La luz de la vida con sus mordiscos de oscuridad



El olor de las hormigas de  Yamil Dora y  Silvia Castro

Leandro Llull


Este libro a dúo implica más que un entrecruce de disciplinas. En él, palabra e imagen visual se fusionan al punto tal de hacernos sentir por verdad irrebatible que han nacido al unísono. No podemos hablar entonces de textos o de fotos que se acompañen, sino de obras que se disuelven y componen una inmanente pieza mayor.

La voz poética que se abre en cada cuadro encuentra en la imagen su correspondencia y su entorno. Se trata de un hilo de sombra sonoro en el cual el poema se instaura en diálogo continuo con presencias ausentes (una abuela, una hija, un tío, un amor). Con versos límpidos y coloquiales las pequeñas confesiones, los recuerdos brillantes y los deseos más secretos se despliegan sobre la fotografía como un cuerpo en su domus: hay que seguir / decías / fue el último viaje que hicimos los dos / regalamos las blusas / el ropero / el cajón donde guardabas los dólares / yo me quedé con la foto / donde te estabas riendo / con la luz de tu mesa de luz / con las bolitas del pino / con la manta marrón de tu entierro.

Por su lado, el objetivo de la cámara enfocado hasta la saturación sobre a las cosas del hogar deja brotar en las fantasías de su luz aquello que la voz no puede soltar pero que indefectiblemente trae consigo: los dromedarios que hierven en su sangre, las bicicletas postergadas de la infancia, las flores y plantas hogareñas, las mesas vacías con vino. Es en este punto donde la costura de palabra e imagen visual se vuelve imperceptible, ya que desde un comienzo el lector tiene la sensación de que la lejanía que se percibe en sus páginas construye una transparencia que nos dice que detrás de cada historia, detrás de cada diálogo entablado, se esconde una verdad más honda que la simple nostalgia.

Hagamos ahora una leve digresión. Al estudiar cómo las hormigas detectan los cuerpos muertos de sus pares antes de trasladarlos a los hormigueros, algunos científicos han llegado a la conclusión de que ello se debe a un olor que emanan: una vez cesada su vitalidad, el organismo expele una cantidad de ácido oleico que permite que la muerte sea reconocida. De este modo, ante la imposibilidad de despertar el sentido del olfato mediante la expresión, en este libro voz e imagen se unen para emitir esa señal por otra vía y hacernos asumir que, más allá de quedar expuestos a la nostalgia, los vínculos humanos están sometidos, no al cese fulmíneo, sino a la finitud resplandeciente: un hombre mira su infancia / salta el tapial / siente el olor de las hormigas / muertas / su madre lo llama / y no va / las nubes se acercan / los ojos de un pájaro brillan / en el patio de al lado / abre el jaulón / conoce el placer del pecado / la ira de dios / la humedad del pasto / en la noche que empieza.

Será por tanto tarea de la voz y de la imagen discernir las muertes totales o parciales que recaen sobre nosotros y que le van dando forma al cuerpo de la luz de la vida con sus mordiscos de oscuridad. Y residirá ahí el juego conjunto del ojo y del oído en su mayor plenitud, al exponer la fragilidad de la carnalidad del ser y la pérdida del otro en su rol de amado a la malla siempre radiante del sueño infinito: anoche soñé / con Curly / con Rogelio en el bar / con vos / te di la mano / para que vengas conmigo / para que salgas conmigo / para que vengas con vos / a otro sueño.

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