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Tres lecturas de Diario de Puelches

 por Hugo García Saritzu*


Los días. El Diario. El Texto. Se puede decir que entre los días sucesivos y un Diario casi siempre media un texto, casi siempre narrativo. Un pacto entre lo verosímil y lo verídico. Un pacto entre la ficción y aquello que refiere contingencias cotidianas o accidentales. Y casi siempre tres ejes: relato de la memoria, registro fidedigno del coloquio y un narrador en primera del presente (o pretérito perfecto) Casi siempre.

Diario de Puelches es una crónica y una memoria a la que se le añade un poemario (dedicado íntegramente a Bustriazo) y doce fotografías. Y todo ello organizado en la estructura narrativa de un Diario.

 


Primera Lectura

Puelches. El Tendal. Diario de Puelches. El Tendal en el poemario Puelches tenía una centralidad casi ideológica (ideología como sistema de ideas) y 37 poemas “colgaban” entre un sal de la casa /me dice y el título de la sección final Sal de la casa, entre verbo y sustantivo. Algo similar sucede con Diario de Puelches: 10 fragmentos temporales (y seis fotografías) “cuelgan” entre dos pautas nocturnas: 1) llegada a Puelches ( El Vía Bariloche frena y bajo. Todavía es noche cerrada) 2) y la partida ( Se viene una noche larga de frío e incertidumbre). La luz es tan débil al comienzo ( el coche –un Polo- de Juanita) como al final (El final del viaje esta signado por la linterna). La luz y su persecución fotográfica será una de las constantes en toda la narración.

El Tendal. Juego de oposiciones. El Tendal se tensa, se afloja y vuelve a tensar por un juego de oposiciones que intervienen toda la estructura del texto.

primera:  Lo Sagrado y lo Profano. Lo Sagrado funciona en dos planos: una parte temporal; tres días de Semana Santa y otra parte accidental: la centralidad religiosa del personaje de Juana, la dueña del hotel -ex monja salesiana, ex maestra, catequista, profundamente católica- y sus personajes satélites: Nora y los misioneros. Unos personajes que alternan lo naif (Nora en el Via Crucis, los misioneros y Don Bosco revelado )  y lo “mundano” (Nora y su ideal masculino, los misioneros y la cámara de Silvia). Lo Profano. Dos planos concretos, uno inmediato. La comida de vigilia en Viernes Santo. Restaurante Siga la Vaca. Patricia, la dueña, comenta y justifica su pírrica oferta de comida de vigilia (porque el año pasado me la comí toda yo). El triunfo de la carne. El apunte para sí de Silvia, mientras se zampa una costeleta con papas fritas: “(… para mí ya es el fin de la vigilia, hace un mes que no como carne) remata el tema y adelanta el otro plano: La distancia irónica. Aparece a lo largo del texto e interviene, sobre todo, en el coloquio de Silvia con Juana. Sin embargo suele aparecer ligada a lo estrictamente religioso, por ejemplo en la lectura que hace Silvia, en ausencia de Juana, del texto del padre Angel Boudo y la mula empacada, aunque todo palidece ante el Vía Crucis. ¿Se podría decir que el Vía Crucis de Puelches  parece una escena escapada de una película de Buñuel, Fellini o Berlanga? Se podría decir y no errar. Las estaciones pintadas a lápiz y pegadas en postes de la luz, el relato de cada estación en fotocopias, una procesión de no más de diez personas, incluidos los misioneros, Juana que traslada en el Polo a su amiga Nora, Silvia y La Verónica. Silvia y la lectura en voz alta de una fotocopia y sus acotaciones “en voz baja”: (…) (continuo) sacando fotos y pensando en esa experiencia religiosa (…) y nunca nadie me va a preguntar por mi silencio en los rituales). Esta distancia irónica que le quita tensión al Tendal vuelve, de un modo más sutil, al final del texto: el día de Pascua de Resurrección Silvia y Juana visitan el Cementerio de Puelches. Inventario de tumbas, muertos y cruces durante la celebración de la resurrección de la carne.

segunda:  Coloquio y Observación. UNO. La oralidad. El registro de lo coloquial, de la oralidad inmediata, en pos de lo fidedigno suele hacer de un Diario la víctima propiciatoria del beharovismo, es decir, no mover la narración ni ápice de la “realidad objetiva” (Hemingway, Dos Pasos…) Ese riesgo se evita en Diario de Puelches: el afán objetivista es subsidiario de los personajes y no interviene en su configuración.

Juana. Juana es “Residencial Juanita”, es Polirubro Juanita, es la orgullosa constructora de cruces, es el Polo rojo, es la católica esencial y trentina de Puelches, es quién pinta Rosa Puelche y recita a Bustriazo. Y siempre acotado  con un: ¡Qué se yo! o ¡la pucha!  El elemento común a todos estos rasgos es su arrolladora oralidad dialógica, que, aunque centralizada en Silvia, desliza alguna variable como la escena del tambo de cabras o la autoreferencia o la tozudez  (documental sobre la pesca de truchas Steelhead)

DOS: La Observación. El Diario de Puelches. El punto de vista, el yo narrativo y el monólogo que interioriza la observación.. Dos escenas. 1ª La Ferretería. Silvia y las fotocopias de libros de Puelches. La fotocopiadora en la trastienda de una ferretería. El espacio de la ferretería podría iniciar un cuento de Rozenmacher. Tres mujeres buscan hilos en un mostrador–heladera apagado. Silvia las observa mientras espera. Ellas le buscan palabra y diálogo: cambian los hilos por la curiosidad. El yo narrativo las interioriza convertidas en Las Tres Gracias.  Un hombre, Alberto –el andar recuerda a Bustriazo y por los mismos motivos-, provoca la diáspora de las tres mujeres. Él y Patricia Caringella –la hechicera-, una de las Tres Gracias, llevarán el hilo y el nexo a la escena 2ª Restaurante Siga la Vaca. Restaurante de carretera que regenta Patricia Caringella, enérgica de palabra –casi una doble de Juana-, en cuanto entra Silvia recupera el hilo del diálogo iniciado en la ferretería, sin embargo sabrá especular así que vaya percibiendo las respuestas. El yo narrativo abre el angular y entra Alberto que viene de la ferretería. Un ex alcohólico, habla solo,-mastica las palabras- y canta lindo mientras espera la comida. La foto de Alberto “el rescatado”: Todos están en plan de rescate con este viejo. Cuando va apareciendo, como el gato de Alicia, se quejan, pero una vez dentro, lo suman a la rueda.  En el restaurante hay otro Alberto: un camionero demorado -“clavado”- en Puelches. Más allá de Siga la Vaca solo hay pampa seca y atardeceres

La Cocina. Noche de Viernes Santo. La cocina de Juana. Silvia y Juana. El yo narrativo pauta la confluencia –no será la única vez- entre Oralidad y Observación, entre el ímpetu dialógico y la distancia interior del monólogo. La cocina suele ponerlo todo más fácil, y es así como coinciden unas truchas de guiso apresurado y una pregunta de Silvia sobre Bustriazo. La respuesta de  Juana precipita unos hechos que, por su hilaridad surrealista –desde el retrato de Rosa Puelche, la escena del ropero, las truchas frías, Juana leyendo Canto Quetral o el “cafecito” de caramelo- podrían recordar, en tono menor, el mítico capítulo 41 de Rayuela, ese gran cuento de Cortázar. Aunque no perseguido, el Viernes Santo  se saldará con un homenaje a Bustriazo.

Segunda Lectura

Diario de Puelches. El Tendal y el espacio. Puelches. El pueblo a medias. El abandono a medias. El baldío poblado a medias. Aquello que está, pero no acaba de estar y aquello que ha sido abandonado, pero aún no es ruina. Puelches no es Comala, pero, a veces, se le parece.

El Tendal se tensa.. El yo narrativo mueve el foco constantemente. El edificio de la Municipalidad. Una parte convencional –recién pintada- y la otra(…) uno de los dos cuerpos está o bien a medio construir o bien destinado a dar coherencia a una lógica de las viviendas de Puelches: la ventana con horizonte, sin techo ni pared La ventana sin habitación que comunica con su propio vacío. Una ventana merecedora de un cuadro de Magritte, la conclusión, sin embargo, es otra: Un abandono anterior al abandono. Y, casi sucesivamente, un encuentro que complementa lo anterior: (…) veo un galpón sin techo, cubierto con una red de media sombra del tamaño de media manzana..El silencio es total salvo por algunos ladridos y la brisa que mueve la tela. El foco, en franjas temporales diferentes se detiene primero en el  Bar Posta del Este: Está cerrado casi abandonado. Y después en el Bar El Hornero: Cerrado, pero no abandonado. En los dos bares el abandono es la  variable común ante la puerta cerrada. Sin embargo, el yo narrativo, después de describir el interior de El Hornero, se esfuerza e imagina allí a Bustriazo frecuentando aquellas mesas. Salvar un bar después de muerto, el poeta lo habría considerado un honor, a pesar de ser sólo  pura especulación narrativa.

Puelches. La chatarra. La condena a muerte por desuso, por inservible o por viejo: (…) camiones, colectivos y tractores abandonados contra el horizonte (…) Avanzo y llego donde están la balanza y la embolsadora, junto a la cual hay un esqueleto de colectivo que es el verdadero límite entre el pueblo y el atardecer. Más allá de que la acotación es poéticamente insuperable, quizá el escenario –al que habría que añadirle la Gomería abandonada-, podría suscribirlo Ray Bradbury.

La Chatarra. El Tendal de la RN152. Nadie se detiene en Puelches. El tránsito “ronca” sobre la ruta y cruzarla siempre tiene peligro. Alberto, el camionero, está “clavado” y quiere irse cuanto antes. Patricia viaja en camión para ir visitar a sus hijas en Santa Rosa –(los colectivos) acá nunca paran-. Se puede pensar que en algún momento la RN152 estiró el asfalto y el Tendal se desentendió de Puelches. Expulsó camiones, colectivos y tractores y condenó aquello que aún tenía sentido del espacio y la mecánica. La ruina sucedió al abandono

Una mujer tiende la ropa. El tendal acaba en un árbol junto al que yace varada la lancha Río Atuel. El río, ese otro Tendal que también se desentendió de Puelches hace tiempo. Más allá de las “culpas mendocinas” que reparte Juana, del río solo llega su ruina: su corriente cabe en una cuchara  se dice de él en el poemario Puelches y su memoria aparece con la ironía bordeando el escarnio: La lancha río Aruel sigue en dique seco rodeada de cacharros viejos. La única presencia de agua son unas mangueras que cuelgan del árbol… La chatarra llega allí donde el río se seca.

Puelches. Diario de Puelches. Más allá del espacio. La renuncia y la derrota. La resignación y la ruina. Todo cuenta, el abandono es el mismo. La soledad y la desolación cuando lleguen ya serán parte de otra factura.

 

Tercera Lectura

Diario de Puelches. El tiempo. La imagen. No aquello que queda atrapado y se somete a la interpretación –evocación, sugerencia, etc.- sino la narración que el yo realiza del acto de fotografiar y del objeto fotografiado.

Dos atardeceres: uno el de Viernes Santo:

agarro la cámara y corro hacia el horizonte. Alcanzo a hacer algunas tomas de camiones dorados por el atardecer. Justo pasa uno por la ruta queda apenas una lengua de sol en el horizonte. Voy haciendo toma tras tomade su desplazamiento: desaparecen juntos sol y camión. Mientras un hombre cruza la ruta, el cielo se tiñe de rosado.

…Y  el otro, el de Domingo de Pascua (con tendal):

 Me voy acercando al límite oeste con una pequeña demora que ocurre al descubrir sobre una pared azul Francia el definitivo tendal de Puelches colorido hasta lo irreal, como si se tratara de una instalación de un museo de arte moderno. Y el último atardecer (… intentaré, con toda la suerte posible tomar el dorado del colectivo) El momento de dorado ideal, de herrumbre del cielo  sobre los restos del vehículo llega cuando casi no puedo estar allí. Corro y logro unas tomas pasables.

El tiempo. La imagen. La persecución de la luz y las mil palabras imprescindibles. La imagen se queda para sí el instante, pero el ejercicio de la narratividad pautará siempre la temporalidad de lo efímero.

 Puelches. Los niños. Los barriletes. ¿Los niños tardan en aparecer o se guardan para el final? Más allá de la referencia del diálogo con Germán, el niño de familia de indios, los niños llegan con la “barriletada” de la tarde del domingo: ¡más de veinte! –¿casi todos los niños de Puelches!!-. La remontada. Los barriletes no persiguen la luz sino ganarle altura al cielo. El foco recorre los accidentes de la remontada, se demora en el vestido y el rostro muy singular de una nena  y consigue el mejor plano de conjunto de la fotografía final. Y sin embargo no todo se acabará allí.

El tiempo. Despedida de Puelches. La imagen. Nuevamente los niños y una escena de considerable calado simbólico. Noche cerrada. Al borde de la ruta, Silvia y los misioneros –todos, destino Retiro- hacen señales con las linternas para indicarles la parada a los colectivos. De pronto, irrumpen un par de nenes de la barriletada que se escaparon para despedirse. Entre la oscuridad apenas quebrada por las linternas y las voces de la desobediencia caben todas las interpretaciones. El contexto universal no se mueve de Puelches.

El tiempo. Despedida de Puelches. La incesante persecución de la luz. Las prisas –que nunca se igualan- y los límites: ¿sólo ganarle a la tarde la luz que derramará sobre el esqueleto de un viejo colectivo? El foco recoge y pliega el barrilete, el yo narrativo despide Puelches y sobre el texto cierra el Diario.

 

Dos Apuntes

1.    Un eje de la tierra

Puelches. El centro geográfico de la Argentina continental. El monolito que lo recuerda -30 centímetros de alto- no lo indica explícitamente, pero en su lugar aparece –en bronce- una amenaza del Ejército Argentino de cuatro años prisión “a quién lo destruyere”. Un eje de la tierra víctima de la soberbia milica. Todo un síntoma histórico.

2.     Bustriazo

Diario de Puelches. Bustriazo. Los huecos de su presencia y una epifanía. Noche de Viernes Santo. Después de la “escena del ropero”, Juana …manotea un ejemplar de Canto Quetral bastante baqueteado (…). Lee en voz alta algunos poemas y concluye: Es una gloria. Lastima lo borracho que era, siempre con los indios, siempre buscando cadáveres. Le gustaba mucho andar con los cadáveres, cabezas de indio, esas cosas juntaba. Todas las noches lo veías con el maletín haciendo eses. Todo oscuro y el tipo con la linterna, ni los perros se le acercaban. Sólo queda decir aquello que se exclamaba en la época de las cámaras analógicas: ¡A positivar! Juana acaba de proporcionar un negativo extraordinario de Bustriazo.

 

Final:

Todo cuelga ya del tendal. Unos juegos de oposiciones para abrir brecha en la estructura, el espacio que Puelches convierte en símbolo, el tiempo entre la imagen y la luz y dos añadidos para aprovechar la soga. Sólo queda esperar que el viento, ahora, haga lo suyo

Todo en el tendal es efímero y precaria de sujeción la ropa. 


*Hugo García Saritzu es del Valle de Río Negro, en la Patagonia argentina. En 1977 se exilió en España y desde 1980 vive y trabaja en Cataluña. Filólogo por la Universidad de Barcelona, con un doctorado sobre la Recepción crítica de la obra narrativa de Álvaro Cunqueiro. Ha colaborado con los suplementos Libros y Culturas del diario La Vanguardia y con las revistas universitarias alemanas Notas e Hispanorama.

Presentación de Diario de Puelches en La Pampa

Hospitalidad y calidez, tanto del público presente como de la Asociación Pampeana de Escritores, de la cual Sergio De Matteo es presidente. A su cargo estuvo la presentación de Diario de Puelches en el marco del ´36 Encuentro de las Letras Pampeanas.



También fueron parte de la presentación el Ingeniero Alberto Goldberg -quien preside la Fundación Chadileuvú, ente auspiciante del evento- Silvio Tejada, -editor de Gráfica 29 de Mayo-, y escritores integrantes de APE.





Prólogo de Diario de Puelches


Puelches, como memoria larica


 por Sergio De Matteo*



“Son los gestos y los rostros de aquella geografía los que van
dejando su imagen en estos versos, tejiendo sus destinos con el
misterio del lugar y con su dramática condición de pobladores
del desierto”.

Dora Battiston

Puelches1 como referencia de lo observado a la pasada, como nominación que resuena en el cruce de caminos, en la trayectoria o tránsito de un lugar hacia otro: “Desde hace muchos años paso por Puelches en colectivo, en mis viajes entre Buenos Aires y Río Negro”. 

Marca/huella (escritura o fotografía) persistente en la memoria que se resignifica con nombres y acontecimientos (“he tomado fotos desde el camino”); un ejercicio que implica lo que planteara Susan Sontag en “La caverna de Platón”: “Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado”. Podríamos parafrasear que escribir —sea poesía, diarios o ensayos— también es apropiarse de lo real que se va desvaneciendo en la duración del tiempo como arena entre los dedos y que el arte, por medio del registro testimonial, suspende su disolución. 

En el nombramiento se asocian y encabalgan la vida (la obra) de Silvia Castro y Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Desde lo vivido en el pueblo se asientan los pilares de Los poemas puelches (1954- 1959), donde se detalla y destila “La tierra puelche, qué dura,/ qué antigua y triste su sangre./ Yo anduve allá con mi canto./ Ya volveré, sal del aire!…”. Bustriazo enumera aquellos viejos habitantes junto a sus oficios y padeceres, desde don Ceferino Astengo, el Viejo Quintín, don Correa, Zoilo Calderón, Taco Peralta, Escudero, Navarro, Ñancucheo, Rosa y doña Gregoria, la tejedora puelche. 

Cada cual con su historia a cuesta, son vueltos eternos en la poesía y en el canto. Castro repite, de alguna manera, la experiencia de Bustriazo, y lo explica en el epílogo “La tradición y las memorias de la poesía” del libro Puelches (2018): “Hace años que viajo a pueblos con la cámara y la notebook. Por lo general, escribo antes y al llegar compruebo lo escrito en la geografía, como una anticrónica. En cada pueblo recorro, observo, hablo con la gente, tomo fotos, constato la relación entre los poemas que escribí antes de viajar y la experiencia de conocer el lugar finalmente. Siempre aparecen mágicas similitudes”. 

Castro, al igual que el autor de Libro del ghenpín, recupera y resignifica datos del pasado, lo constata en el terreno, y es así que tenemos el relato de los días compartidos con Juanita, Patricia, las dos María José, los dos Alberto, Josefa, Nora; lo cual será consignado en el “diario” una y otra vez como soporte y disparador de las indagaciones y la experiencia vital. 

En este caso Puelches pulsa desde la mirada de soslayo de Castro, que imagina los poemas, anticipándose a la experiencia en el propio terreno puelchero, pero a su vez dialoga con la vida y obra del poeta pampeano que ha residido en el pueblo. Un detalle entre tantos que se podrían destacar, es la presencia de la muerte, sea por el cementerio, las festividades o los monumentos. “A veces los viejos pobladores puelches/ me hablaban del tiempo de los enterrados” refiere Bustriazo en “El camposanto abandonado”; y Castro, desde esos tres días de semana santa, alude “Subimos al auto y Juanita quiere saber por qué se me da tanto por visitar a los muertos y sacarles fotos, le respondo que los poetas somos gentes medio rara. Como Bustriazo, dice Nora”. 

Le hablan los habitantes al poeta pampa y también a la poeta rionegrina: “y Juanita me habla del incierto destino de los huesos del cacique Francisco Ñancufil Calderón, fundador del pueblo, y la duda acerca de si están o no en Puelches: El monumento está, pero no se sabe muy bien si los huesos siguen ahí abajo”. Bustriazo: “Sólo te queda una antigua reja,/ un montón de piedras y huesos quebrados”.

Tañe el metal su forja de memorias y recuerdos, asociado a las cosas y a los pueblerinos. El cobre enuncia a Puelches. Bustriazo recopila su nomenclatura: “hoy lo he visto, cobre antiguo”, en referencia al Viejo Quintín; “Las peñas cobrizas eran como el lomo/ de una fiera antigua de dormida edad. Peñascal oscuro, máscara de piedra,/ guerrero de cobre, casa del pencal!”, atañe a Carapacha Grande, una de las sierras que se elevan al sureste de La Pampa; y en “El adiós” nos dirá “Aquí supe que el cobre, cuando lo arrancan,/ se hace verde si el aire lo va tocando./ Viento puelche, yo hice coplas de cobre…:/ cuando soples no olvides que aquí quedaron!”. 

“Hay minas de cobre, me dice Juanita cuando llego. Pienso que entonces sí voy a poder escribir los poemas que pensaba, de hombres descendiendo por túneles”, anota en su diario Castro. 

“Nunca supe contar una historia.
Y como nada amo más que la recordación y la Memoria —
Mnemosyne— siempre he sentido esta incapacidad como una
triste flaqueza. ¿Por qué se me niega la narración? ¿Por qué no
he recibido este don? ¿Por qué jamás lo he recibido de
Mnemosyne”.

Jacques Derrida

La alusión de “memorias de la poesía” nos impulsa a trazar ciertas relaciones que sustentan la interpretación textual, sea poética o narrativa, por los vasos comunicantes que comulgan. Ante todo

es importante observar cómo las etimologías nos aproximan al núcleo de los procesos creativos y su entramado. Tanto poesía, del griego ποίησις poiesis, que en su traducción es “acción, creación, fabricación o composición”; como memoria, que en la mitología griega, se halla representada en Mnemósine, era la personificación de la memoria, además madre de las Musas (μοῦσαι mousai). Estas nueve divinidades son las inspiradoras de las artes y están vinculadas con las diferentes ramas artísticas y el conocimiento. Pero para el tema que tratamos es interesante lo que afirmara Plutarco, que sostiene que en algunos lugares las nueve musas eran llamadas por el nombre común de Mneiae, “recuerdos”. Tanto Bustriazo y Castro indagan y poetizan desde la rememoración desde los hechos y los habitantes del viejo Puelches como del Puelches del siglo XXI. Inscribe Bustriazo: “Pero ya lo veo venir al recuerdo/ con sonoras piedras golpeando los días”; y en Castro leemos: “como los peces/ sólo recuerdo/ la mitad de lo que vi […] una línea de tiza/ alrededor de la memoria”.

La escritura como anclaje del tiempo presente, pero a su vez como rememoración de los pasado y a la par como anticipación de lo por venir, de lo imaginado. Puelches se compone de la conjunción de la palabra poética, de un diario, las reflexiones y las fotografías, que se abren y articulan en la misma realidad como proyección de los vislumbrado y lo que acontece en el mismo territorio. Obra que se retroalimenta con la participación de los habitantes del pueblo, con sus cotidianidades, vivencias y sucedidos, la historia, la geografía y la literatura, además de complementarse con otras fotografías (Joaquín “Jimmy” Rodríguez). Es una obra polifónica, donde las voces se entrecruzan en un tiempo-ahora, pero, además, se concatenan con las pretéritas que se han convertido en mito o leyenda, y que funcionan, a la vez, a modo de reservorio de la memoria.

Diversos actores se ensamblan en el relato, tanto en el itinerario poético como en el narrativo, complementados con los apuntes y las fotografías. En el “diario” la preeminencia serán las mujeres, sus actividades, las estrategias para subsistir, las condiciones materiales o las familias fragmentadas; y de soslayo se enuncia a los hombres, especialmente a Alberto, que sirve por sus circunstancias existenciales como referencia para reencarnar al poeta Bustriazo. En la “poesía” tiene anclaje Lucía, la abuela (“pa ella fue escrito este libro”) y la vida como tendal, que se verá replicada la imagen en el diario; pero también confluye, y no mejor dicha la idea, una épica tan cara y dolorosa para la pampeanidad, que es la problemática de los ríos: “por todo lo hueco/ pasa el Salado”, “el río llega hasta acá”, “la corriente/ cabe en una cuchara”, “los Nihuiles/ rompen los espejos”, “Curacó// río sin párpado/ un agua viva que no ve”, “río inmóvil”, “el río no corre”, “río empacado// si lo llamo/ Chadileuvú/ tampoco viene// el agua muda de pueblo”, “ahí donde se paran los ríos/ exhaustos” y “la pampa no puede respirar/ fuera del agua”.

Aún así ese río ausente, que se asocia a la ausencia familiar, acontece el devenir humano a modo de trama, a modo de telar (“los días contados/ como puntos”), porque las musas tejen en palabras lo viviente (“el pedal de la máquina/ no para de moverse”) y lo que muere (“todavía no es la muerte/ pero escucho/ los golpes que pega en la ropa”).

“La historia poética es indistinguible de la influencia poética,
puesto que los poetas fuertes hacen esa historia al ‘desleer’ a
otros, de modo de abrir un claro imaginativo para sí mismos”.

Harold Bloom

La literatura es un fenómeno intertextual. Un autor o autora se remite a otro autor o autora, así como una obra menciona o refiere a otra obra. Julia Kristeva puntualiza que “todo texto se construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto” (Kristeva, 1978), y Gerard Genette define “la intertextualidad, de manera restrictiva, como una relación de copresencia entre dos o más textos” (Genette, 1989). Pero también es posible la intertextualidad interna (influencia de un texto en sí mismo), lo que Lucien Dällenbach (1976) denomina restreinte / restringida (entre distintos textos de un mismo autor o autora). 

Algunos ejemplos interesantes son el verso “sal de la casa/ me dice”, que se convierte en título de la última parte o capítulo de Puelches (2018). Leemos en el mismo libro: “las cortinas/ se llenan de tierra”, y en el diario: “el poema de cortinas con que arrancó el libro de Puelches y “mi versión real del poema de las cortinas que se llenan de tierra”.

Las filiaciones o las influencias demarcan estilos o poéticas, pero a veces, incluso, se comportan como disruptores para que la productividad textual encuentre y practique su propia experiencia del lenguaje, de las metáforas. En ese caso la filiación con Bustriazo sirve como disparador pero se convierte en el proceso en un nuevo texto, se disemina, tal cual lo señala Roland Barthes: “según la vía de diseminación (imagen que asegura al texto el estatuto no de una reproducción, sino de una productividad)” (Barthes, 1973). Entonces, anteponiendo el registro de Puelches, como significante, que se anuda a la nominación poética de Bustriazo, podríamos anotar la huella y la poetización de Castro: “Hacía poco me había enterado de que en ese pueblo pampeano el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz había sido telegrafista, un oficio cautivante por su anacronismo y por el encanto del código morse y el sonido del transmisor. Allí conoció a Rosa Puelche, una maestra del lugar, de la que se enamoró y a la que dedicó gran cantidad de poemas”. 

La autora cuenta la metodología de trabajo, lo que complementa la producción del libro de poemas y el diario, así como la fotografías como apoyatura y contención de lo real, mediante la

representación metafórica: “Durante tres días llevé un diario minucioso […] de lo vivido allí; si bien registra todo lo acontecido, me interesó más el hecho poético anterior y su contrastación con la experiencia. Escribí los poemas a ciegas, antes de ir, imaginándolo todo”.

Por lo tanto, filiación más diseminación, Bustriazo dialoga con Castro, se cuela en sus reflexiones y sensaciones: “Alberto tiene el mismo andar de Bustriazo, y por los mismo motivos”, “Estudia letras, tiene de profesora a una ex de Bustriazo […] Le comento que el último diciembre hicimos allá un homenaje al poeta con gente de la zona y de Buenos Aires”; “Le pregunto si lo conoció a Bustriazo. Claro, me dice, pero más a la Rosita, la Rosa Puelche, que era maestra como yo y era la novia en ese entonces. Una noche yo no me podía dormir, era tarde, y estaba leyendo en voz alta la Rosa Puelche. Me vino como una inspiración, agarré tiza y me puse a dibujarla”; “Manotea un ejemplar de Canto Quetral bastante baqueteado y lleno de marcas hechas con estampitas, pedazos de facturas y otros papeles. Abre el libro y se pone a leer en voz alta, declamando versos del flamenco. Es una gloria, dice”; “Imagino a Bustriazo sentado en una de estas mesas en sus tiempos de telegrafista de Puelches”.

“Nadie puede conocer la vida de las ciudades considerada
como hecho social si no ha asimilado las obras y las novelas
producidas por hombres que han vivido en ciudades y han
descrito la vida de sus habitantes”.

Lewis Mudford

La poeta y fotógrafa Silvia Castro nos advierte en el epílogo de Puelches que “Lo que lleva a escribir es muy diverso. Pueden enumerarse elementos visuales y sonoros […] El paisaje irrumpe con sus colores, texturas, sonidos, personajes, climas, y el texto toma cuerpo con todo eso”.  Sea un lar, un paraje o un pueblo, sumados e identificados sus contextos históricos, artísticos, se constituye el paisaje cultural (Heredia, ), y de ahí que puedan asirse e interrelacionarse los hilos que sujetan a su fundación, tradición y existencia.

Puelches entendido como “una historia que fluye junto al Salado”, según la rúbrica de los editores Claudia Salomón Tarquini, Paula Laguarda y Carlos Kus (2009), se nos presenta en el escenario pampeano signado por su cercanía con Lihué Calel (en mapudungun, Sierras de la vida) y las pinturas rupestres, el pasado engarzado en los pueblos originarios, como aludiéramos en una cita de Castro referida a Ñancufil Calderón, y la presencia de Bustriazo Ortiz que decide datar el inicio de su Canto Quetral (en mapudungun, fuego) en Los poemas puelches.

En el capítulo “La comarca poética de Juan Carlos Bustriazo Ortiz” la profesora y poeta Dora Battiston infiere sobre la relación biográfica de un autor y su obra literaria, que no debería influir, pero que el caso de Bustriazo da por tierra con dicha rémora. Resalta: “encontrar un hilo más fiel

para conducir al centro del laberinto que la mención de lugares donde una fuerte experiencia de vida determinó la mímesis poética. En este caso, Puelches, el lugar que la escritura convierte en mito”.

La ciudad (o pueblo, aldea, villa, paraje) —cualquier ciudad (o pueblo, aldea, villa, paraje)— además del lugar geográfico en que se asienta, del territorio urbano que ocupa, es también un espacio literario, un artefacto en el que se funden el mito, la invención y la realidad. “La ciudad — dice Luis Hernán Castañeda— es una metáfora de extrema ambivalencia: convoca imágenes de orgullo (Babel), corrupción (Babilonia), perversión (Sodoma y Gomorra), poder (Roma), destrucción (Troya, Cartago), revelación (Jerusalén)”.

La topografía de la ciudad o del pueblo es la refracción del mundo interior de quienes han residido, residen, y que se multiplicará con los que la vivirán, sin olvidarnos de los aportes de los viajeros o viajeras. Por eso coincidimos con el poeta chileno Jorge Teillier y su concepción de la poesía lárica, de un retorno que implique el lugar fundacional desde donde proyectar una literatura, una poética. Ana Traverso plantea en “Lo lárico y la recuperación de la historia”: “poética basada en la memoria testimonial que busca mantener a los miembros de su comunidad en relación con su pasado histórico y su tradición cultural. La poesía se homologa al mito en su movimiento ritual y cíclico en busca del pasado arquetípico”. 

Es inevitable citar alguna ciudad/pueblo y que no se la asocie a cierto personaje. Se da una simbiosis tan perfecta con su ciudad/pueblo natal o de adopción que ya no es posible mencionar a uno sin evocar inmediatamente a la otra. Por ejemplo, Baudelaire y París; Woolf y Londres; Pessoa y Lisboa; Borges y Buenos Aires; Cavafis y Alejandría; Joyce y Dublín; Kafka y Praga; Woody Allen y Manhattan; Bustriazo Ortiz y Puelches o Santa Rosa de Toay. Ahora también deberíamos adosar al topónimo Puelches la obra de Silvia Castro.

Refiere Walter Cazenave: “la literatura asoma a veces en medio de la consideración toponímica del espacio”. En el libro Les Noms de lieux (1963), de Ernest Nègre, puede leerse que “la toponimia es un rasgo de la cultura y una herencia cultural”. La literatura se apropia de las tierras anotadas, de los planos y mapas, de las colecciones con los nombres de los lugares. El espacio nominal tiene arraigo en la toponimia, y queda manifiesto textualmente en las obras literarias y técnicas.

Los estudios inaugurales de Battiston, que ha demarcado los análisis posteriores de las y los investigadores, en torno a la producción poética de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, resaltan como piedra basal de una obra monumental la localidad de Puelches, desde donde se construirá desde el libro primero, Los poemas puelches, el trascendente Canto Quetral. Una lógica que pulsa con experiencias y sentimientos, además de lecturas y anecdotarios, va alineando desde Puelches las vivencias del pasado, sea en General Acha, Trilí, hasta los parajes, pueblos y ciudades que recorrerá

Bustriazo en su vida, y que serán refractados en sus poemas y en sus paratextos. Una nutrida geografía de retazos de paisajes y personajes que abonan sus versos. Semejante a la apreciación realizada respecto al paisaje por Castro, “colores, texturas, sonidos, personajes, climas”, que recalan en la constitución del texto, que estará anudado a la toponimia, tal cual lo plantean Cazenave y Nègre.

Noé Jitrik en “Voces de ciudad” apunta que “se puede hablar [...] de ciudades aparentes y ocultas, de ciudades museo, de ciudades industriales, de ciudades éticas, de probables ciudades tecnológicas, de ciudades como textos, de ciudades como obras de arte”. En consecuencia, al considerar dicha particularidad creativa, es decir, considerar las diversas connotaciones en que puede hablarse de una ciudad o pueblo, por sobre todo, nos atrae la interpretación de ciudades (o pueblos) como obras de arte. Bajo tal concepción se advoca a poetas, escritora/es e investigadora/es, pues cada una/o de ella/os habrá de incubar su “testimonio” sobre el “lar” a través de las obras que remiten a ese pasado y pulsan en el presente. Empero ahí laten las pulsiones con su bagaje histórico, cultural y existencial en Los poemas puelches de Bustriazo, y en Puelches de Silvia Castro. 

Entonces, así como se tiene la ciudad-concepto, la ciudad-diseñada, la que existe en el plano de la realidad; también se manifiesta la ciudad imaginaria, la ciudad-palimpsesto, la ciudad que es continuamente armada, desarmada y vuelta armar, en cada uno de los libros —en cada una de las obras de arte—. Manifiesta Rosalba Cambra (1994): “Pero las ciudades también se fundan dentro de los libros [...] porque no sólo de canteras, aserraderos, fundiciones, viene el material con que se levantan las ciudades, sino también de los archivos del imaginario”. Puelches, más allá de su existencia centenaria, emergerá nuevamente fundada simbólicamente en la obra de Bustriazo Ortiz (1954-1959), y se verá potenciada por la el libro de Castro (2018).

Esto sucede porque la ciudad se manifiesta a través del lenguaje. En ese sentido, Barthes (1997) infiere que “La ciudad es un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, nosotros hablamos a nuestra ciudad, la ciudad en la que nos encontramos, sólo con habitarla, recorrerla, mirarla”. Y ese discurso, ese relato, construirá a la ciudad como texto, pero, a su vez, se retroalimentará por medio de todas las formas que pueden representarla, convirtiéndola en miro, en metáfora, en mito. La ciudad se ha convertido en cultura (Bradbury, 1991), en lenguaje o discurso (Barthes, 1996), y en consecuencia es, a su vez, literaria, una imagen poética, simbólica.

“Una fotografía es un fragmento: un vislumbre. Acopiamos
vislumbres, fragmentos. Todos almacenamos mentalmente
cientos de imágenes fotográficas, dispuestas para la
recuperación instantánea. Todas las fotografías aspiran a la
condición de ser memorables; es decir, inolvidables”.

Susan Sontag

Esa acumulación simbólica nos permite la deconstrucción del texto literario, en este caso, con todos sus elementos y facetas que lo constituyen, incluso, sus conexiones con la época, el espacio y los habitantes; además del aporte que reparan las fotografías. Señala Susan Sontag (2006) que “La fotografía no se limita a reproducir lo real, lo recicla”. En ese reciclado se precipita la fuerza de los imaginarios, que constituyen los lineamientos en que se asientan las obras artísticas.

Hay obras fundantes y nombres de autores o autoras que sostienen la historia literaria de un pueblo, una provincia o una región. Textos (tramas) que relatan los acontecimientos de un territorio donde se retroalimentan y yuxtaponen lo real y lo ficcional. Ese capital simbólico conforma una biblioteca que se convierte en referencia de generaciones y, a su vez, de disputa y debate respecto a la tradición, los mitos y las identidades de un lugar.

Puelches, funciona dentro de un sistema cultural a modo de punto de encuentro, tanto desde las metáforas que se encuentran inscriptas en las obras poéticas de Juan Carlos Bustriazo Ortiz y Silvia Castro, como desde las fotografías que han sido registradas por Joaquín “Jimmy” Rodríguez y la misma autora de los diarios y el libro Puelches.

Sergio De Matteo

Junio de 2022, Santa Rosa de Toay.



Puelche (del mapudungun: pwelche, que significa “gente del este”) es uno de los pueblos indígenas que habitaba los valles cordilleranos de Chile y al este de la cordillera de los Andes en el Puelmapu (actual territorio argentino).




Sergio De Matteo (Santa Rosa, La Pampa, 1969) Escritor y crítico literario. Ha publicado los libros Criatura de mediación (Museo Salvaje ediciones, 2005); El prójimo: pieza maestra de mi universo (FEP, 2006), Diario de navegación (El Suri porfiado, 2007), Me sangra la poesía por la boca. Concomitancias en la frontera de la lengua (Espacio Hudson, 2017). Editor de la revista Museo Salvaje (2001). Formó parte del Área de Letras de la subsecretaría de Cultura de La Pampa y el departamento de Investigaciones del Archivo Histórico Provincial “Fernando Aráoz” de la secretaría de Cultura de La Pampa. Fue asesor de prensa del Concejo Deliberante de Santa Rosa, director de Educación y secretario de Cultura, Educación y Gestión Cultural de la municipalidad de Santa Rosa. Actualmente es presidente de la Asociación Pampeana de Escritores y secretario de Cultura de UPCN – Seccional La Pampa. Ha conducido los programas radiales “En busca del tiempo perdido” (1992), “Música de cañerías” (1996), “Somos lo que buscamos (2007/8), “Espacio Fahrenheit” (2009) y “El estado de las cosas” (2007, hasta la actualidad).


Reseña del colectivo Write like a girl