pero lleno de sí mismo. Como una cancha, no precisa un permanente relato para que hable su espíritu, su razón de existir. Silvia plasma en versos lo inenarrable de la experiencia futbolera y te teletransporta metaforizando lo que de la experiencia sólo se puede contar no contándolo, es decir, con metáforas, con espacios vacíos de solidez material. Recuerdo especialmente una metáfora que pertenece al poema Planta permanente, y habla de una pelota que es a la vez un hueso suspendido en el aire, un hueso que da vueltas en la altura y no termina de caer.  Más allá de la alusión canina, de la expectación del perro o perra por cazar su tesoro, leo esto y me pregunto si está hablando solo de fútbol y de canes o si también habla, conscientemente, de desapariciones. Una flecha se dispara en este verso y me lleva a los restos nunca encontrados, nunca identificados, a las trágicas certidumbres que no terminan de ser.

Y no es solo en este poema el que me conduce a este tipo de asociación. En Insoportable levedad, dice: En la barrera/ todas las camisetas son iguales./ Los números se pegan a la espalda/ y desaparecen. ¿Qué números, me pregunto, los que indican la posición de los jugadores en la cancha o los que no vemos que somos para la aplanadora mortal del poder? Desaparecidas del mapa, quedar fuera de juego y volver como fantasma, como silueta o como poema, espacio vacío que habla. Pienso que todos estos sentidos se me abren porque la poesía es esa costurera de Virginia Woolf en Orlando, la memoria que metiendo su aguja aquí y allá confecciona un vestido con retazos, un patchwork de imágenes que reverberan y reverberan, como los círculos que se hacen alrededor de una piedrita cuando cae al agua. Ustedes dirán: ésta trae a la costurera en la presentación de un libro sobre pibas que juegan al fútbol. Bueno, el feminismo es así: cabemos todas. Quiero seguir mencionando las metáforas de este libro, hablarles del huevo invisible que una pelota empolla. Ese huevo es el premio que fertiliza a la jugadora elegida por su talento o por el azar, quién sabe. Y también está la metáfora para mí inolvidable de la pelota detenida en el aplauso, porque la patada será de una, pero el gol es también de la hinchada y eso, pienso, es lo que se debe sentir si sos goleadora, que si ganas vos todas ganamos. Efectivamente poesía y fútbol son en estos poemas, un solo corazón y sino fíjense en esto que dice en Televisadas: 

Los goles nos hablan porque su ser es lingüístico.

Pero andá a contar cómo fue que pudo entrar.

Eso: anda a contar sin contar, sin definir como un relator, más bien, en todo caso, elegir la vía del barrilete cósmico para hablar de eso que vuela hasta el infinito, aunque tenga bien puestos los pies sobre la tierra. Lo cósmico de la poesía es el alcance que nos da la resonancia, ese decir que no se agota en la experiencia personal y que te hace una con las otras.

Este libro que puede ser leído como un ars poética, una reflexión sobre el arte de escribir versos y es a la vez un manifiesto feminista que nos devuelve al campo de juego. Pasión y expansión habitan, reconquistadas por las pibas, las páginas plenas de Los espacios vacíos. Cito el final del poema Gol de mujer:

Hacer un gol como quien comete un crimen.

Con esa libertad que se oculta a la familia

con el desorden de la urgencia

con la precisión del último aliento

Desde este lugar visceral, se han escrito estos poemas en los que la autora no suelta nunca la palabra, o lo que es casi lo mismo, la pelota.  Herramientas aparentemente indiferenciadas de un yo a las que ese yo primero tuvo que aprender a dominar, es decir, a reconocer fuera de sí, desnaturalizarlas para integrarlas después. Silvia domina la herramienta lingüística, no se le va de los límites en ningún momento y se agradece precisamente este clima homogéneo y concentrado que no se contamina ni se dispersa. Estás ahí mientras leés y en ningún otro lado. O sí, con ese don de bilocación que tiene la poesía, es casi como si también estuvieras en la cancha.

Pisagua en revista In Situ

Una muy buena crónica de los días en Iquique, Pisagua y otras localidades que fueron sede del Festival Matute en el norte de Chile.






 

Presentación de Diario de Puelches en Santa Fe

 



Por Beatriz Vignoli

 

En el siglo XIX los muertos se comunicaban con los vivos a través del código morse; eran los famosos rappers, los espíritus golpeadores. Silvia Castro fue a Puelches a buscar a un poeta muerto, pero a la vez muy vivo, que manda mensajes, que era telegrafista, y quizás no sólo por eso, manda mensajes en código morse. Al comienzo de uno de sus poemas, Bustriazo Ortiz le dice “yo soy la Morsa” en código morse, una especie de chiste –morsa/morse– , y un juego con una canción de los Beatles,  en un lugar adonde ella va a buscar la leyenda, el mito, el fantasma, el espíritu, la huella, el aliento póstumo de Bustriazo Ortiz. Es un lugar que ella describe así, a través de las voces de las mujeres que lo habitan, las pocas personas que lo habitan, un lugar donde ahora no se ve, porque la luz no la deja ver.

Ahora no se ve, porque la luz no la deja ver.

Un lugar donde una de estas mujeres despide un olor que hace más espeso lo visible.

Este lugar es el desierto, este lugar fue nombrado así a partir del genocidio que perpetró el exterminio de los pueblos originarios, que Silvia Castro va a buscar y encuentra, así como va a buscar y encuentra el espíritu de BO, que como buen espíritu, se comunica en código morse.

Los poetas que Silvia Castro convoca, invoca, además de BO, son los poetas del rock, son los poetas con los quienes nuestra generación creció, entonces ese “yo soy la Morsa”, también alude a una canción de los Beatles que John Lennon decía – bueno, yo discuto con Lennon en la cita que vos ponés ahí, porque John Lennon dice “yo quiero hacer una canción que no tenga absolutamente ningún sentido” y la canción “I am the Walrus” empieza diciendo “I am he”, el primer verso dice “I am he”, y “I am he”, si hay una frase que tiene sentido en el universo es “I am he”, porque “I am He”, es una traducción libre al inglés de “Aham Brahmashmi” esos mantras en sánscrito que recitaban los rishis, los sabios salvajes de la India que decían “Yo soy eso”. Yo soy eso, ese mantra, el Yo-soy-eso, expresa, en una brevísima frase, la identidad entre lo humano y lo divino, la idea del Advaita, que en sánscrito quiere decir “No dos”, no dualidad. Decir no dualidad no es lo mismo que decir unidad. Decir no dualidad es decir que lo divino y lo humano son uno, no hay realmente una distancia, entonces la canción lo que después se convierte en la canción más absurda del mundo empieza diciendo “I am He”, y de alguna manera también en esta búsqueda,  en este viaje del que da testimonio SC en su libro, que es un viaje a través de lo contingente y de lo azaroso,  es un viaje que está guiado y piloteado y timoneado de una manera muy certera por algo que ya se encontró antes de salir a buscarlo.

El libro tiene dos partes,  una en prosa y otra en verso. La parte en verso está compuesta de tres poemas que me parecen maravillosos donde Silvia recupera para la poesía, y esto es muy importante en este tiempo, recupera para la poesía un espíritu vanguardista. El juego de la vanguardia, el juego con la palabra, el juego con el  sonido, el juego con la música, el juego con el  absurdo, con las palabras inventadas, incluso hasta tomadas de la publicidad. Hay como una especie de chiste, porque como Bustriazo Ortiz tomaba ginebra, y tomaba ginebra Bols, y eso es parte del mito del poeta, que dejó en esa región donde vivió, Silvia toma la publicidad de la ginebra Bols, que decía “¿Quiere tener smowing? Tome ginebra Bols”, y la palabra smowing era una palabra inventada por los publicistas, que de alguna manera estaban operando como poetas vanguardistas, porque la vanguardia histórica, en poesía, también juega con los neologismos.

Entonces,  ¿qué va a buscar Silvia a Puelches, con la excusa de hallar el alma de un poeta muerto? Va a recuperar la vanguardia, trae para la poesía el nombre de Bustriazo, el nombre de Puelches, trae para la poesía de nuevo la invención de la vanguardia, la creación de la vanguardia, el proyecto estético de la vanguardia, y con mucha solvencia y hermosura y elegancia lo pone en el libro a contar, esto que ella cuenta antes de ir a verlo. Los poemas son como proféticos, narran el paisaje antes de ir a buscarlo y después ella va a buscar el paisaje y escribe un texto en prosa que es muy hermoso también a su manera,  de otra manera, un texto que tiene un tempo, que tiene una cadencia muy amable, muy serena,  a diferencia de los poemas que son estallidos, son pirotecnia vanguardista, el texto en prosa es muy amable con el propio tiempo, con el tiempo de estas personas del lugar y la hospitalidad de estas mujeres, y va entrando como muy pausadamente con ese tempo cadencioso en este estar que dura una semana santa, son muy pocos días de ese habitar el desierto, habitar ese espacio donde la luz oculta, la luz tapa,  la luz no deja ver eso que hemos ido a ver y a escuchar, esa música que solamente se  puede encontrar en medio del silencio del desierto.

 

Del Otro Lado Libros, Santa Fe, 27 de abril de 2023

(audio completo en este enlace)





Conversación de poetas: Roberto Malatesta, Beatriz Vignoli y Silvia Castro

SC - Si, es un diario de viaje, posterior a la escritura de poemas, que salieron antes en este libro anterior, que se llama Puelches. Me dijeron, dale, sacá la crónica de cómo escribiste este libro, y para hacerlo, un fotógrafo de por ahí cerca, de La Pampa, me ofreció acompañarme y sacar unas fotos él, con lo cual el libro también tiene ilustraciones, tiene las fotos que sacó él con una rolleiflex –como la de Vivian Maier-. Fue una aventura muy copada…

BV - El fotógrafo Jimmy Rodríguez. Y hay un prólogo, también. Hay varios autores acá.

SC – Jimmy es el autor de los mejores retratos de Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Lo fotografió sin saber que era un poeta muy famoso, lo hizo solamente porque era el hijo de una de las mejores hinchas de All Boys que tenía el pueblo. Era todo un personaje la mamá de Bustriazo, una fanática del fútbol que se agarraba de los alambrados y gritaba como loca.

BV – Era más famosa la hincha de fútbol que el poeta. Y después hay un prólogo también, que el autor es Sergio de Matteo, un estudioso de la obra…

SC – Si, es así como un buceador en la obra de Bustriazo, que estaba prácticamente inédita y ahora se va progresivamente sacando a la luz.

BV – Y después hay otras fotos que no están en el libro, que son las que vos sacaste y que una sólo puede imaginar a partir del diario. Ahí hay material para un futuro libro.

SC – Si, es un libro eterno, es una experiencia eterna. No  sé cómo es que va a seguir eso, pero todo el mundo me demanda que haga algo con esas fotos que yo narré pero no están siendo mostradas aún.

BV – Y no la quiero spoilear, pero hay una Silvia Castro que nunca apareció, una homónima tuya de la que todo el tiempo te hablan y nunca te la presentan.

SC – Ahora puedo leer ese pedacito, está en el comienzo y en el final del Diario. Son cuatro días, es una semana santa que pasé allá, en la casa de hospedaje de una ex monja, que me estuvo evangelizando durante los tres días –yo no soy creyente- y, bueno, pasaron muchas cosas del orden de lo sagrado, pero… mejor leer. Voy a leer algunos pedacitos de la crónica…

BV – Leé el Smowing, leé  el Smowing.

Roberto Malatesta  - Esa propaganda la hacía el Loco Gatti

BV - ¿Quién? ¿El Loco Gatti? ¿Quiere tener Smowing?

RM – El Loco Gatti. Pateaba la pelota de su arco y hacía el gol en el otro. Me acuerdo, yo debo haber tenido siete, ocho años.

SC – Datazo. Tenía que ser un campeón (Malatesta es hincha de Colón  de Santa Fé)

SC (lee) – “Desde hace muchos años, paso por Puelches en colectivo, en mis viajes entre Buenos Aires y Río Negro. He tomado fotos desde el camino, casi siempre está atardeciendo o es noche cerrada. Por lo general las fotos salen movidas, borrosas, y apenas dan cuenta de ese pueblo de quinientos habitantes del cual dicen que es el centro geográfico del país. Hace unos días busco un teléfono y llamo: ¿Residencial Juanita? Si, ella habla. Le pregunto por el alojamiento, y ahí nomás ya me está contando cosas. Quedamos en que voy para allá el viernes y me quedo hasta el domingo, me hace precio y me pregunta mi nombre. Acá también hay una Silvia Castro, me dice, te la voy a presentar.”

SC – Y después vienen tres días de crónica. Cuando termina, estamos esperando que algún micro nos lleve, a mí y a todo un grupo de salesianos que estaba ahí por esa semana santa, eran todos jóvenes, con  quienes vivo diversas aventuras. Es un lugar donde no hay una terminal, estábamos esperando que nos vieran en la ruta, que nos paren los micros, con unas linternas. Así concluye la crónica

SC (lee) – “Conociendo las costumbres de los choferes, pongo a mano mi linterna. Se viene una noche larga de frío e incertidumbre. Cuando termino de armar todas mis cosas, salgo y está Juana afuera para llevarme a la estación de servicio. Cuando llegamos, nos sentamos en el 24 horas a arreglar nuestras cuentas de alojamiento, nos sacamos una foto juntas y nos despedimos. El final del viaje está signado por la linterna. Ella marcará cuándo se detienen y cuándo no los micros. De pie en la ruta con los misioneros yendo y viniendo al 24 horas, por café, por chocolate, por aburrimiento. Todos demorados y arreglando por teléfono con nuestros destinos aquello que no lograremos hacer a tiempo mañana. Terminamos de enterarnos en esta espera, de nuestras vidas, preguntamos, respondemos, seguimos sin parecernos gran cosa, pero la helada nos mantiene unidos. Se acercan un par de nenes de la barrileteada, que se escaparon de la casa para despedirse, los retamos, les damos cariños y los mandamos a dormir. Cada luz nueva en la ruta es una corrida a la banquina para hacer señas. La mayoría pasa de largo. Apostamos quién se va a ir antes, y quién se va a quedar. Temo que se acaben las pilas de la linterna. Recién dos horas más tarde logro subirme al transporte El Valle que me llevará a destino tarde y mal, pero feliz. Justo al lado de mi colectivo se detiene el de los misioneros. Nos vemos en Retiro, me dicen. Mientras me acomodo con la mochila en el asiento, me pregunto quién será esa Silvia Castro que nadie recordó presentarme. Cierro los ojos, y me duermo profundamente.”

SC – Y ahora voy a leer un pedacito de La Morsa y el Smowing. La Morsa tiene un acápite de Bustriazo Ortiz que en Morse dice: “Yo soy la Morsa”. Y aquel texto al que se refiere Beatriz,  con el que no está de acuerdo, es una nota final que dice:

“En el acápite inicial, un Bustriazo imaginario envía pulsos eléctricos en código Morse que dicen Yo soy la Morsa, en alusión a I’ m the wallrus, de John Lennon. ´”Lo de la «morsa» es como un sueño; las letras no significan casi nada. La gente extrae un montón de conclusiones y es de lo más absurdo”, decía Lennon de esa canción, que deliberadamente compuso con el fin de lograr la letra más indescifrable y confusa que se hubiera escrito nunca, para enloquecer a quienes buscaban desentrañar en sus canciones significados ocultos.”

 

 

La Morsa

 

-.-- --- / ... --- -.-- / .-.. .- / -- --- .-. ... .-

Juan Carlos Bustriazo Ortiz

 

ortografía dudosa

la del ir y venir

las morsas del Salado

aprietan los colmillos

yo soy la Morsa

dicen

escribo como me hundo

yo soy ella

como usted es

también

Desaguadero

es ella

como usted

la que martilla el agua

mientras la piedra canta

como usted

como el pájaro

posado

como usted

sobre su propio pico

 

El Smowing

 

ya flotan palos

cuando abre la valija

y saca el vaso

el platillo encandila

al que cuenta las gotas

acá se flota con prudencia

advierten

no es pa’ menos

ahí va otra más

iluminala

el avenido levanta la tapa

le dispara

la gota cae en el vaso

es la primera

de la segunda gota

hacen ginebra

con la tercera gota

ya son tantos

que Juan apaga pa’ que dure

y ceba

 

*

tantalita no llores

que se acaba

la sed de tu acidito

enebristado

de tus condenamientos somos hilos

que bajan a beber

como ganado

tantalita te pierdo apenas sida

apenitas olor

te estás quedando

no cosas en tu canto

tantalita

hundile tu agujita

a tu ojalado

 

*

 

lanceló

le increpan

déale en la punta

cuantimenos

qué tanto va el tántalo a la fuente

Juan

qué tanto

acá le hacemos

equipaje de mano si le cabe

si le quepe en la luz

recienllegado

lanceló de su ginebra

Juan

que no se diga

agua va

sin la valija

Juan

sin la linterna

 

*

los perros amuchados de la seca

enfilan hacia abajo

y más abajo

los hombres devenidos caballeros

dejan pasar al agua

va ladrando

taladra tantalita desabrida

lo que se bebe va llevando el rastro

las cantimploras

lloran de vacías

juntar es para oficio de lo quieto

cantar en el camino es para el río

los hombres van riendo para adentro

como acidito en ancas

como un frío

que cala hasta la seca

su ladrido

 

*

la gomería es un lugar sagrado

donde las ánimas soplan por el dedo

pulgar el haciarriba de los vientos

hacia abajo se sopla cuando Juan

les lanza el haz de luz de su ginebra

enebro ventilado en el infierno

y en el invierno cose lo que enhebra

la muda la hachecita que lo corta

en dos en cala y seca lo decide

el Piedra Juan dibuja lo que escribe

y desdibuja Juan en la retorta

lo que rueda en la rueda es hielo seco

la helada hace crisol y sólo puede

partir el hueso hueco que sucede

cuando el agua en el cielo hace su eco

 

*

 

la llave no

la llave no me gusta

dame la bols

ese piolet de mano

las piedras que no tienen cerradura

se abren como las gomas

apretando

metiendo la cuchara por la punta

tirando para afuera en el costado

la llanta está enterita

mirá

contuvo el aire

se ve que no respira pobrecita

desde que la luz mala

tantalita

del agua te sacó

y a tu agua vamos

 

*

 

tomá la bols

dame la mía

hay que tener smowing

Juan Bustriazo

la piedra canta

Piedrajuan

huesolita on the rocks

a brida suelta

es insignificante lo que cuenta

si lo que flota es tu significado


La publicidad de Ginebra Bols, con Hugo Orlando Gatti


 

Presentación de Diario de Puelches en La Pampa

Hospitalidad y calidez, tanto del público presente como de la Asociación Pampeana de Escritores, de la cual Sergio De Matteo es presidente. A su cargo estuvo la presentación de Diario de Puelches en el marco del ´36 Encuentro de las Letras Pampeanas.



También fueron parte de la presentación el Ingeniero Alberto Goldberg -quien preside la Fundación Chadileuvú, ente auspiciante del evento- Silvio Tejada, -editor de Gráfica 29 de Mayo-, y escritores integrantes de APE.





Presentación de Pisagua en Viedma / Rio Negro

 



PISAGUA: UNA EXPERIENCIA





 Por Nito Fritz

Para abordar Pisagua, voy a partir de lo que la propia autora dijo sobre cómo se produjo la escritura del libro, y voy a empezar con una cita de Juan Rulfo, de Pedro Páramo que Silvia utilizó para explicarlo: “comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras casi vacías de ruido…”

También cuenta Silvia que Pisagua empezó como simples notas de viaje, una escritura compuesta por fragmentos, como al dictado, escuchando sin saber muy bien el significado de algunos de esos dictados que por momentos se volvían insistentes, arbitrarios, que aparecían de la nada, pero que se instalaban desde su propio silencio para nombrar.

Para mí como lector, Pisagua ancla también en la Comala de Pedro Páramo, porque Pisagua aunque real, es como esa Comala imaginaria: un lugar donde las voces hablan, muchas voces hablan, para contar sus miedos, sus deseos, las historias de vidas que ya no están.

Y también pensé en ese maravilloso libro de poesía de Eliot: La tierra baldía, hecho de fragmentos, de voces que se yuxtaponen, donde el lenguaje se disloca, se vuelve impersonal, habla a través de personajes, lo que provoca la extinción de la personalidad.

Esas voces en Pisagua van formando capas al igual que los poemas, como lo formaban los cuerpos de los torturados y desaparecidos que fueron derivados allí por la dictadura militar chilena. Porque Pisagua hasta 1930 con el auge del salitre fue un puerto importante para el embarque y exportación de nitrato y con el fin de la industria del salitre, prisión para los diversos gobiernos y durante la última dictadura militar uno de los principales campos de detención y ejecución para más de 2500 personas. Escribe Silvia Castro:

“Un campo de concentración nos un lugar.

Es todo lo que se puede morir estando vivo

Todo lo que se puede vivir estando muerto”.

 

También está en Pisagua, la idea de que la tradición no es solamente una herencia, se la conquista. La tradición implica entonces un sentido de la historia.

¿Quiénes dictaron entonces a Silvia los poemas del libro? ¿quiénes las fotografías que tomó? Dictan las voces de los desaparecidos. El libro tomó así forma, lentamente:

 

 

“un ta te ti

 

de cruces

sin círculos

 

todos perdieron

el cuerpo

aquí.”

 

Porque la sensación preponderante que provoca el libro es el de estar inmerso en destellos, fragmentos donde los cuerpos y las voces dicen. Porque en un momento nos damos cuenta que Pisagua más que un libro de poemas ES UNA EXPERIENCIA.

Hay una línea de Hörderling que tal ayude a entender esto que digo:

“¿Hay una medida

Sobre la tierra?”

Como lectores de Pisagua podemos preguntarnos: ¿hay una medida para la brutalidad, la barbarie, el autoritarismo? Y la respuesta es, no.

Porque lo que gobierna en Pisagua es la muerte. Escribe Silvia:

 

“los muertos habitan el lado subterráneo

de los dueños

 

la tierra es de otros

 

en Pisagua

sólo se está enterrado.”

 

La muerte es entonces una maquinaria que no se detiene, sigue creciendo.

 


 Ese lenguaje dislocado, desenfocado, como el de una cámara fotográfica que busca su objetivo y no lo alcanza o lo alcanza de manera borrosa, sirve para que aparezca la devastación de la muerte, para nombrar la existencia, para decir que algo ocurrió por única vez pero que se repite existencialmente hasta el infinito, para llegar así al presente, a nuestro presente.

 

Roland Barthes decía sobre la fotografía: “Una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente, está enteramente lastrada por la contingencia…” cuando mostramos a alguien una fotografía le decimos: mirá esto, este es fulano, aquel mengano, este es mi hermano, aquel es mi hijo.

El libro de Silvia provoca eso en el lector, lo obliga a reconocer y a reconocerse en cada línea escrita. Escribe Castro:

“bautizar cada larva nieta y bisnieta

incluso

cada nombre picoteado por el chimango

cada nombre devorado

por el pastizal”

 

Esto hace el poema, ante la devastación y el horror: bautizar cada cosa que el ojo ve, que el cuerpo siente; darle nombre nuevamente, para que no quede en silencio eternamente, porque Silvia Castro quiere decirnos que es posible la justicia y que el poema hoy tiene esa tarea: hacer presente lo que se intentó ocultar y desaparecer. Por eso los muertos hablan y dicen un idioma que nos permite recordar, por eso los muertos son tesoros que brillan en los arenales de Pisagua.

“subirse al ave

 

tomar del tobillo

el ahogado en su propia sangre

 

agitar la furia licuada

sin dilación

 

tomar el eco del que se fue sin delatar

 

soltar las golondrinas

de los nombres

 

llenar de biografía

lo que reste”

Con Ana Grandoso y Nito Fritz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación internacional de Pisagua

 En enero de 2018 visité Iquique y Pisagua, de regreso a Argentina escribí en un mes este libro, luego de una experiencia inolvidable en ese universo extremo. Cuando en 2019 Chile despierta y cambia su historia, tomo contacto con Roberto Bustamante Covarrubias, en una conversación azarosa pero definitiva sobre esta región, sus luchas, y su poesía. Como consecuencia de ese encuentro, esta semana ya tenemos edición chilena de Pisagua, gracias a Editorial Navaja.

El viernes13 de agosto a las 21 (hora de Argentina) se presentará desde Iquique, y se podrá seguir desde facebook live: https://www.facebook.com/editorialnavaja



Ponerle nombre a la ausencia, por Eduardo Mileo

Presentación de Pisagua (La Gran Nilson, 2019)







Por Eduardo Mileo



“Pisagua en aymará / significa tierra sin agua”; en castellano, en cambio, “pisagua” es el pie sobre mojado. Contradicciones entre la lengua del opresor y la del oprimido: el opresor ve agua y la pisa, el oprimido está seco, muerto. Pero también pisar el agua es caminar sobre ella, ser cristos en la humedad, y terminar en la cruz, en la sequía. Cruces de un cementerio real, que es también un cementerio simbólico: en la conquista se entierra la lengua del oprimido, se lo mata en el silencio; en la sociedad capitalista se entierra la ideología de la liberación, se mata en la esclavitud. El nombre torturado deviene el nombre desaparecido: NN es el nombre de la ausencia. Si, como dice un poema del libro, “toda presa aspira a la invisibilidad”, el opresor apresa para desaparecer, hacer olvido de la vida.

Pisagua es tierra yerma: “no hay nadie —dice Silvia Castro—/ todo es lejos y cerca // nadie llega tarde / todo es nadie viniendo”. El desaparecido es un innombrado, un nadie, no está, no responde al nombre, el desaparecido se nombra en el silencio porque no hay tiempo ni espacio en la muerte.

Dice Silvia: “Un campo de concentración no es un lugar // es todo lo que se puede morir estando vivo / todo lo que se puede vivir estando muerto”. Pero un campo de concentración tampoco es un no lugar, no es una utopía, o, en todo caso, es la utopía de la muerte. El invasor cree que vivir no es nunca de los otros. Vivir, entonces, se convierte en una ausencia y, como toda ausencia, se sufre. Como dice Silvia, “en Pisagua / sólo se está enterrado”; los de abajo no son sólo los muertos, sino los enterrados socialmente, los despreciados por un mundo cuyos dueños pretenden que, matando, se mueren las ideologías y los sueños. “Los caídos en la guerra / los caídos en las huelgas del salitre / los caídos en las dictaduras” —enumera un poema—; todos ellos van formando capas de cadáveres: los oprimidos, esos muertos, abonan la tierra de los latifundios, conforman la geología del capital.

Cuando sólo hay silencio en la voz, cuando no hay reflejo en los cristales, nadie puede verse en el otro, leer en un rostro dónde encontrar al hermano, “buscar —dice Silvia— al otro igual que está debajo / como a la otra media del par”.

No es fácil matar una cultura. Los desaparecidos volverán en el deseo de justicia, en la propia voluntad de no olvidarlos, de reescribir la historia, y que la poesía se lleve el plomo lejos, que opere sobre la pluma con todo su peso. 

Éste es un libro de símbolos: un reloj es el olvido, el vino es la sangre, el desierto y la sal son la sequía, los desaparecidos son las cruces de un cementerio perdido, cruces que tachan la vida presente pero señalan la pasada, acusan, son la denuncia de lo que no debe olvidarse jamás. 

Octavio Paz escribe, si no recuerdo mal en El arco y la lira, que, cuando el poeta dice “silla”, nos pone una silla delante de los ojos. Lo que evidencia la sólida materialidad del lenguaje poético es, a la vez, una operación mágica. Silvia Castro les da su voz a los desaparecidos, a los muertos por voluntad del capital, y en su voz renacen, vuelven a tener cuerpo, son nuevamente parte de nuestra vida. La poesía los pone en la memoria, y la memoria es otra forma de la resurrección.

Los hilos del tapiz, por Carlos Battilana


Presentación de Puelches 



Por Carlos Battilana




Silvia Castro, Puelches, Viedma, Universidad Nacional de Río Negro, 2018.

Hay una ruta en medio de la pampa infinita. El desierto que nos contaron los libros argentinos aparece frente a nuestros ojos como una constatación. A lo lejos surge un promontorio, como si fueran construcciones de barro y sal. Son unas cuantas casas que se alzan en el centro de la soledad, para decirnos que la vida es posible en cualquier sitio, incluso en éste.

¿Cómo será vivir en Puelches? Silvia Castro narra una anticipación, precedida por una cita de César Vallejo: “Mi madre me ajusta el cuello del abrigo no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar”. Nos cuenta que escribió los poemas sobre el pequeño pueblo pampeano antes de visitarlo. Es decir, vislumbró algo y esa imagen previa sucedió primero como acto creativo y luego se metabolizó en la experiencia fáctica.

Hecho paradójico: se escribe para que acontezca algo, se registra un afuera en términos simbólicos para que se verifique, luego, como suceso. En una breve temporada, aprovechando los días feriados de la semana santa, Castro hizo un viaje para confirmar lo que sus poemas habían previsto con “mágicas similitudes”.

Cruzar en ómnibus ese caserío pampeano puede provocar un sentimiento doble: subyugación y espanto. Por un lado, miedo a la soledad; por otro, curiosidad por cómo será la vida en ese sitio. La autora de este libro decidió descender del micro, mirar el horizonte, tomarse las cosas con calma y permanecer unos días, pero no como molesta turista sino como habitante silenciosa de sus calles, traída por el viento y la intuición.

En este libro, la autora rememora un viejo oficio, el del telegrafista, cuya tarea consiste en transmitir despachos y manejar los hilos de la comunicación a distancia. En la invocación de ese oficio anacrónico se cifra una figura: el pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Este gran poeta vivió y se enamoró en las calles arenosas de Puelches, y ocupó sus horas en el servicio de mensajes a través de espacios inconmensurables. La poesía en estado de incandescencia verbal fue posible en ese lugar. Bustriazo Ortiz, en medio de la llanura desértica, había escrito magníficos poemas a contracorriente de la sintaxis oficial y de las inflexiones de la lengua dominante. Mucho tiempo después, Silvia Castro imitará el gesto poético al reparar en los avatares de ese pueblo, pero ya no como telegrafista, sino mediante una atención que remite a un oficio ancestral: el oficio de la tejedora.

Con un discurso de ritmo soterrado, los poemas de Puelches tejen su fuerza poética en el contexto de un relato más amplio. La tejedora de tapices y prendas de vestir, construye, con elementos mínimos y versos lacónicos y precisos, la trama de los textos. La analogía no es casual. Escribir es también urdir una trama (de signos) en el espacio del poema.

El libro habla de la vida en el pueblo y registra su vida cotidiana con pequeños detalles. Elige como ámbito de enunciación y como espacio de perspectiva un local donde se reparan cubiertas y se balancean los automóviles. Parece un buen lugar para observar los movimientos leves del pueblo, y también para ver el movimiento de los autos en la carretera en dirección a la Patagonia profunda. La gomería, zamarreada por el viento pampeano, es el lugar donde las cosas de todos los días condensan su peso y su espesor: “en el mundo de la alineación y el balanceo / el peso se coloca / del lado opuesto al viento”. Cuadros descriptivos y locuciones cotidianas (“quedamos en veremos”) son la metonimia de una experiencia vital a medio camino de todo, con la que es necesario hacer algo.

Por un lado, Puelches narra los avatares del oficio de tejer y los sucesos cotidianos de los trabajadores de una gomería. Por otro lado, y mediante un universo de vocablos (aguja, tijera, tela, hilos, puntos, hilván) el libro no deja de invocar el bordado del poema. Concebido a través de un oficio que hace de la paciencia su rasgo característico, el poema para Silvia Castro acontece como hecho sucedáneo. Esos actos, basados en el detalle y lo minúsculo, construyen materialmente el texto, pero al mismo tiempo no dejan de sostener los días de los habitantes en medio del “desierto blanco”, para hacer de la trabajosa esperanza una forma del amor.


Reseña  de Puelches por Carlos Battilana publicada en el sitio Solo Tempestad.