La casa es gris y muy alta. No cabe en el encuadre sin un buen angular. Una ventana en el primer piso, pequeña, con dos celosías que se abren al poco sol que cae. Quizás alguien se asome a las ventanas mientras las pilas se acaban. Escribir las calas sin alimento. Alimento para calas amarillo en el centro y pliegues de crecidas. Las calas se abren lentamente mientras las mañanas iluminan. Las calas estertor de mañana y sombra del ángel que no asoma. El ángel cala en mano para acabar por la noche en andas. Angélicamente hablando de las calas y de los centros asestados. Tropiezo del ángel en la túnica blanca, miembro del ángel en el centro del lugar en sombras. Ángel proyectado por la pequeña parte de un pliegue. Destello del ángel. Apariencia de las alas entre suavidades, ascenso del ángel por los escalones de la savia. Las cantantes líricas son todas blancas como calas, pero no la que se escucha entre toques africanos. María está debajo del tinglado con todas las demás vírgenes mirando a la cantante. El tinglado amarillo brilla con el sol con la Fata Morgana. Luz blanda del atardecer entre flores delante de la casa. Suenan cascabeles al fondo, portón cerrado como una dentadura negra y piano que acompaña. Sobre la tapa del piano el ángel se recuesta a escuchar el rumor de los pétalos sembrados desde la canasta negra. La canasta es un cielo profundo azul cabra. El tambor de la noche asombra a los presentes con su pezuña azul. La parte anterior del diente está próxima. La parte anterior de la cala es azul que no se reclama una vez entregado a su portador definitivo. La casa no se derrumbará por la falta de alimento. El día en que los habitantes de la casa den por sentado que la alimentación es un hábito angélico, saldrán a la luz, y las lentes multiplicarán el vacío derramado. Mientras tanto, la casa permanece en soledad profunda, y para qué asomarse si ya casi es la luz caída tanta luz como la banda real que no sonará. El ángel danza sobre su único pie, los miembros de un ángel crecen del suelo umbrío. El suelo es huella escritura de ángel que gira con el centro amarillo buscando el sol que no lame los pies. Fragancia del sudor del ángel con pecho de paloma. Pecho del ángel transcurrido. Parte alta del ángel entre piernas y partes de la planta. Pavor del ángel ante los insectos que abrevan en su néctar. Exquisito sabor del ángel trepanado entre piernas que hacen las veces. Las piernas alcanzan el fragor y el giro de pasos que no vuelven, estamos ante la clase de fenómenos propios del vegetal consumado. Allí estará también el corrillo de los sueños anticipatorios, la llave destinada a abrir el sueño que dispara tropiezos en la danza. Acabamos de llegar y el ángel arriba a su momento clave, busca balcones, alas de ángel para los insectos porque caen macetas de lo alto. Lo caído es al ángel como la danza al vegetal. Comidos por los años están los frentes de todas las casas inglesas. Por los años y los dientes blancos por los que trepa el verdín. La clave de todo está en conciliar el sueño. La clave es sumar a la pierna la voz. Virginia es negra como las teclas negras que miran las cantantes para no perderse. Las cantantes salen con la bolsa de las compras a buscar los finos suspiros del aplauso. La bolsa pasa de mano en mano por su propio peso. Allí lo amarillo determina la mano en la que habrá de descansar el aire de la tarde que se va. Ellas siempre se paran delante de la casa a ver danzar al ángel. El día está a punto de sumirse en el olvido de la voz. Es muy probable que acabe entre las flores que acompañan el movimiento. El beso de un ángel sobre un pétalo es a la cantante negra como un pie puesto entre las celosías de la fe. La cantante clama por la noche que la confunde con la leche seminal, pero quiere vivir en una casa inglesa. Ganas de mirar por la boca de la noche. Se mueve para cantar, aunque las condiciones de luz sean propicias para el silencio total de los pétalos. Sólo un pétalo y un pie sobre la tapa de la boca de dientes blancos y negros. Solo de la voz que alumbra como una antorcha negra a mediodía. Gotas sobre los pétalos negras gotas sobre las calas, cayendo por el único dedo del único pie. Lo inexplorado de la raza negra tiñe la parte anterior de las calas y las tapas de los pianos. La cola de un pie se mueve como una virgen en la cornisa. Es azul de la noche lo que se agita entre el brillo de la voz o nutria en la profundidad de la garganta. Los pelos crecidos de la noche no dejan ver la piel de la noche. Estamos ante un fenómeno eléctrico. Estamos ante el señor mismo de las calas, danzando en vez de realizar sus tareas angelicales. La regadera fue olvidada por el camino que no deja huella. La regadera dejó que creciera un solo pie. Los demás fueron puestos de patitas en la calle del crecimiento. Este crecimiento se distribuye en bolsas que llevan lo mejor y dejan lo que no se pudo conseguir. Conseguir es uno de los pasos del ángel que ronda la calle paralela. El ángel se consume entre pasos y esperanzas. Las esperanzas son negras y tienen pelos sobre la piel. La piel de la esperanza negra asoma entre los pelos. Es muy parecida al timbre de tu voz, María. María te olvidaste el vuelto sobre el mostrador. El ángel sigue sobre las secuelas del riego chapoteando libre. El ángel toma la pata de la nutria. La pata de la nutria se retoba como la suerte echada. La caída de la casa está pronta a suceder. Hay que salvar a la nutria que nada despreocupadamente entre calas. María recupera su vuelto y la bolsa se mueve en su muñeca para golpear a los caminantes. Uno de los caminantes se detiene delante de María y la golpea. Lleva en sus brazos una nutria feroz. Es el ángel, y la nutria fue tuya alguna vez. María compra la nutria para cenar. Después quizás haga algo con la piel del ángel. Estamos ante todo con la noche encima. La noche aburre a todos con su canción para dormir. La que canta no es la misma. El piano fue llevado a la cámara de vacío. Debajo del piano un gato duerme la siesta. La clase de gatos que duermen de noche mientras las gatas gritan de desesperación. María está muy contenta. No vio aún el agujero de la bolsa. La bolsa sigue oscilando como un pez recién sacado del agua, golpeando la noche plateada. La noche retobada entre calas calcadas de un libro de lectura. Debajo del dibujo la lectura enseña a los niños que saben entender la moraleja. El gato flota en el vacío como una bandera. Tenemos dos finales posibles pero un solo pie. Un final es feliz. El otro es ilegible.
La Parecida
| Mujer de Cobre - óleo de Thomas Daskam |
Hacé manos, me dijo. La mano que nos quiere llevar no nos interesa. Tampoco la nariz con que nos entrometen unas a las otras. Porque nos ubican unas contra otras. Mídanse los largos, pruébense las otras, gracias dedos en los ojos, qué bellezas repartidas entre la suerte de ser tantas y tan feraces. El dedo que juega entre nosotras sabe contar hasta un millón, y después reinicia la cuenta. Después se aburre y nos deja repitiendo letanías. El aburrimiento está desdoblado rara vez. El aburrimiento es uno y siempre millones en lugar de jugar. Es pared y es parte de lo que decimos despacito. Los canarios nunca se enteraron de lo dicho entre millones. Hacemos como que la ceniza es gris, pero el ave de la ceniza se toca como se toca la mujer que está detrás de la llama que la abre. No puede encenderse una mujer con una llave que gira, no con un dedo que gira en el lugar donde se tiene que mirar. La mira está puesta ahora en una huella que se va, una estela en el remanso donde sólo nuestras manos dejan rastro.
Venecia Negra
Traducciones de Pound: cómo no descarrilar

La aparición de estos rostros en una multitud.
Pétalos sobre un ramo negro, húmedo.
Pound consideraba que traducción y creación son operaciones gemelas. Para él, el objeto de la traducción es la poesía y no las definiciones léxicas del diccionario. La anterior es una operación no-poundiana: ilustración literal de uno de sus textos más célebres y transitados.
A continuación, un intento de seguir sus pasos.
Una traducción de Lucy in the sky with diamonds, en la misma estación.

Lucy in the sky with diamonds
secuelas de mandarina
en los durmientes
una barca en un río de mermelada
detiene en la estación
su carga de plastilina
desde la alcantarilla
una chica con ojos de remolino
busca al hombre
de corbata de espejo
sobre su cabeza
flores de celofán
amarillas y verdes
él va tras la mujer
por la que el sol
se escurre
sigue el rastro de diamantes
hasta un puente
junto a un estanque
en la orilla los centauros comen
pasteles de luz
y sonríen
a su paso las flores
aumentan de tamaño
toma uno de esos barcos
de papel de diario
y se desliza
con la cabeza en las nubes
va siguiendo
un rastro de diamantes
en el molinete
una chica con ojos de luciérnaga
mira a la cámara
el tren se lleva lo que queda del sol
Poemas de un ojo que piensa
La Selva Fría, de Silvia Castro (Ediciones En Danza, Buenos Aires, septiembre, 2006), 98 páginas.

Juan Carlos Moisés.
Sarmiento, Chubut.
Publicado en la Revista El camarote : Arte y Cultura desde la Patagonia. Nº13. Mayo de 2008

Aun cuando de ningún modo se pudiera decir que “el color local” sea su forma de presentación, ningún lector podría obviar que este libro, del primero al último poema, habla de la Patagonia, de varios de sus aspectos: históricos, geográficos, etnográficos, culturales, naturales, hasta industriales. Sin embargo, a la Patagonia no la encontramos sino en el detalle, en los intersticios, revelados por el ojo sensible y microscópico de la autora, que logra un conjunto compacto de poemas en los que forma y contenido adquieren el valor de la unidad. Las palabras valen por lo que son, por lo que aglutinan y en lo que devienen. La Selva Fría es el primer libro de poesía de Silvia Castro, cuyas publicaciones anteriores son de fotografía. Su mirada entrenada y particular en nada repite lo mucho que se ha escrito sobre esta parte del país. Sus poemas, delineados con gran precisión y plenos de hallazgos, proponen un forzamiento de los sentidos (“toco/ horas que pasan como ovejas”), como del sentido mismo (“el árbol sucede al poste”). Son un tejido urdido en el telar de lo patagónico, es cierto, pero que abriga lo universal, en tanto que no es sólo descripción sino también y sobre todo reflexión. El libro propone varias pistas, pero una, en el todo, es ineludible: su preocupación por la naturaleza y por las criaturas que somos en donde nos toca actuar. La autora lo dice con dos palabras: “somos sagrados”.
El libro está dividido en cuatro partes. “Pehuén”, la primera, es un acercamiento a la cultura mapuche. Encontramos palabras de su vocabulario, como rehue, machi, Nguenechén, o relacionadas con la región de la etnia, como volcán, araucaria, piñones. Pero esta enumeración no llega al poema en un orden previsible, sino como elementos tan disímiles como dispersos que en líneas limpias y sobrias sólo es capaz de unir el poema. Equidistante de la memoria de las culturas nativas como de todo lo que se reconoce como “lo patagónico”, la poética de Silvia Castro puede definirse en estos dos versos suyos: “La mitad/ está del otro lado”.
En “Castor”, la segunda parte, se implican el agua, el castor y la mirada que escribe: “para Castor el agua/ es una gota// mis ojos/ la línea de flotación”. La perceptiva del poema es el poema mismo: “miro/ como quien mira el agua/ debajo del agua”. Pero el ojo no sólo mira, el ojo piensa, y además, como si no bastara, el ojo se hace personaje, para construir -como los propios castores, si vamos al caso- una teatralidad poética con esos embalses. Aguzados los sentidos, podemos, al oír el rumor del agua, sentir el peso de las palabras. Es que son los sentidos hechos palabra, y la palabra hecha lenguaje, lo que le da sentido a esta poesía: “un espejo/ que se mira en un espejo/ que se mira en un espejo/ que se mira en un espejo// así/ hasta el cielo”.
Los poemas de “Cigüeñas”, la tercera parte, se insinúan como levemente descriptivos, pero enseguida se vuelven “cocina” de la poesía que busca, ahí, en la tierra, en la página, lo que solo y a secas no aflora. No otra cosa hacen esas “cigüeñas” que traen el petróleo de las profundidades. Los múltiples impulsos del poema se vuelven acción, como los vientos del sur, y la exploración no predica en el desierto, paradójicamente. Cuando leemos: “la tierra alcanza su punto de hervor”, sabemos que la verdad de la poesía es anterior a la interpretación.
En “Selva Fría”, la cuarta y última parte del libro, los poemas tienen un sentido otro, porque en todos es posible encontrar más de un acceso y tantos recorridos como sea posible intentarlo, si es que el lector se propusiera ir hasta el fondo. Encontrará, como lo ha encontrado la autora, que “hasta la copa llegan/ noticias de las profundidades”. La información a mano sobre “la selva fría” nos dice que es una zona de los Andes Patagónicos donde el bosque da paso a una selva en la que coexisten varias especies de la flora y de la fauna. También que es una zona codiciada por los inversionistas extranjeros. Este grupo de poemas se abre como si soltara amarras de lo verosímil, y la “Selva Fría” es la selva del mundo: “existe todo un mar/ entre Oriente y Occidente”. Hasta la ironía, que estaba contenida, hace su presentación para ofrecer una versión poéticamente osada: “cuando los chinos/ inventaron la Patagonia/ aún no existía el papel”. El pincel dibuja el bosque, como dibuja el fuego, como dibuja el humo en el aire, como dibuja el poema. La Patagonia, el mito, como espacio de invención, pero no de una vez y para siempre, sino cada vez, en cada poema y en los que vendrán. Con la musicalidad de las palabras, el urdido de las metáforas, y con ellas “las asociaciones interminables”, como decía el poeta Alfredo Veiravé. El libro también puede ser leído como un grito o una advertencia. Pero siempre “tirando de las bridas de la luz”, para volver claro lo oscuro, para hacer de lo oscuro, lucidez.
La poesía construye inestabilidades
Artista, fotógrafa, poeta. La roquense Silvia Castro busca de manera incesante un universo que tiene el paisaje patagónico. Reconoce influjos que constituyen un verdadero canon literario
Esta mujer, nacida en General Roca en 1968 y que reside en Buenos Aires, describió su propia Patagonia: "La selva fría". Esa colección de poemas de Silvia Castro, representa un centro cruzado por realidades diferentes, coincidentes, siempre nuevas. Castro se desprende del uso del paisaje patagónico como recurso turístico a duras penas sustentable o sostenible y propone un itinerario en cuatro etapas signadas cada una por un elemento, animal, vegetal o mecánico, del paisaje patagónico.
Así, transita por el pehuén de la cordillera, se hermana con el castor fueguino -trasplantado-, conoce las cigüeñas petroleras y se interna en una selva fría cuyos bambúes confunden a Linneo en su intento clasificatorio.
Silvia Castro enumera sus fuentes y apenas concluye: pasa de Baruch Spinoza a Jacques Derrida; no olvida al infaltable Jorge Luis Borges y cita varios más: Emanuel Levinas; Maurice Blanchot, Gilles Deleuze. Tampoco reniega de los antiguos -Catulo, Ovidio, Dante- ni de los modernos Ezra Pound, Marosa di Giorgio, Antonio Gamoneda-. El canon de Silvia Castro puede ser interminable.
Lo cierto es que presentó su libro, "La selva fría", publicado por Ediciones en Danza, un tiempo atrás en General Roca y en esta capital. La poesía, en Silvia Castro, es una arista de su arte: es también fotógrafa
Actualmente trabaja en un libro sobre la fotografía, que todavía no tiene título definido. "La búsqueda es en la dialéctica que se opera entre el ver, el leer y la unión de ambos", explicó: "¿qué es ver, qué es leer?, ¿qué es la fotografía, qué es la escritura?, ¿en qué consiste su unión?".
También trabaja en un libro de fotos sobre Copahue mientras prepara una muestra, también fotográfica, en colaboración con el artista Alberto Muñoz -que aporta un tema musical- y prepara un espectáculo de danza con textos de "La selva fría".
En paralelo, con el músico Roberto Parra -guitarrista que acompañó las presentaciones locales- proyecta la grabación de un álbum con textos suyos, algunos del libro presentado.
Se refirió al encuentro de recursos que realiza el poeta "para definir, dar cuenta del objeto". Ese proceso produce "una chispa que genera certeza y confusión; lo poético se escurre, es una capa, una lámina".
Y recordó que en los monasterios medievales, para aprovechar el papiro "se escribía sobre lo ya escrito, capa sobre capa, sin destruir la anterior, pero tapándola. Existen, (como en la fotografía analógica, no así en la digital) dos formas de recuperar las capas invisibles, una es la química, permite ver la capa siguiente en su unidad, pero anula la anterior. La otra forma es física, óptica, hace foco en lo que está debajo, y no altera la superficie. El juego de las lentes que permite percibir dos capas simultáneamente, orientando los focos y consiguiendo encuentros de elementos de distintas capas, no para mostrar en su totalidad las superficies superpuestas, sino para generar encuentros, chispas entre las partes de cada uno de los todos entre sí y con las que están por encima y por debajo".
Para Castro, "lo cotidiano está minado de lógica irracional. En poesía se trata de construir inestabilidades. O estabilidades parciales en un universo conflictivo y mutable. Es un tránsito, un devenir. Sin movimiento no hay estabilidad, porque no hay continuidad. El mapa de la sucesión de equilibrios es víctima de permanentes desenfoques, evanescencias, encriptaciones, diseminaciones, pero es, de todos modos, legible cuando la experiencia lectora es empática con esa línea textual. Pero siempre sucede en términos de porcentajes, de recuperación, como en la óptica, y como en el amor".
Actualmente es docente en una escuela de Barracas y trabaja como bibliotecaria en otro establecimiento de La Boca, ambos en la ciudad de Buenos Aires. Desde 2001 coordina el ciclo de lectura "Mate Cocido Literario", en el Bar El Estaño de La Boca, en el que se difunden producciones literarias infantiles. Como docente, editó: "Léale sus derechos" (2000), sobre los derechos del lector"; la fotonovela "Romeo y Julieta: Amor en Lezama" (2001), una relectura de Shakespeare y el disco poemas y "Canciones de Federico García Lorca" (2002). En fotografía editó "Anagramas"; "Pehuén. Sin párpados" -1 y 2- y "La soga de la ropa", entre otros títulos.
La amanecida
Publicación digital del Fondo Editorial Rionegrino - 2006
La selva fría, de Ediciones en Danza, es el primer libro de poemas de Silvia Castro. Fue presentado por Alberto Muñoz en Capital Federal y durante el mes octubre lo presenta en la Biblioteca Popular Julio Argentino Roca, de General Roca, ciudad natal de Silvia. Lo que sigue es la entrevista realizada en el programa de radio “Me queda la palabra” en FM Antena Libre, la radio de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue.
Es muy importante esta naturaleza total, la naturaleza virgen y la naturaleza del hombre, esta naturaleza de las cigüeñas del petróleo, y cómo se incorporan en el interior del poeta, retroalimentándose. Hay un ida y vuelta, muy especial, de captar la naturaleza, adentrarla, regarla hacia adentro y después sacarla en poesía. Esa es la poesía de Silvia Castro, nacida en General Roca en 1968, Profesora en Enseñanza Primaria, Bibliotecaria, poeta y fotógrafa, quien reside en Buenos Aires desde 1993.
El libro está dividido en cuatro secciones; explicanos por qué esa organización.
Más que distintos momentos, más que distintos tiempos, son distintos lugares, son extremos de la Patagonia. Pehuén es el norte de Neuquén, Castor es otro triángulo, no el de Neuquén, sino el de Tierra del Fuego, Cigüeñas no habla para nada de las arquetípicas cigüeñas, habla de nuestras cigüeñas, las que sacan el oro de la tierra, y la Selva Fría es el bosque andino patagónico, la selva valdiviana, es un recorrido por la quila y la idea de que quizás los chinos inventaron la Patagonia
¿Por qué le pusiste a tu libro “La selva fría”?
La Patagonia es una selva fría porque es muy abundante; mirá, acá todo es así, no podemos hacer mucho despliegue en la Patagonia porque nos lleva el viento. Somos concentrados, estos textos son como frasquitos de extracto de tomate, vas a poder hacerte unos tucos bárbaros. En la Patagonia somos abundantes, pero en pequeño espacio, porque si no nos lleva el viento.
Jugamos un poco la idea que aparece en un cuento de Borges acerca de la esfera de Pascal, “el universo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”, que es una idea fascinante y que siempre me remite a mi experiencia con la Patagonia.
¿Cuánto tiempo hace que vivís en Buenos Aires?
Ya hace 12 años. Los patagónicos somos un poco nómades, llevamos la patria adentro pero nos movemos mucho. Siento que no me fui de la Patagonia, que llevo un estandarte allá y que estoy viviendo como patagónica en Buenos Aires, tomando de la Capital sus jarrones chinos y trayéndolos acá y mostrándolos, y volviendo a ir y mostrando nuestros jarrones chinos, haciendo como una tarea de embajadora.
¿No aparece lo urbano en tu poesía?
Es algo muy llamativo, porque es una poesía que remite a la Patagonia o es una poesía muy universal que va más allá del determinismo geográfico. No hay una impronta de lo urbano en mi poesía, es muy puertas adentro.
¿Cuáles son tus influencias?
Me gustan mucho los ensayistas, últimamente estoy leyendo mucho a John Berger. Me gusta mucho tener influencias extrapoéticas para escribir. De todos modos la poesía me fascina, me embriago mucho con poetas, me gusta leer a Eugenio Montale, Auden, Brodsky, Beckett. Y también me gusta Masliah, me gustan los poetas que van muy adentro del lenguaje como Cummings. La influencia para escribir viene de todas partes.
¿Cómo repercute en tu poesía tu otra pasión, la fotografía?
En fotografía trabajo mucho en plano detalle, un acercamiento a los objetos que producen extrañamiento y trato de trabajar el interior y el exterior de las cosas, soy muy conceptual y eso también sucede en la poesía, un acercamiento muy profundo a los objetos y muy exhaustivo. Ese es mi plan de trabajo.
¿Para vos escribir es un trabajo?
Qué connota la palabra trabajo. A mí me connota un compromiso, una responsabilidad que tengo conmigo y con la cultura de mi época, una sistematicidad, un plan y un servicio que estoy brindando también. El trabajo también es servicio. Escribir es mi tercer trabajo. Yo soy bibliotecaria, docente y escritora, así que cuando llego a casa a las seis dejo mis profesiones atrás y me dedico a escribir.
Yo creo que el estereotipo del poeta existe y a veces recibís el dictado de un poema, sentís que estás escribiendo con la puntita de los dedos. Es maravillosa esa experiencia pero también hay oficio. Esas puntas de los dedos son nuestras antenitas, escribimos con eso, pero también con profundo trabajo, yo a veces estoy hora y media delante de un reglón, pensando. Yo escribo así, mirando tres líneas durante horas. Es muy linda la tarea de escribir, es un oficio en el que tenemos como un don que nos han provisto, yo siento que hay un sentimiento de conexión con algo.
Contanos cómo es la forma en la que trabajás con Alberto Muñoz.
Mi maestro es Alberto Muñoz que es músico, dramaturgo y poeta y que tiene toda una trayectoria. También es guionista de televisión y tiene mucho reconocimiento en Buenos Aires. Si bien en general, el reconocimiento de gente como él y de los poetas es algo muy reducido. Y ya hace cuatro años que estamos trabajando juntos, nos encontramos una vez por semana y por lo general o leemos juntos, obra de él, obra mía o leemos un autor, y empezamos a estudiarlo y a compartirlo. Es muy buena la experiencia de encontrar al maestro en la vida. Para el artista es algo que recomiendo. He hecho la experiencia de participar en talleres literarios grupales en mi juventud pero para mí fue muy significativo, fue como una bisagra en mi trabajo de escritura encontrarme con un maestro, con una persona que me está brindando su bagaje de experiencia y su rol como lector también.
“Hace unos cuantos años, en uno de los tantos libros que hizo Jorge Luis Borges, enumera cuáles son las tres suertes que puede sufrir un libro de versos. La primera es que se la lleve el olvido. La segunda es que su poemario represente una viva imagen de quien lo ha concebido. Y la tercera, otorgarle algunas piezas a una antología.
En el caso de Silvia, la segunda. Es decir, La Selva Fría da una imagen certera de quién concibió, organizó, diseñó y plasmó esta obra.
A ustedes que la conocen, y los que no la conocen, es importante decirles que aparte de ser poeta, Silvia es fotógrafa. Es decir, trabaja con las lentes. Y así como decíamos que su imagen está representada en esos poemas, en el libro aparece una mirada, una observación muy particular de la Patagonia, y que si bien el tema es la Patagonia, el paisaje no aparece en su totalidad sino como una armonía entre secuencias calcadas del viento de la Patagonia, o de ese estado en ese paisaje de inmovilidad, y particularmente de la inmovilidad callada. Y ahí es que ustedes observarán en el libro la brevedad de los textos, ella pudo, con su ojo, observar la naciente y la muerte de las cosas, de una manera muy breve, porque así lo ha concebido en su vivencia en la Patagonia. Cualquiera que conozca la Patagonia, va a sentir claramente esa misma relación, de lo inmóvil y de lo inmóvil callado y que hay varios universos expresándose”.
Alberto Muñoz
Fragmento de la charla de Alberto Muñoz, en la presentación en Buenos Aires, en la SEA. Sociedad de Escritoras y Escritores Argentinos, el día 28 de Septiembre de 2006.
Antípodas
Puerto Madryn: poetas+plásticos


Fotos: Martín Corona Alarcón
Muestra "Un texto, una obra" inaugurada el 16 de Agosto de 2008 en el XXVI Encuentro de Escritores de Puerto Madryn. Las fotografías muestran la interpretación plástica de Eliana Laino de mi poema "Caja china". El objeto es una caja cuyo interior está cubierto por espejos, posee un mecanismo que, al darle cuerda, hace sonar una melodía de "cajita de música". Para que el visitante deposite dentro sus deseos, la artista plástica colocó una lapicera y pequeños trozos de papel junto a la caja. Suspendida en el aire, una mariposa completa la instalación.
Textos de la ceguera
siempre está más lejos
que lo que alcanza la vista
el arco
no abandona
la tensión
aún es incierto el destino
no sé si debo ir por ella
o arrojar otra flecha
la ceguera
es sólo
cuestión de tiempo
II
uno puede volverse invisible
de un modo permanente
como la pajarera
en el patio de mamá
aunque en ella aniden
animales que vuelan
III
la heladera es el cristal
donde se miran los ángeles
para poner la luz de espaldas
basta con cerrar
las puertas que la apagan
las alas
de los que no tienen espejo
Lo visible real
Jean Baudrillard
Fragmento de El pacto de lucidez o la inteligencia del Mal
“Es contra este mundo que ha llegado a ser enteramente operacional que la negación y la desaprobación de la realidad se desarrollan realmente. Si el mundo ha ser tomado como totalidad, debe ser rechazado como totalidad, de la manera en que el cuerpo rechaza un elemento extranjero. No hay otra solución. Gracias a una forma del instinto, a una reacción vital podemos alzarnos contra esta inmersión en un mundo perfeccionado, en el “Reino del Cielo” donde la vida real se sacrifica a la hiper realización de todas estas posibilidades, a su funcionamiento máximo de la misma forma que la especie humana se sacrifica a su perfección genética. Nuestra reacción negativa resulta de nuestra hipersensibilidad a las condiciones ideales de la vida que se nos ofrecen. Esta realidad perfecta, a la cual estamos sacrificando cada ilusión, es, por supuesto, una realidad fantasma. Pertenece a otro mundo. Si la realidad y la verdad fueran sujetadas a un detector de mentiras, confesarían que no creen en esta realidad perfecta. La realidad ha desaparecido, pero estamos sufriendo como si todavía existiera. Somos como Ahab en Moby Dick: “Si siento el dolor en mi pierna, aunque ya no exista, qué puede asegurarme que usted no sufrirá de los tormentos del infierno incluso después su muerte?”
No hay nada metafórico en este sacrificio. Es más que una operación quirúrgica, que nos proporciona una cierta clase de auto disfrute: Como Benjamin dijo: La “humanidad que, hace tiempo, con Homero, era un objeto de la contemplación para dioses olímpicos, ahora se ha convertido en su propio objeto de la contemplación. Su enajenación es tal que ahora está experimentando su propia destrucción como sensación estética de primer orden.” La autodestrucción es de hecho una de las opciones que nos son ofrecidas. Es una opción excepcional que plantea un desafío para las restantes. El centrarse en una realidad perfectamente integrada nos limita para abarcar muchas formas de exclusión, de los mundos excéntricos o paralelos, no sólo marginales o periféricos como existen en sociedades tradicionales, sino los mundos que se encuentran disociados claramente en la misma base de esta integración total. La homogeneidad y la misma coherencia de la vida, por tal motivo, nos están apagando. Lo que se aplica al lo real se aplica al social: un día todo será social, todo será real pero no estaremos allí más. Estaremos a otra parte. Todo será social y disociado. Las vidas dobles, los mundos paralelos serán nuestro sino negativo y feliz. Nos liberarán de la presión de lo real. ¿No están todas las funciones - el cuerpo, lo real, el sexo, la muerte - destinadas a sobrevivir como mundos paralelos, como particularidades autónomas, disociadas totalmente del mundo dominante?”













