ISONDÚ

Verbum caro factum est[1]

Cuando el dedo apunta al cielo
el idiota mira al dedo

Anónimo


Emma Nicolay de Caprile
maestra normal
sepultada en el Cementerio de Recoleta
polaca
virgen
blanca y dura
está fuera del encuadre

su ausencia señala el rastro
de las primeras letras

el niño
sólo puede bajar la vista

la lengua muerta del libro
asciende desde la oscuridad
hasta sus ojos

estoy tomando una fotografía en latín

Emma duerme su sueño de mármol
pero su lengua no

la lengua madre
sale movida por la escasez de luz

bajo un diafragma
bajo dos

el blanco ayuda porque rebota luz
más luz que cualquier otro color

el niño se deja lamer
por la segunda lengua
de la segunda madre

Emma observa mi dedo con preocupación
se trata de su niño

el tiempo ha detenido
mi dedo en alto

las papilas gustativas de la luz
comienzan a unir la letra eme
con la letra a

una dulce cadena
en el sentido
de las agujas del reloj

miro la hora

ya es tarde
están por cerrar

la lengua se cierra sobre el niño
un espiral ascendente
lo cubre del frío

mamá

el niño repite
pero la lengua
no sale en la foto

la lengua queda
del otro lado de la reja

suenan las campanas de Nuestra Señora del Pilar

ya son las seis
me dice el de vigilancia

mater

repite el niño
y señala
con el dedo
la salida



[1] Verbum caro factum est/et habitavit in nobis/et vidimus gloriam eius/quasi unigeniti a Patre plenum gratiae et veritatis. Y el Verbo se hizo carne/y habitó entre nosotros/y vimos su gloria como del Unigénito/ lleno de gracia y de verdad.



Luciérnagas


“No sé, dice el doctor Holmberg,
que exista nada más hermoso en los límites de la fauna sudamericana.
El Isondú, nombre que en guaraní significa gusano de luz,
es, a no dudarlo, una verdadera maravilla
en el pequeño mundo entomológico.“

E. Correa Morales. Isondú. Lecturas variadas para escuelas comunes




Luis Ibarra vive en Constitución
pero nació en Misiones

de niño aprendió
las bondades del Isondú

mirá Luis
mirá la luz

le decía su abuela en guaraní
y el rostro de Luis se iluminaba

una noche de campamento
en la costanera
me enseñó a cazarlos

su mano pequeña
infalible
las guardaba en un frasco

hacele agujeritos

le advertí
mientras lo tapaba con fuerza

no hace falta
y sabe qué, seño?
usté va a aprender algo muy importante
pero lo va a aprender cuando salga el sol

no dormimos, claro

cada tanto iba a mirar el frasco
y también al niño
la luz permanecía encendida
en el interior

cuando amaneció
tomamos fotos del sol
saliendo del río

encandilados aún
corrimos a ver el frasco

ya no había luz
y tampoco quedaba un solo rastro
de las luciérnagas

coloqué la tapa en el lente de la cámara

no hace falta

le dije a Luis
el sol respira aún debajo del agua




Isondú


"Por nuestra parte, deseamos
que no se atribuya a vana pretensión el título de este libro,
pues si le hemos dado el nombre
de una joya de nuestra fauna, es porque
se trata de una modesta larva, esperando
que nuestro humilde gusano de luz ilumine,
aunque sea con fugitivos resplandores,
las inteligencias infantiles a las cuales está destinado."

E. Correa Morales. Isondú. Lecturas variadas para escuelas comunes. 1914

bastaba dar
unos pasos hacia atrás
para verla
Emma y su cuerpo entero

junto a la portada del libro
ahora sí
dentro del encuadre

esta fotografía
no me pertenece

tampoco el índice

ahora todos bajamos la vista
el niño
Emma
el índice y yo

miramos el libro que nos convoca

en la página 65
la luciérnaga brilla
en manos de una niña

Mirá, Yassí
si Rorro viera este Isondú
cómo abriría los ojos
¿Por qué no me traes
a Rorro, enano?

el Yassí Yateré
sólo trae niñas a la selva
muñecas no

Lía yace en su camita de isipós
Rorro, unos metros más allá

¡Oh, adorable muñequita!
pálida de miedo
pero tenía el valor de señalar
con su manecita sin dedos
el camino rojo rubí
que llevaba al raptor

unos pasos se detienen
junto al enano
ha llegado la madre
con un frasco en la mano

hacele agujeritos

le dice el niño
que ya aprendió a leer

Palabras cruzadas



En Plaza Congreso las palomas buscan en las limaduras del maíz el hierro que las une. En una imagen cuyas tintas están invertidas, las partes claras aparecen oscuras. El niño observa al globo que asciende, el padre toma su mejilla y lo hace mirar a la cámara. Los dos sonríen. Con la primera imagen se forma la segunda, las tintas reinvertidas se encuentran en su orden natural. El vendedor de panchos extiende su brazo para saludar, toma la mostaza y la coloca longitudinalmente entre la luz roja y la luz verde del semáforo. Toma la delantera el 60 ramal Tigre, el humo negro no asciende.

En la cámara oscura las palomas observan comportamientos imprevisibles. Una enfermera del Centro Gallego desabrocha su guardapolvo al sol, se quita los zapatos, y deja escapar el silencio contenido.

Desde su estudio, el fotógrafo ve la estampida. Con una muñequita de trapo empapada en una solución de tierra podrida en alcohol, limpia la placa de vidrio y la frota con una piel de gamuza. De la limpieza del cristal depende el buen éxito de la operación. Las esquirlas del maíz dificultan la visión. El estruendo es insoportable, pero breve.

La enfermera observa un pequeño muñeco, de esos que se cuelgan de los espejos retrovisores, tirado en el asfalto, su cuerpo cubierto con trazos de barro, huellas de autos. Su cabeza está apoyada en el suelo empapado, buena parte de la cabellera ha desaparecido. Se pueden ver, al descubierto, los huecos capilares en el plástico. Un carmín intenso destaca una sonrisa inocente. Dos inmensos ojos celestes, siempre abiertos, acentúan el parecido del desafortunado muñeco con un niño de carne y hueso.

La luz se pone verde nuevamente, cuando termina de pasar el 64 a La Boca, dos neozelandesas apoyan sus bolsas en el suelo y sonríen, con las carteras colgadas del hombro, porque se sabe que quien apoya la cartera en el suelo perderá su riqueza.

El muñeco se frota los ojos. En la cámara oscura la plata experimenta un principio de descomposición, bajo la influencia de la luz se forma el negro galato de plata, y aparece súbitamente la imagen. Las turistas se van en silencio, con recuerdos de su viaje por el Cono Sur. Un par de zapatos pende de un cable. Debajo, un racimo de globos oculta otro vendedor que sigue despachando.

El niño observa al muñeco, el padre dirige su mirada a las turistas. El fotógrafo vierte en su centro colodión líquido. Cuando su éter se evapora, introduce el cristal en nitrato de plata. Esta operación sucede en una pieza oscura, alumbrada tan sólo por una bujía. Una lámpara cuya bomba de vidrio color naranja aún no ha sido encendida reposa a un costado.

El globo asciende irremediablemente. Al terminar de pasar el 2 a Liniers, cambia la luz y todos los autos deben frenar. La enfermera camina por el paso cebra rumbo al kiosco de revistas. Las palomas vuelven a las cornisas. Será una larga noche de guardia y palabras cruzadas.

Para preparar la albúmina, el fotógrafo bate unas cuantas claras a nieve, las deja reposar, las decanta, añade ioduro de potasio, y luego calienta ligeramente la placa para añadirle, por el lado opuesto al que ha de recibir la imagen, el extremo de un tubo de gutapercha que le sirve de mango. A través del cristal controla la toma del niño puesto a secar.

Toma después el mango de gutapercha entre las dos manos, lo hace girar, y con él la placa, comunicando al líquido un movimiento centrífugo. La imagen gira en sentido anti horario. Una vez albuminada y seca, una vez bañada en plata, coloca la placa, húmeda aún, en la cámara oscura.

En seco, es preciso desembarazarla del exceso de plata que contiene. La lava con agua destilada y la deja secar en la oscuridad.

En el ajedrez del pasillo embaldosado se escuchan pasos. La toma de la mano, la lleva al bolsillo. Siente el frío del metal. Un dedo hace posible el disparo, el otro, permanece en silencio. Pero las manos tienen cinco dedos.

Los casilleros negros ocultan secretos que las enfermeras no divulgan. Silencio es salud.

La persistencia y duración de su sensibilidad, así como lo fácil de su conservación, siempre que se las preserve de la humedad y de la luz, hace que de día en día su uso se haya vuelto más general, despertando el interés de los aficionados, cosa que no permitían los antiguos procedimientos, por lo muy complicadas y enojosas que eran las manipulaciones.

El dedo del vendedor de globos toma una porción de piolín y lo enrolla. Un leve movimiento del bosque de goma sobre su cabeza le recuerda el murmullo en la cornisa.

Medias de seda

Enfoca el objeto. Cuida de cubrir la cámara con un paño negro. Una vez formada la imagen luminosa sobre el vidrio deslustrado, lo separa, y en su lugar, coloca el chasis y la placa sensible. Tira entonces de la cortinita del chasis para dejarla al descubierto.

Un hombre sentado al otro lado observa el procedimiento. El vidrio guarda un asombroso parecido con el hombre. La luz toca la superficie pulida dejando un rastro indeleble. Será necesario medir la distancia.

Cuando se ha dado la suficiente exposición, cierra el objetivo, teniendo cuidado, tanto al abrir como al cerrar, de no mover la cámara mientras la luz penetre en su interior, las oscilaciones destruirían o deformarían la imagen.

El hombre levanta lentamente el brazo, los dedos de su mano crispada se recortan en la oscuridad. Su silueta, detrás, comienza a erguirse como si el peso de la luz le tirara de la sangre.

En cuanto al tiempo de exposición, ella tiene en cuenta las condiciones físicas: la coloración e intensidad de la luz, la altura del sol sobre el horizonte, la coloración y transparencia del medio hostil en el que se encuentra, o si las altas horas son una magnitud espacial o temporal.

Porque él se aproxima. Ella le pide que se esté quieto, pero él no obedece.

El tiempo de exposición es escaso, las pruebas resultan duras sobre los claros, que han sido los únicos que han podido impresionarse. Faltan detalles en las medias tintas.

Repasa las condiciones químicas: el modo de preparación de la superficie sensible, su diferente grado de sensibilidad de acuerdo al paso de las horas.

La noche es una cámara oscura. Los chirridos de la luz invierten el orden natural. Se abre la tapa de la noche y surge una imagen inconclusa. Ella prepara el vidrio nuevamente. Sobre la pequeña mesa ratona, dos medias de seda blanca reptan en el haz de luz.

El tiempo de exposición ha sido excesivo, la luz actúa sobre las medias tintas y las sombras, que crecen en intensidad y forman una imagen gris, uniforme, sin contraste.

Lo pierde de vista. El retrato evanescente se cierra sobre ella con una mano quemada de luz. La concentración en el líquido de la placa sensible le impide notar su presencia.

Atiende a las condiciones ópticas: la distancia focal, el diámetro del diafragma, el número de lentes, su espesor, coloración, y todo lo que en ellos tienda a modificar de una u otra manera el destino.

La imagen velada la desilusiona, debe examinar detenidamente la marcha de la operación, para corregir los errores cometidos durante la exposición.

Ante la irrupción de la luz, el diafragma se cierra casi completamente y le impide respirar. El brillo de la seda acentúa la presión. Tiene una mano abierta, y la otra a medias.

El conocimiento del estado de desarrollo de la imagen latente se adquiere únicamente con la práctica, siendo inútiles cuantas reglas se den para determinarlo.

Desdémona


NAVEGAR ES PRECISO

Un barco nos parece el objeto cuyo fin es navegar, pero su fin no es navegar: es llegar a un puerto. Nosotros nos encontrábamos navegando sin la idea de qué puerto nos debía acoger. Reproducíamos, en versión dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no lo es.

[...]

Vivimos todos, en este mundo, a bordo de un navío zarpado de un puerto que desconocemos hacia un puerto que ignoramos; debemos tener los unos con los otros una amabilidad de viaje.

(Fernando Pessoa. Libro del desasosiego)

Alma de acero

(Javier Cófreces)


Lo peor de los fierros
Es que se oxidan
Y la herrumbre avanza
Hacia el interior del metal

Los fierros mueren
De afuera hacia adentro
Como muchas personas
Como muchas almas

Yo creo en las almas
Pero no en la de los muertos
Aunque haya rezado el credo
Que me enseñó el padre Arce

El alma del fierro
Está en la resistencia
El alma de las personas también

En lo que resisten
Hasta quebrarse
Como una varilla del 8
Como un eje
Como un pistón

El fierro aguanta
Hasta que aguanta

Lo mismo que un alma.




Aburrido de tanta soledad el buque Desdémona duerme su sueño de navegante frustrado. En su cuna de arena, la lluvia, el sol y el viento le van corroyendo sin pena ni prisa sus entrañas de hierro rojizo. Atascado en la playa del Cabo San Pablo verá pasar las horas lentas hasta que, tal vez, alguna tarde de alta mar vuelva en forma de chapa a su vida marinera.
Sucedió en una mañana fría del invierno de 1983; un gigantesco buque encallaba en las orillas del Mar Argentino, más precisamente entre las desembocaduras de los ríos Ladrillero y San Pablo, en uno de los rincones más fascinantes de la provincia fueguina.
Tiempo atrás transportaba todo tipo de cargas, aunque con él murieron cientos de bolsas de cemento que en su interior descansan como momias petrificadas. Habitualmente prestaba servicios desde la costa de Campana hasta Tierra del Fuego, pasando por los puertos de Comodoro Rivadavia y Río Gallegos. Se cree Que la encalladura se debió a una fuerte sudestada y a una posterior gran bajante. Sin embargo, según algunos testimonios de los lugareños fue la propia compañía naviera quien ordenó al capitán de la embarcación encallar en las playas australes con el objeto de cobrar el seguro por accidentes.
Desdémona es una palabra de origen griego que se podría interpretar como "desdichada". También fue ese el nombre que le puso Shakespeare a la bella mujer de su obra Otelo; en las páginas del clásico inglés se relata la historia de un amor trágico. Desde el día en que los directivos de Líneas de Navegación Cormorán S.A. bautizaron la embarcación, parecen haberle asignado un destino dramático e ineludible. Atascado ahora en una desolada orilla del sur, tal vez ya haya aceptado con resignación la sentencia del destino.

Tomado de La Nación, edición del 21 de mayo de 2006











SECUELAS DE NAVEGACIÓN II






baldíos de la mar


I

sí,
la torpeza
o el azar
-que todo cuenta-,
pero cuando el mar
trajo la sombra
y su barrena
fue para no hacer prisioneros
después
de la celada.


II

no
como lo que no se quedó
la herrumbre,
no
como la luz que no abrió
en la sal
no,
la ruina señorea
los baldíos
que la mar
no hurtó
al naufragio.


III

desnudos
los huesos de las cuadernas,
cuenta
el tiempo
el hierro.


Hugo García Saritzu