La Mezquina





















La Mezquina se erige en el centro
de una multitud de caminantes
cuyo desplazamiento está orientado
hacia la densidad.

A medida que avanzan unos contra otros,
los peregrinos pierden peso y tamaño.
La incomodidad acomoda y distribuye
brazos piernas torsos e indefensos pies.

Los pies soportan la cercanía
con la fe acumulada en el trayecto.
Sus portadores ven crecer el camino
detenido debajo de su sombra.

La sombra de la Mezquina anula todas las demás.
A sus pies crece una penumbra mayor:
la insoportable quietud de la compañía.

Haber caminado solo para esto.
Haber caminado sólo para esto.

Haber caminado solo para esto.
Haber caminado sólo para esto.

El himno del retorno alterna el lugar
donde se pone el acento.

Los feligreses vuelven sobre sus pasos
confundidos en el polvo.

Ya no se sabe dónde va la próxima pisada
tanto cordón desatado tanta ampolla
tanto talón sobre tanto empeine
tanta satisfacción necesitada tanta debilidad.

La penumbra es por el agotamiento del camino.
El fin de todos los principios está grabado en la suela.
Un dibujo indescifrable sólo legible para ojos ajenos.

Un fragmento entre miles.

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