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Proyecto Pisagua: Talleres con mujeres e infancias

Ya está disponible la publicación del Proyecto Pisagua. Cabe recordar que además de exhibir una parte de la documentación e imágenes del mismo proyecto, este libro cuenta con un contundente prólogo de Diego Zarricueta más los textos de la curadora Loreto González Barra, la escritora Silvia Castro y una necesaria reflexión para la memoria de la región a cargo de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y Detenidos Desaparecidos de Iquique y Pisagua. Todes, todas y todos apoyaron, financiaron, trabajaron y movilizaron los objetivos de este singular periplo que pone el acento en la educación de artes vivas, patrimonio y derechos humanos. Excelente gestión en terreno a cargo de Volcánica Producciones.

La mañana del 30 de noviembre de 2023 hicimos un taller con mujeres maravillosas de Pisagua: Alicia, Tamara, Deyna, Jacqueline y la gran Marcia. Por la tarde, con infancias que tenían una gran conciencia de la historia de su lugar y su país. Un gran docente, Alexis, director de la escuela. Pisagua vive, dice su comunidad. Y tienen razón




TALLERES DE ESCRITURA CREATIVA

IMPARTIDOS POR SILVIA CASTRO

 

Los talleres llevados a cabo en Pisagua durante noviembre de 2023, tuvieron lugar en dos sedes diferentes. Uno se realizó en la biblioteca de Pisagua, con mujeres de diversos perfiles y profesiones, residentes en el lugar. El otro se impartió a jóvenes de la comunidad, en la escuela secundaria de la localidad. 

En las instancias realizadas, se conversó en torno a la tensión existente entre el pasado del lugar, su carga simbólica e histórica, y su presente pleno de proyectos y potencialidades.

 A través de un juego de cartas con consignas orientativas, las y los participantes pudieron reconocer los diferentes modos de traducción de la experiencia artística a través de la escritura, y a su vez dar cuenta de sus producciones y vivencias en un trabajo colectivo. 

Tuvo lugar, asimismo, la lectura compartida del libro de poemas Pisagua, que fue presentado a continuación de los talleres, con la participación de los jóvenes y mujeres talleristas, quienes ofrecieron manjares marinos a quienes se dieron cita en el evento.

 Complemento de estas actividades fue la recorrida por la muestra del material fotográfico producido en talleres anteriores, expuesto en el sitio de la presentación, y también por las diferentes calles de la localidad.





Pisagua en revista In Situ

Una muy buena crónica de los días en Iquique, Pisagua y otras localidades que fueron sede del Festival Matute en el norte de Chile.






 

Una carta como las de antes / Reseña de Pisagua


 

por Fabián Yausaz


Terminé de Leer Pisagua y sentí casi lo mismo que cuando finalicé Pedro Páramo, Osaturas o Caballo en el salitral: una desazón pesada. Cuando leo procedo de esa manera, leo completo una vez (con Pisagua fue de corrido) y si la lectura me conmueve, la comento. La mayor parte de esos comentarios van a mi diario (por suerte o por desgracia no conozco a todos los autores que leo) y a veces, como en este caso, mando cartas.

Cuando comento un libro parto de dos vectores: la emoción que me suscitó la primera lectura y lo que llamo “centro de gravedad”. Me refiero a ese núcleo que atrae todos los textos y unifica unidades lingüísticas heterogéneas en un libro. En las dos o tres veces que releí el texto busqué y busqué infructuosamente ese centro. Ahora, mientras escribo (a menudo me pasa que descubro algo nuevo cuando escribo) y tengo el ejemplar frente a mi vista, me doy cuenta de que lo que busco está en la tapa. Esa playa-cementerio que montaste con silletas (acepción correntina de reposera) cruces, toldos y panteones, todos orientados hacia un mar desértico. Ahí la imagen, todos los poemas la llevan al extremo. Como si narraran una pesadilla o una película de terror. Una escena un poco surrealista, quizá  con ciertos guiños a Dalí.

El poemario comienza con el oxímoron de los Stones sin público. Nos hemos acostumbrado a ver a Richards y Jagger arengando multitudes. Pero los niños que saltan y que podrían corear I can´t get no satisfaction, perdieron su cuerpo. Los pescadores callan porque hasta las canciones pegadizas no tienen la posibilidad de contar. El poemario avanza a través de un territorio árido, de ese Pisagua que horada la piel hasta erigir osarios. Tenemos que esperar al último poema para un nacimiento ovíparo que, aunque problemático, permite mutar al reptil.

Nadar aguas abiertas (como correr maratones) te vuelve resistente. Tal vez por eso leí Pisagua de corrido. Tal vez  por eso agradecí que en el último poema apareciera una curva para cada caricia. Las formas de esos cuerpos que “todos perdieron aquí” son devueltas a través de una caricia. Cualquiera que haya mimado con la luz apagada sabe que las caricias inventan curvas inexistentes para la vista. Incluso hacen  el milagro de inventar curvas para cuerpos desaparecidos. Suspiré y agradecí ese mimo del final.

Los poemas parecen construirse  acumulando capas de imágenes, una paleontología que confunde estratos. No hay regla general, porque cuando en un poemario hay una regla general el lector más o menos atento se da cuenta de que el poeta repite una misma fórmula. Pero en muchos poemas hay un centro de atracción hacia lo que está enterrado. Ejemplos: el que comienza en los alambres y termina en la carne que vino a pudrirse, el que comienza en los frutos y culmina en la oruga, el que comienza en el precipicio y termina en  la implosión de la bestia, el que comienza en un llanto que desagua en un matadero, el ojo en la lejanía que culmina en la ropa de los muertos. La muerte que yace, es incubada en incubadora y parece atraer hacia sí, hacia abajo (el debajo de la tierra es duplicado con  el debajo del poema) a todas las otras imágenes. La construcción de estos poemas hace recordar a la lógica onírica surrealista. Pero no hay onirismo en Pisagua sino pesadilla. Una pesadilla demasiado vívida para ser soñada.

Quizá el libro bisagra que escribe Freud sea Más allá del principio del placer. Hasta ese momento era un burgués optimista que creía que el psicoanálisis podría transformar al ser humano en  una mejor persona. Pero,  más allá del optimismo freudiano, el ser humano hace guerras y las guerras dejan secuelas. Allí se encuentra con soldados que repiten en pesadillas una y otra y otra vez la escena traumática. El trauma de la guerra, descubre Freud, desbarata toda posibilidad de  simbolización onírica. El sueño normal desdibuja la realidad, crea un espacio onírico extraño; el  sueño traumático, en cambio, reitera la imagen  devastadora. El hermetismo aparente de Pisagua se volvió límpido para mí cuando empecé a leer en esta clave. La muerte atrae todas las imágenes y las ancla a un lugar subterráneo. Hay una voracidad zombie, un agujero negro que absorbe tiempo y espacio. Ahora le puedo poner palabras a ese vacío que vivencié mientras leía tu libro.

Qué pasa cuando no hay agua que arrastre desechos. Cuando los boteros no tienen un Leteo para cruzar los vivos al otro lado. Los muertos habitan el suelo de otros, hasta el viento trae sus cuerpos. Algo que me llamó la atención del poemario es que haya poco olor a cadáver. Está el azote del olor luego de eviscerar la montaña. Y yo no encontré mucho más en ese sentido. Da la impresión  de que en Pisagua las imágenes son visuales, en definitiva (según mi lectura) su centro de gravedad es una foto.

También pienso que la pudrición tiene que ver con la humedad. Recuerdo esos cuerpos momificados de Nazca que se conservaron gracias a la sequedad y el salitre del ambiente. En Pisagua parece suceder lo mismo. En la segunda parte se descubre un ecosistema marino sin agua. Una suerte de fósiles a cielo abierto, la paleontología confunde los estratos y lo que queda a la vista, desperdigado por los poemas son cardúmenes, vísceras de pulpos, estrellas de mar destrozadas. Momias, charque, cuerpos desecados, osario. Los tesoros arqueológicos se encuentran en  zonas que fueron  océanos evaporados. Ahí se construye la Pisagua lírica de este libro.

El ritmo de Pisagua no me permitió bajarme de la lectura. La continué con una fascinación, no diría que morbosa, creo que casi ritual. Me sentía parte de un oficio, el respeto me imponía la necesidad de permanecer. Tus versos parecen cortados con precisión quirúrgica. Casi no encabalgás y la frase (lo que Octavio Paz llama frase poética) coincide con la sintáctica. Como si abordar el tema de los muertos subterráneos requiriera la precisión de un bisturí. Si hacia el final aparece la pretensión que excede el renglón es mitigada por una mirada devuelta al ojo plano. Pienso ahora que el corte de verso quizá tenga que ver con tu ojo y tu dedo de fotógrafa. Como si cada verso fuera un fotograma que leído a gran velocidad configurara una imagen. El corte de verso de Pisagua parece presuponer que para tratar con los muertos hay que utilizar un instrumental aséptico. Admiro tu pulso para cortar versos de esa manera.

Otra forma para mantener una perspectiva lírica de los muertos es, me parece, que el yo no aparezca. Los poemas son casi una crónica distante de un campo de concentración. No por las imágenes, sino por la distancia que te tomás para enfocar. Ese tono, por momentos, me hizo acordar a Matar a Platón de Chantal Maillard.

Si bien la dedicatoria, los cuerpos en la playa y otras imágenes remiten al contexto histórico, no sentí que el poemario fuera otro homenaje a los desaparecidos. O al menos no solo eso. Creo que Pisagua excede al terrorismo de estado e instala un territorio yermo en el que convivimos con muertos quitados hasta de la memoria. Un espacio en el que la aridez ha erosionado incluso nuestro recuerdo. Hay que poder escribir un libro así. Este tipo de escritura se sostiene con el cuerpo. No del yo lírico sino de la persona que la escribe. Un cuerpo de mujer sosteniendo la escritura de un territorio devastado. Respeto muchísimo eso.

 


Fabián Yausaz nació en Buenos Aires en 1969. Reside en Laguna Soto, Corrientes. Docente, poeta y narrador. Tiene inédita una trilogía de novelas. En narrativa publicó: Verga y tijera (premio Pocha Semper Ediciones D, 2012); Brasil decime qué se siente, 2017 (Premio Provincial de Literatura). En poesía: Laguna Soto (2015). Para que la ternura (2019).

Presentación de Pisagua en Viedma / Rio Negro

 



PISAGUA: UNA EXPERIENCIA





 Por Nito Fritz

Para abordar Pisagua, voy a partir de lo que la propia autora dijo sobre cómo se produjo la escritura del libro, y voy a empezar con una cita de Juan Rulfo, de Pedro Páramo que Silvia utilizó para explicarlo: “comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras casi vacías de ruido…”

También cuenta Silvia que Pisagua empezó como simples notas de viaje, una escritura compuesta por fragmentos, como al dictado, escuchando sin saber muy bien el significado de algunos de esos dictados que por momentos se volvían insistentes, arbitrarios, que aparecían de la nada, pero que se instalaban desde su propio silencio para nombrar.

Para mí como lector, Pisagua ancla también en la Comala de Pedro Páramo, porque Pisagua aunque real, es como esa Comala imaginaria: un lugar donde las voces hablan, muchas voces hablan, para contar sus miedos, sus deseos, las historias de vidas que ya no están.

Y también pensé en ese maravilloso libro de poesía de Eliot: La tierra baldía, hecho de fragmentos, de voces que se yuxtaponen, donde el lenguaje se disloca, se vuelve impersonal, habla a través de personajes, lo que provoca la extinción de la personalidad.

Esas voces en Pisagua van formando capas al igual que los poemas, como lo formaban los cuerpos de los torturados y desaparecidos que fueron derivados allí por la dictadura militar chilena. Porque Pisagua hasta 1930 con el auge del salitre fue un puerto importante para el embarque y exportación de nitrato y con el fin de la industria del salitre, prisión para los diversos gobiernos y durante la última dictadura militar uno de los principales campos de detención y ejecución para más de 2500 personas. Escribe Silvia Castro:

“Un campo de concentración nos un lugar.

Es todo lo que se puede morir estando vivo

Todo lo que se puede vivir estando muerto”.

 

También está en Pisagua, la idea de que la tradición no es solamente una herencia, se la conquista. La tradición implica entonces un sentido de la historia.

¿Quiénes dictaron entonces a Silvia los poemas del libro? ¿quiénes las fotografías que tomó? Dictan las voces de los desaparecidos. El libro tomó así forma, lentamente:

 

 

“un ta te ti

 

de cruces

sin círculos

 

todos perdieron

el cuerpo

aquí.”

 

Porque la sensación preponderante que provoca el libro es el de estar inmerso en destellos, fragmentos donde los cuerpos y las voces dicen. Porque en un momento nos damos cuenta que Pisagua más que un libro de poemas ES UNA EXPERIENCIA.

Hay una línea de Hörderling que tal ayude a entender esto que digo:

“¿Hay una medida

Sobre la tierra?”

Como lectores de Pisagua podemos preguntarnos: ¿hay una medida para la brutalidad, la barbarie, el autoritarismo? Y la respuesta es, no.

Porque lo que gobierna en Pisagua es la muerte. Escribe Silvia:

 

“los muertos habitan el lado subterráneo

de los dueños

 

la tierra es de otros

 

en Pisagua

sólo se está enterrado.”

 

La muerte es entonces una maquinaria que no se detiene, sigue creciendo.

 


 Ese lenguaje dislocado, desenfocado, como el de una cámara fotográfica que busca su objetivo y no lo alcanza o lo alcanza de manera borrosa, sirve para que aparezca la devastación de la muerte, para nombrar la existencia, para decir que algo ocurrió por única vez pero que se repite existencialmente hasta el infinito, para llegar así al presente, a nuestro presente.

 

Roland Barthes decía sobre la fotografía: “Una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente, está enteramente lastrada por la contingencia…” cuando mostramos a alguien una fotografía le decimos: mirá esto, este es fulano, aquel mengano, este es mi hermano, aquel es mi hijo.

El libro de Silvia provoca eso en el lector, lo obliga a reconocer y a reconocerse en cada línea escrita. Escribe Castro:

“bautizar cada larva nieta y bisnieta

incluso

cada nombre picoteado por el chimango

cada nombre devorado

por el pastizal”

 

Esto hace el poema, ante la devastación y el horror: bautizar cada cosa que el ojo ve, que el cuerpo siente; darle nombre nuevamente, para que no quede en silencio eternamente, porque Silvia Castro quiere decirnos que es posible la justicia y que el poema hoy tiene esa tarea: hacer presente lo que se intentó ocultar y desaparecer. Por eso los muertos hablan y dicen un idioma que nos permite recordar, por eso los muertos son tesoros que brillan en los arenales de Pisagua.

“subirse al ave

 

tomar del tobillo

el ahogado en su propia sangre

 

agitar la furia licuada

sin dilación

 

tomar el eco del que se fue sin delatar

 

soltar las golondrinas

de los nombres

 

llenar de biografía

lo que reste”

Con Ana Grandoso y Nito Fritz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pisagua en la revista La Raza Cómica

 


Fue el verano de 2018, que la poeta Silvia Castro decidió pasar sus vacaciones en la ciudad de Iquique, viajando desde Buenos Aires, donde reside. Una de sus rutas elegidas para (re)conocer la región fue el poblado de Pisagua, distante a más de dos horas por tierra desde la capital de la región de Tarapacá. Ahí encontró de golpe lo que había oído sobre la caleta de pescadores: el mar es una cama elástica, una especie de cierre perimetral natural contra la costa, un lugar estratégico, un pukará desde donde pocas y pocos salieron con vida en distintos períodos políticos macabros en Chile.  O como escribe en el libro:

 

un campo de concentración no es un lugar

es todo lo que se puede morir estando vivo

todo lo que se puede vivir estando muerto

 

 

Silvia Castro (Río Negro, Argentina) también es fotógrafa, por eso registra su visita tomando notas e instantáneas. Una vez de vuelta en Buenos Aires, tardó un mes en terminar su libro “PISAGUA”, que publicó el 2019 en su país (La Gran Nilson), y que hace unas semanas tiene su edición chilena gracias a la tarapaqueña Editorial Navaja.  

  

¿Relacionas tu trabajo fotográfico con tu poesía? ¿Cómo se retroalimentan?

 

Jackson Pollock solía afirmar que en arte “no se trata de ilustrar o representar cosas, sino de expresarlas”, y en cada artista, cada fenómeno reclama su lenguaje. Mi experiencia poética recurre alternativamente al soporte visual y al lingüístico, de acuerdo con la demanda del acontecimiento. Por lo general inicia de un modo fragmentario, que no atiende tanto al continuo como a la irrupción. Parte de la urgencia ante la fugacidad: retener la mayor cantidad de información genuina para luego trabajar en su expresión. La fotografía es útil como registro cronológico y expresivo a un mismo tiempo. Sumando la toma de notas, voy construyendo un corpus previo que a posteriori se traduce en obra: puede ser un libro de poemas, un libro de fotografía, una muestra…

 

FURIA REPRESIVA

             

Este poemario está construido por un dialogo interno, un convencimiento que concluye debido a que se rodea de hechos, y destila naturaleza, que en algo reconstruye, cura heridas, pero que no se vuelve olvido. Tampoco insiste en retrotraer: las pistas continúan en la escena del crimen.

 

para cazar

agazapar el ojo en la lejanía

el animal no debe detenerse

 

toda presa aspira a la invisibilidad

responde a cada fuego su pregunta caprichosa

todo preso aspira a la invisibilidad

 

en el paredón no hay presas ni presos

no hay cacería en la matanza

 

la ropa de los muertos se cuelga sin agua

sin sudor

 

 

 

¿Cómo fue encontrarte con el poblado de Pisagua y su historia?

 

Fui desde Iquique, por la ruta que remonta el cerro y pasa por Alto Hospicio, con una escala en la oficina salitrera Humberstone. A medida que fui acercándome a Pisagua, el camino se volvió más difícil, con desmoronamientos en el tramo en el que comienza a verse el Pacífico y se desciende por curvas y contracurvas hasta el poblado. Saqué muchas fotos desde la ventanilla del auto, sin detener la marcha, para no invadir el lugar y lo que pudiera expresar.

 

 

Era el Año Nuevo de 2018. Al llegar, lo primero que vi fue una fiesta: dos familias celebrando, globos, guirnaldas, niños y niñas en una pileta de lona o saltando en una cama elástica. Dejando ese universo festivo atrás, el paisaje cambió rotundamente: Pisagua, una caleta de agua turquesa rodeada por cerros altísimos, pendientes lisas y centenares de kilómetros de desierto, es una cárcel natural. Se despliegan tumbas de madera torneada a lo largo de sus playas, que desde lejos parecen alguna clase de tipografía misteriosa sobre la arena, y desde cerca, cunas de bebés.

 

La Torre Reloj de Pisagua, construida en honor a los muertos de la Guerra del Pacífico, aloja sus restos en un osario a sus pies. Son el primer estrato. Luego se sumarían dos más, a lo largo del siglo XX. Colonia penal desde 1910, fue lugar de concentración de militantes perseguidos por la Ley de Defensa de la Democracia o Ley Maldita. La cárcel de Pisagua y barracas cercanas, ahora sin techo, fueron escenario de la furia represiva de la dictadura militar de Pinochet.

 

Actualmente sólo quedan en las barracas algunos murales, grafitis, una lengua de mar que entra y sale, y bandadas de jotes y cóndores que secan sus alas al sol. Uno de ellos se me quedó mirando un rato largo, hasta que por fin desplegó sus alas confiado, mientras le sacaba fotos. Ese momento singular e intenso fue decisivo en la génesis de mi libro.

  

¿Cómo surge plasmar poéticamente Pisagua?

 

Todo comenzó con un puñado de notas de viaje en mi celular que fueron transformándose en poemas, en diez días de frenesí poético. Pisagua fue escrito escuchando, traduciendo el sentido de algunos dictados (muchos en modo imperativo), algunos elementos arbitrarios que aparecían sin que pudiera reconocerse su origen: como el vino, por ejemplo. ¿Quién podría pensar en vino en un sitio tan infértil? Varios poemas remiten a la vendimia, al racimo, a la botella estibada, a la bodega. Una posible clave sucedió a posteriori (ya en los días de consultar algunas fuentes para desentrañar estas voces), al enterarme de una forma de tortura creada en este campo de concentración. Se llamaba “la alfombra roja”, y consistía en acostar a los presos boca abajo, uno junto al otro, para que una compañía de soldados corriera sobre ellos.

 

En los poemas las voces de opresores y oprimidos se yuxtaponen, por momentos se introduce un tono más cercano a la crónica, y buena parte de lo escrito parece surgir de la premura con la que se registra lo soñado.

 

¿Cómo ves el estado actual de la poesía argentina? ¿Qué autores/as llaman tu atención?

 

Nombro algunos y algunas poetas que llaman mi atención, por distintos motivos: Liliana Ancalao, poeta mapuche que vive en Comodoro Rivadavia, Patagonia Argentina, cuya poética puede leerse también en mapudungun. Franco Rivero, poeta correntino, construye una poesía en el filo del lenguaje, entre el español y el guaraní. Leer a Laura García del Castaño, poeta cordobesa, es adentrarse en un paisaje onírico y de fascinante oscuridad, en donde el lenguaje explora los límites de un mundo perturbador. Luis Tedesco nació en Buenos Aires y construyó su notable obra poética rondando el hablar mestizo y la gauchesca, con una gran apuesta experimental.

 

La poesía argentina se distingue por su variedad. Hubo una fuerte promoción de la generación de los años ‘90 en su momento, y hoy algunos poetas siguen los preceptos de aquella década, otros se ubican en las antípodas, vuelven a las formas fijas o reivindican otra idea de la lírica. Otros sencillamente optan por ignorar el campo y escribir al margen de su influencia, lo cual da lugar a una riqueza alejada de todo mandato. Una revisión de la poesía argentina debería atender a tres variables que juegan un rol importante en el campo literario: la variable de clase, la territorial y la étnica. La crítica suele pasar por alto o lisa y llanamente desconoce la robusta y bellísima producción de poetas que no viven en los grandes centros urbanos, no son descendientes de europeos y no gozan de la seguridad económica de la pertenencia a la clase media. Argentina siempre hizo una diferencia con su educación pública en la calidad de vida cultural de su pueblo, pero a partir de la instalación de políticas neoliberales en nuestro país, el acceso a los bienes culturales fue haciéndose más y más difícil. Simultáneamente, hubo un salto cuantitativo en la producción y edición independiente, fuera de las grandes casas editoras, generándose un fenómeno de autores-editores: no autoedición, sino poetas y colectivos de autores que abordaron la edición como práctica artística.

 


Pisagua. Edición chilena

 Fanny Campos Espinoza


En el desértico norte chileno conviven muchos muertos que han dejado diversas violencias estatales y políticas, la Guerra del Salitre, las represiones de las huelgas de los trabajadores de la minería, y los campos de concentración en  Pisagua para apresar a comunistas perseguidos por la ley maldita de González Videla en los años ’40, y en los 70’ s, en el cruel marco de la Dictadura cívico-militar liderada por Augusto Pinochet, donde fueron torturados partidarios del presidente Salvador Allende.

Desde que se descubrieron fosas comunes en Pisagua en los años ’90, éste pasó a ser uno de los lugares más emblemáticos de las violaciones de los DDHH en Chile y el mundo. A este “no lugar” que en aymara significa “tierra sin agua”, ha dedicado estos versos la autora Silvia Castro.

En 53 poemas, de una sutileza exquisita, Castro boceta los horrores vividos por quienes perdieron el cuerpo en Pisagua, ese no lugar que es “todo lo que se puede morir estando vivo / todo lo que se puede vivir estando muerto”, en el cual traicionar a los compañeros y “vivir no está en los planes de nadie”.

Silvia toma los ecos de todas aquellas valientes personas que se fueron sin delatar, en esta suerte de “palimpsesto solidario” de almas: “los caídos en la guerra / los caídos en las huelgas del Salitre / los caídos en las dictaduras”, invitándonos a aguzar el oído de la memoria colectiva, en un viaje por este desierto que vale la pena atravesar, caminando lentamente en este libro, de una belleza y profundidad conmovedora. (texto de contratapa)

 



Presentación internacional de Pisagua

 En enero de 2018 visité Iquique y Pisagua, de regreso a Argentina escribí en un mes este libro, luego de una experiencia inolvidable en ese universo extremo. Cuando en 2019 Chile despierta y cambia su historia, tomo contacto con Roberto Bustamante Covarrubias, en una conversación azarosa pero definitiva sobre esta región, sus luchas, y su poesía. Como consecuencia de ese encuentro, esta semana ya tenemos edición chilena de Pisagua, gracias a Editorial Navaja.

El viernes13 de agosto a las 21 (hora de Argentina) se presentará desde Iquique, y se podrá seguir desde facebook live: https://www.facebook.com/editorialnavaja



Reseña poética de Pisagua




Por Santiago Alassia 



Después de leer Pisagua es esto lo que flota:


yo fui una vez un turista mareado 

que llegaba a un museo perdido junto al mar 


veía pedazos de chatarra cunitas viejas 

una lata inocente 

cosas que apenas de refilón dejaban entrar algo de luz 

en el sótano de sus nombres como fantasmas 

imposibles de olvidar 


había un sol que agarraba permanente 

quemaba el poco trazo de imágenes que no

terminaban de llegar 

se quedaban quietitas en el borde 

como cáscara 

carozo triturado 

granos de arena pura 


allá la nitidez no puede ser 


hay cosas tan rotundas en su ofrecerse al ojo 

que se nublan solas se velan a sí mismas 


yo llegué y quise ver pero nada 

consentía en reflejarse 


sin embargo he presentido una serie de cosas irrespirables 


fui a chocar de frente contra el paredón de una escritura seca 


cómo me he cortado los dedos con esquirlas 

de un vidrio general con el que nunca supe cómo 

estaba ya cortado todo adentro 


y así siempre cada vez que fui a leer 

a través de algo que siempre estaba roto 


qué puedo tener de esa tierra la más árida del mundo 


si yo pudiera ver limpio en un segundo 

sé muy bien me quedaría parado muerto 


y puede alguien decir que nunca estuvo?

adentro de una historia pesada una casa insostenible?

alguien que quizás 

ahora no recuerde? 


pero las cosas que no se pueden respirar 

vuelven como un mar nunca escuchado 


cómo es leer un pedazo de caliche?

te pasarías la vida buscando una ranura 

un caminito de aire 

un ojo con el que respirar 


volver a ver volver a abrirse 

paso con el ojo 

entre filosas paredes que todo lo rodean 


quién puede acá sentarse y oír música?





Un golem silencioso



te/estuve/yo/quemándome/en/tu/agua

Juan Carlos Bustriazo Ortiz

 

Las destrucciones de libros, operaciones de censura y persecución son fenómenos que existen desde que la humanidad escribe y registra esa escritura. En nuestro país podemos recordar innumerables casos de destrucción, biblioclastía y memoricidio, entre los cuales sobresalen: el sucedido el 29 de abril de 1976 en La Calera, Córdoba, donde se quemaron miles de ejemplares de libros y revistas considerados marxistas; el caso de EUDEBA, en el que el 27 de febrero de 1977 camiones militares montaron un operativo para retirar del depósito de esa editorial alrededor de 80.000 libros que fueron incinerados; el conocido caso del Centro Editor de América Latina, en el que más de medio millón de libros y fascículos fueron quemados en un baldío de Sarandí un 26 de junio de 1980 y el caso de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil de Rosario, de la cual se calcula que desaparecieron setenta mil volúmenes. Las estrategias de preservación de los libros por parte de particulares fueron muchas y diversas, de acuerdo a las posibilidades. Los libros y materiales peligrosos fueron ocultados en lugares inaccesibles, sótanos, taparrollos, o enterrados en patios. En esta nota quiero compartir la experiencia familiar de entierros y exhumaciones.

En 1976 estaba en segundo grado de primaria y recuerdo que mi maestra pidió que nos compraran Aire Libre, de María Elena Walsh que, si bien no estaba explícitamente prohibido, era considerado sospechoso por los posicionamientos de su autora con respecto a la dictadura militar. Con mi hermano leíamos relatos de Jacques Prevert, de sus Cuentos para chicos traviesos, y sabíamos que eran incómodos de leer para mucha gente. Yo tenía siete años, pero ya estaba bastante clara para mí la idea del peligro de la palabra: no se podía decir, cantar, escribir, sin antes pensar qué, con quién, dónde. No se podía cantar El cautivo de Til Til en la panadería, no se podía decir en clase que no creías en Dios, no se podía contar que mamá quemó junto a la ligustrina y los crisantemos esas revistas con estrellas rojas. Faltaba poco para que mi tío Hugo, militante del Peronismo de Base, tuviera que irse a vivir a España porque corría peligro.


Los recuerdos son fragmentarios y se transforman por el hecho de estar quietos y lejanos en el tiempo. El pasado se vuelve ficcional con mucha facilidad, en especial cuando se trata de un pasado violentado. Cuando mi amigo Miguel Martínez Naón me pidió escribir esta nota sobre el enterramiento de libros en mi casa, desconfié de mis recuerdos y salí en búsqueda de la memoria familiar. Mandé mensajes por whatsapp a mis padres, hermanos y a mi tío exiliado, el dueño de los libros enterrados. Las respuestas fueron sorprendentes:

Mi tío Hugo, desde Barcelona, recuerda: Hubo un par de entierros y ningún muerto -ahí el comienzo, casi borgiano, casi rulfiano de un cuento-. Los dos primeros entierros los hicimos la Lucía y yo, en una lata gris de boca muy ancha en otra de aceite de 5 lt. de YPF. Los libros estaban envueltos en un plástico bastante grueso. Eso sucedió una semana antes de que yo partiera hacia La Plata con el flaco Alberto.” (…)  “El otro entierro tiene un poco más de detalle. El flaco insistió en que nos lleváramos algunos libros (…) Partimos el 2 o 3 de marzo. El golpe nos pilla en Tandil. Inmediatamente conseguimos una caja, pusimos los libros que nos habíamos llevado y los mandamos a nombre de la Lucía con instrucciones precisas de lo que tenía que hacer.”

Con respecto al último enterramiento, mi mamá, desde Sierra de la Ventana, suma otros detalles: “Recuerdo que fue el día de la Madre de 1976. A las 4 de la tarde cargué a Hugo en el asiento de atrás del 404 y fuimos al estudio del escribano. Después volvimos a mi casa, ustedes habían quedado con Héctor y mi madre en casa de Isabel. Mientras él cavaba los pozos yo le cebaba mate. A los dos nos envolvía el humo que salía de otro pozo donde habíamos puesto a quemar revistas y una buena cantidad de periódicos del ERP. Ese material había estado en la fosa del garaje (…) Nunca vi a mi madre cargar tanto peso como aquel atardecer. A partir de aquel día tu padre y yo vivimos con miedo, (…) en aquel tiempo todo el mundo era sospechoso. Fue un alivio enterrarlos, fue una pena que la humedad se llevara muchos de ellos... Cuando Raúl empezó a cavar yo creí estar viendo una película en reversa...”

Raúl es mi hermano mayor, militante de izquierda en Fiske Menuco, Río Negro, y se refiere así al momento en el que decide a cavar y buscar los libros: “Creo que fue el 85 u 86. Varios meses antes comenzamos a charlar la posibilidad de desenterrarlos. Sólo una vez puestos afuera iba a entender mejor por qué se demoraba tanto eso. Parecía una búsqueda del tesoro con mapas mojados. No apareció nada el primer día. (…) Mamá me trataba de explicar que ese no era el lugar, pero no estaba ella tan convencida. Es que el tema de desenterrar los libros fue siempre una especie de mito y tabú familiar. Los libros en el fondo del patio eran problema de seguridad para los viejos. Yo lo interpreté igual. Creo que por eso no los desenterramos el 10 de diciembre del `83, ni durante el `84. La dictadura fue vivida en silencio y con un miedo estructural. Éramos niños, pero sabíamos que era lo que podía pasarnos. Al mismo tiempo eran un resguardo de lo que se había perdido. Desenterrarlo significó sacar lo poquito que quedaba material de Hugo y tomar cuenta que eso no lo traía de vuelta. Sabía en el fondo que nada me devolvería lo que el exilio se llevó. (…) Desenterrarlos fue sepultar la dictadura y pararse de otra manera ante ella. Al mismo tiempo significó un entierro de las ilusiones infantiles de volver a vivir con Hugo. Fue ponerle una forma acabada a una pérdida irreparable y sólo parchada un poco con el Arnau, nuestro primo catalán. El destierro es un tipo de muerte. Pude unos años después comprender la lucha de clases desde otra perspectiva, la mía, pero con el motor de Hugo cuando vivía con nosotros y nos contaba con Alberto Penedo su versión clasista de la Caperucita roja, que resultó mi curso inicial del primer capítulo del Capital de Carlos Marx.”

Mi hermana Analía nació en octubre de 1977 y sólo fue testigo de la segunda parte de esta historia. También desde Fiske Menuco me escribe: “Escuchar lo de los libros era para mí un misterio familiar. Sabía que de eso no se tenía que hablar mucho afuera, aunque nadie me lo hubiera dicho nunca. (…) Tengo vagas imágenes de papá con la pala también, no sólo Raúl. Sí me acuerdo del ruido de la pala contra la tapa de la lata cuando encontraron la primera, (…) eran latas de pintura, de las grandes, las tapas tenían unas orejitas todo alrededor que quedaban para arriba al abrirlas. Lo que me acuerdo mucho era del olor a humedad que inundó la pieza de costura de la abuela por años y años después de esa tarde. El olor de esos libros fue tan penetrante y tenía una presencia tan fuerte que parecía que se habían mudado a la casa de la abuela. Cómo que vivían ahí, como que estaban en un lugar que parecían haber reclamado y esperado por mucho tiempo. Muchas tardes recorrí sus lomos mientras la abuela dormía la siesta y nunca dejé de preguntarme qué tenían de tremendo para tener que enterrarlos. Esos libros le empezaron a poner un cuerpo al gran mito que era el tío Hugo para mí. Yo nunca lo había visto, no había visto cosas suyas, no lo había tocado nunca. Y tocar esos libros era como poner la mano en un lugar donde en algún momento había estado la de él, y creo que eso lo empezó a hacer real, le empezó a dar corporeidad a un fantasma. Menos mal que después lo pude abrazar de verdad y su olor y su perfume reemplazaron al olor humedad que siempre había sido mi tío.”

El olor a humedad es una rareza en la meseta patagónica. Nunca llueve. El viento levanta la tierra seca, la transporta y la transforma en un polvo fino que todo lo cubre. Cuando me fui en los noventa, me traje a Buenos Aires muchos de los libros que desenterró mi familia. Unos cuantos son de poesía. El más inolvidable es una primera edición de las Elegías de la piedra que canta, de Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Recuerdo que cuando lo rescaté de la lata en la que estuvo tantos años bajo tierra, lo abrí y leí: te / estuve / yo / quemándome / en / tu / agua; así, una palabra por verso, centrado en la página. En ese tiempo hacía mis primeros intentos con la escritura, era una adolescente, y ese decir voluptuoso y fantasmal del poeta pampeano fue arrollador. Pasaba las páginas y seguía leyendo: Tan huesolita que te ibas / tan envidiada de qué sombras / la tierra ardía huesolita (…)  Creo que esa lectura fue inaugural porque pude entender la poesía de otro modo. No sólo porque esas palabras sobrevivieron al horror y al entierro, sino porque esas escrituras tenían la contundencia que sólo dan los grandes poetas. Pensé: lo que escriba tiene que acercarse a esto, tiene que resistir la intemperie y reunir en una voz todas las voces, todas las miradas, la memoria y el olvido.

Dice Giorgio Agamben que aquello que lo perdido exige no es ser recordado o complacido, sino permanecer en nosotros en tanto que olvidado, en tanto que perdido, y únicamente por esto, inolvidable. Y que ese caos informe de lo olvidado nos acompaña como un golem silencioso.


Con ese golem viajé a Puelches, un pueblo pampeano en el que Bustriazo fue telegrafista, y en el que encontró su amor, la Rosa Puelche. El libro que publiqué luego de ese viaje cierra el ciclo de enterramientos y exhumaciones. Está dedicado a mi abuela Lucía, son textos de duelo. Sus ojos murieron antes que ella, no los podía cerrar, y tampoco podía ver. Ella se tocaba con las dos manos el rostro, la cabeza, los hombros, la cadera, las piernas, buscando su límite:

 

Me estoy tocando/digo al aire/me estoy tocando/ a ver si estoy/

Todavía no es la muerte/pero escucho/los golpes que pega en la ropa

 

Así comienza Puelches, y así terminaría para mí este largo camino de libros, si es que estas cosas tienen un final. Creo que no. Al año siguiente viajé a Pisagua. Otro de los discos que se escuchaban bajito en mi casa era la Cantata de Santa María de Iquique. Narra la matanza de los obreros pampinos que protagonizaron huelgas contra la patronal salitrera en el norte chileno. Pisagua es un sitio de memoria. Una caleta de pescadores en medio del desierto. En Pisagua sucedieron tres ciclos de enterramiento: los muertos de la Guerra del Pacífico, los muertos de las huelgas del salitre, y los muertos de la dictadura de Pinochet. En los tres procesos el elemento común es la indiferenciación. No hay quién. La identificación y hallazgo de quienes fueron enterrados en Chile es lenta y difícil. Es un territorio que pide amor y lucha. Pide poesía. Al arribar no se puede no escribir, al irse uno no puede más que denunciar, hacer saber, exhumar. En Pisagua tampoco llueve nunca. Dediqué mi libro a mis sobrevivientes queridos, a mi tío exiliado. Termino esta nota con un poema de Pisagua, que de algún modo intenta tocarnos, a ver si estamos, buscando un límite:

 

los caídos en la guerra / los caídos en las huelgas del salitre / los caídos en las dictaduras

 

la paleontología confunde los estratos / de un palimpsesto solidario /

 

el saco cae en cuerpo roto / poroso / compañero