I'm looking through you

el pato silvestre escucha a través de sus patas
el lado b de su reflejo

su pico de vinilo gira en falso
el ave no cierra por la boca

la imposibilidad del habla
acerca el misterio
de la doble vida

sus reflejos
son patos con el diablo
temen la duplicación

por eso
les ha sido otorgado el vuelo
que los separa de lo abominable

del infierno
ese caserío invertido

cae lento
como una pluma
y no se hunde
más
que en su propia realidad

cae en la cuenta
justo
cuando la pluma
se posa
sobre el papel
y escribe

el mundo es redondo y gira
negro
en el ruido blanco de la repetición

el pato vuelve de su vuelo
se posa nuevamente
ha dado una vuelta completa
al mundo

la pluma
demora su caída

la música espera que el ruido
cambie de color
el agua es transparente

la intimidad
es invisible a los ojos

el agua ha sido sorprendida en su desnudez
por suerte los patos
oportunamente
le cubren los pudores

algunas ventanas del caserío
no pueden verse a través de las plumas

la vida acuática transcurre
detrás de las ventanas

un pato silvestre
se ha posado en el alféizar

gigante

su pico toca el vidrio recién lavado
por la chica de la limpieza

brilla

el pato puede ver
a través de sus ojos

pero no sabe hablar

las aves del lado b
conocen el revés de las miradas

los giros que dan
los paños
que limpian los cristales

y el agua que desciende
de la torsión del trapo

secuelas del mundo
restos de la erosión
de la superficie pulida

se quita lo que sobra

los patos beben
de las esquirlas de lo real
y flotan
para la sed

el agua es inocente
su reflejo, no

el agua es una película muda
sólo
las patas de la música
animan la velada

el lado ve del ave
con qué v va?

con qué bebe?
Con ve de vinilo?

Y cómo ve?

volteretas del habla
para qué

mejor que canten
los que saben

como el agua
que para eso
se ha inventado la erosión

para saber como sabe el agua
y nada más


Ante el dolor de los demás



Neil Gaiman. A game of you. The Sandman, 1991 (clic)




A Daniel Grad



El Museo del Holocausto es un museo y nada de arte.

Leo en el subte el cartel con esa leyenda y recuerdo al músico contemporáneo que declaró que los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York habían sido "la máxima obra de arte que se haya producido jamás".

La reacción de castigarlo fue inmediata: el repudio de sus compañeros compositores y otros personajes de la cultura, y la suspensión de tres conciertos con sus composiciones que estaban anunciadas para el día siguiente. Stockhausen, al no sentirse comprendido, sólo pudo decir: “Pero, ¿es que no tienen en cuenta que a veces a las obras de arte las hace el diablo?”.

El cartel es claro: Auschwitz no es un object trouvé.

Stockhausen murió en día capicúa, hace poco. Todo puede dispararse hacia lo bello. Él se disparó del mundo el siete del doce del siete, bellamente, entre números cabalísticos.

Sebastião Salgado podría haber tomado un bello retrato del cadáver de Stockhausen, y Susan Sontag no hubiera podido decir nada al respecto. En vida sí dijo, y mucho, acerca del retrato estetizante del dolor. Quizás la Sontag discute en el más allá sobre estas cuestiones con Stockhausen mientras algún bombero americano caído hace lo propio con algún terrorista islámico. El diálogo es posible en este mundo. Todos entendemos inglés, más allá de cualquier religión.

No puede pensarse todo esto entre Malabia y Pueyrredón. Demasiado para un solo viaje. Bajo del subte y camino un rato por Once. Recuerdo que mi amiga Selva me invitó a una muestra colectiva en la AMIA, donde expone algunas de sus tintas de la serie “Mujeres”. Debería seguir mi plan original y encontrar una paila de metal para la obra que estamos preparando con Tita, la bailarina que danza con mis poemas. Pero una cosa lleva a la otra, y ya estoy en la puerta de la mutual israelita, ante el personal de vigilancia, preguntando por la muestra. Me piden mi DNI y me abren una puerta pesada y blindada, blanca como la intimidante pared cubierta de graffitis con los nombres de los muertos en el atentado.

Mi DNI entra por un casillero, al costado, al interior del edificio. Dejo de verlo por un momento, y finalmente desaparece por el camino de la comprobación de identidad, mientras entro en un paisaje de aduana, donde me encuentro ante una mesa baja junto a dos paneles sensores. Me saluda amablemente un chico de unos 25 años:

- Hola. ¿Es la primera vez que venís a la AMIA?

- Si. Vengo a la muestra Panorama colectivo 2008.

- ¿Cómo te enteraste de la muestra?

- Me llegó por mail la información, por mi amiga Selva Sabronski.

- Ah, si…

- …ella está en la muestra

- Voy a tener que revisarte la mochila, ¿sabés?

- ¿Tenés algún objeto cortante, tijeras, aerosol de defensa personal…? (abre la mochila)

Yo le ayudo a revisar. Tengo experiencia. Es común que se “pierdan” cosas en la escuela y hay que ver si aparecen dentro de las mochilas de los chicos. Normativas de la institución.

Mientras revisa siguen las preguntas:

- ¿Sos artista vos? Digo, ¿pintás?

- No, soy docente… bueno, en realidad soy escritora, y fotógrafa.

- ¿Fotógrafa? Justo necesitaba averiguar porque quiero aprender Photoshop.

- Entonces lo mejor es que le preguntes a Selva, que es diseñadora (Pienso en la toallita y el tampón de repuesto que inevitablemente van a aparecer ante la vista de mi interlocutor, junto a mi cuaderno de apuntes, mi cámara y el vestido de playa que me compré en una tienda de coreanos. En el vestido Mafalda toma sol despreocupadamente). Mientras continúa la requisa, otro pedido:

- Pasá por acá (me muestra los paneles) y volvé a salir. ¿Llevás algo metálico encima, aparte de…

- … ¿las pulseras? No, nada más.

Siguen las preguntas:

- ¿Qué vinculación tenés con la comunidad judía?

(Parezco judía. En julio del ‘94 la madre de un alumno me dio el pésame pensando eso. Pero no, para ser judío hace falta algo más que una gran nariz.)

- No – respondo - pero algunos amigos míos son judíos. Selva, también.

- Bueno, podés pasar, andá por el pasillo hasta el fondo, atravesás el patio y en la primera puerta a la derecha, en el mostrador de Informes, decís que vas a la muestra.

Cuando abro la puerta del patio veo una gran explanada en la que irrumpen el monumento a los muertos por el atentado y varias placas conmemorativas, entre ellas un homenaje a los desaparecidos judíos durante la dictadura militar. También otras del gobierno de la ciudad y otros organismos estatales.

En Informes otro chico amable y cool me pide mi nombre, me pregunta si es mi primera vez, me pide mi número de DNI y carga la base con mis datos, dando por sentado mi lugar de nacimiento:

- Capital, ¿no?

- No – respondo – Fijate en el documento: General Roca, Río Negro (estoy tentada de agregar: “la ciudad con nombre de genocida”, pero me contengo)

Me mira con una expresión extrañada ante el dato inesperado, una mirada que todo judío encontraría familiar, aquella que marca una diferencia:

- Ah, no sos de acá. ¿Turista?

- No, vivo acá, en Avellaneda.

- Ah, en provincia de Buenos Aires (más extrañeza)

- ¿Cuánto hace que vivís en Buenos Aires?

- 15 años

- Ahá (sigue cargando datos)

- Primera vez que venís a la AMIA, ¿no?

- Si, ya le dije al otro chico.

- Bueno, podés pasar, bajando las escaleras a la izquierda vas a encontrar la muestra.

Voy a abrir mi mochila para sacar un chicle, pero las cámaras de vigilancia me hacen pensar dos veces, y me la vuelvo a poner.

Recorro la muestra, en la que aparecen fotografías, óleos, collages, y las tintas de Selva. No puedo concentrarme demasiado en lo que veo. El hecho artístico, esta mañana, se sitúa en otro plano. ¿Se trata del arte de entrar, transitar, permanecer? Mientras miro las pinturas y las fotos pienso en mi amigo Adrián Olaz. Sus alumnos le dicen Osama por sus rasgos árabes. Imagino el ingreso a este lugar con mi amigo Adrián como un happening de arte pop. Imagino lo mismo junto a otro colega, profesor de música, Marcelo Nasra, hijo de Sirios.

Imagino, también, los ojos de Stockhausen en su arenga: “Imagínense, yo podría ahora lograr una obra de arte y ustedes no sólo quedarían absolutamente impresionados sino que caerían muertos en el instante. Caerían muertos y volverían a renacer porque simplemente todo es demasiado racional. Algunos artistas intentan cruzar la frontera de lo posible y lo imaginable para que despertemos y nos abramos hacia otro mundo. Lo que ha ocurrido en el atentado es un salto por encima de la seguridad, de lo comprensible, de la vida. Y eso es lo que ocurre. O no es arte”.

Ya no sé qué es arte y qué no, sólo quiero irme a algún lugar a escribir todas estas cosas. Recorro a la inversa el circuito de vigilancia, recupero mi documento y corro hacia un Burger King, donde puedo permanecer sin necesidad de consumir. Elijo una mesa cerca de los baños y me siento.

Escribo: “el arte de entrar a un museo, el arte de nombrarlo, se suma al arte que cuelga de sus paredes. La muerte modifica nuestras formas de dar entrada. Cómo nos modifica la muerte nos define como comunidad. Cómo mataron a muchos de los nuestros, también. Y también, cómo siguen muriendo. Algunos conservaron sus cuerpos y sus nombres, otros desaparecieron, y también están aquellos que son desparecidos de nombre, porque entraron al mundo naciendo de desaparecidos, y aún no lo saben.”

Junto a los baños está parado el tipo de vigilancia. Se acerca una señora en situación de calle con un cochecito de bebé y un nene sentado en él. Pide que le abran el baño para discapacitados, así no tiene que bajar por la escalera hasta el subsuelo. Le dicen que no se puede, que es sólo para discapacitados.

La veo bajar la escalera peldaño tras peldaño. Pienso en levantarme e ir a ayudarla. Pienso qué pasaría si algún loquito pusiera una bomba en este lugar. Me imagino bajo los escombros con esa señora y ese bebé. Lo que debería hacer para soportar su olor, el del bebé, los gritos. Imagino cuánto puede pesar sobre mí este lugar convertido en escombros, y lo que podría yo hacer o no hacer para rescatarnos a los tres, con todo el cine Los Ángeles sobre nuestras cabezas transformado en piedra rota. Los Ángeles sobre nuestras cabezas, pienso. Escombros de terremoto, pienso. Celebro tener un celular. En el ’94 casi nadie tenía. En Auschwitz menos.

Mi celular dice que son las 13.20 hs. Tita me espera para seguir ensayando, y no tengo la paila que salí a comprar. En dos días vuelvo a Madryn. Voy de todas formas. Pero antes, ayudo a la mujer, que ya salió del baño, a subir los escalones.

Bs As. Enero de 2008

Timón





I

no un mascarón de proa

un timón

poderoso
sumergido

inútil
sin su barco

como todo lo puesto de lado
según el rumbo

visible
sólo en dique seco


II


el agua se oculta en el filo

el crimen perfecto
es el arma que se diluye


III


la vista desde un timón
un sin sentido

el mar
un pájaro en su ala

el destino
una jaula de madera


IV


no hay peor ciego
que un fiel

los platos se deslizan por la escora

nuestro reino es el vaivén

el peso del hambre
en el ojo de palo


V


una melodía a medias
lo que acuna una balanza

para pegar un ojo
debajo del parche

ella nos toca de oído
nos toca de canto

somos tuertos de la mano

demasiada melodía
para un ojo solo


VI


la vista se pierde en el mar

a babor
el ojo sano

a estribor
la oscuridad

a babor
lo vivido

a estribor
lo que queda por vivir

un carajo

el castigo
por lo visto
es el presente